Los orígenes del monacato cristiano
La cuestión de los orígenes del monacato cristiano aparece
periódicamente sobre el tapete. Sin duda porque es una cuestión a la que nunca
se dará una respuesta totalmente satisfactoria: nuevos descubrimientos en
muchas disciplinas conexas le prestan sin cesar perspectivas diferentes.
A finales del siglo pasado, momento en que se desarrolla
el estudio comparativo de las religiones, investigadores alemanes, H Weingarten[1] en
cabeza, pensaron que el origen del monacato cristiano podía explicarse por
evolución partiendo de la antigua religión egipcia. El monje cristiano continuaría
la tradición de los reclusos (katochoi) del templo de Serapis. Fue relativamente fácil
a los historiadores católicos demostrar el carácter netamente cristiano del
monacato egipcio primitivo y de hacer ver que ninguna dependencia respecto
de los cultos paganos podía ser demostrada. Mientras que durante largo tiempo
los estudios en este campo se concentraron sobre la historia de las prácticas
ascéticas, el estudio de Peter Nagel sobre las motivaciones de tales prácticas,
en 1966, vuelve página[2].
Estas discusiones dieron lugar a un interés renovado por
las fuentes literarias del monacato primitivo. Monjes y monjas volvieron a
buscar su alimento espiritual en lo que comienza a llamarse “Fuentes monásticas”,
es decir, las obras del monacato antiguo, en especial los Apotegmas, las Vidas
de Antonio y de Pacomio, sin olvidar, por supuesto, a Casiano, que había servido
de lazo de unión entre Oriente y Occidente.
Siguiendo los pasos de renovación de los estudios bíblicos
y patrísticos de después de la guerra, fueron publicadas buenas ediciones
críticas de numerosas obras del monacato antiguo que eran poco conocidas o
de las que no había mas que viejas ediciones que no respondían en modo alguno
a las normas de la ciencia contemporánea. Estas ediciones suscitaron a su
vez la aplicación de la crítica textual, histórica y literaria a esos escritos
que hasta entonces sólo habían servido como alimento de la “lectura espiritual”.
La cuestión de los orígenes del monacato no podía dejar de ser considerada
de una manera nueva.
En efecto, el mito de Egipto como “cuna del monacato” desde
donde se habría extendido a los otros países de Oriente primero y de Occidente
después, no podía ser mantenido. Se hacía evidente que el monacato había nacido un poco en todas partes
al mismo tiempo, bajo formas muy variadas, según la vitalidad de cada iglesia
local, tanto en Oriente como en Occidente. El esquema clásico de Antonio y
otros eremitas huyendo al desierto, antes que Pacomio invente el cenobitismo
para paliar los inconvenientes del eremitismo, no correspondía en modo alguno
a la realidad que revelaban los documentos publicados. Se descubría que, desde
sus primeras manifestaciones, el monacato había aparecido simultáneamente
en todas sus variadas formas: cenobitismo y eremitismo, monacato del desierto
y monacato urbano, etc.
Otro mito que no resiste ya a la crítica histórica (si bien
continúa teniendo una vida dura) es aquel según el cual el monacato habría
nacido tras el Edicto de Constantino o, en todo caso, después de las persecuciones.
Por una parte, cristianos fervorosos que deseaban un martirio que no estaba
ya a su alcance habrían intentado procurárselo a través de la ascesis, y,
por otra, se habrían retirado al desierto como reacción a una Iglesia que
comenzaba a dar signos de tibieza. Tal visión de las cosas no tiene ningún
fundamento ni en la realidad ni en los documentos históricos, que tienden
más a demostrar la expansión del monacato como un fruto del fervor de la Iglesia
provocado por el valiente testimonio de los mártires.
Los estudios de Anton Vööbus y, sobre todo, su monumental
obra sobre el ascetismo cristiano en Persia, Mesopotamia y Siria[3] revelaron, hacia 1960, a la comunidad científica todo un mundo “monástico”
desconocido hasta entonces a excepción de algunos especialistas. Pero ¿se
puede hablar de monacato a propósito de los Hijos y las Hijas del Pacto conocidos
por Efrén y Afraates en Nísibe y en Edesa y de las numerosas formas de ascesis
muy radical que habían conocido las Iglesias judeocristianas mucho tiempo
antes de Antonio y de Pacomio? Como era difícil ir contra la convención bien
establecida de los historiadores, que hacían comenzar el “monacato propiamente
dicho” a finales del siglo III, se comenzó a hablar entonces de “pre-monacato”.
Dom J. Gribomont, en un importantísimo artículo, que era
de hecho una recensión de la obra de Vööbus, pone de relieve la estrecha relación
existente entre ese pre-monacato y el monacato[4]. Ahora bien, lo que
se hacía cada vez más evidente es que no había discontinuidad entre los dos
y que nadie podría decir exactamente lo que distinguía a uno del otro.
En la misma época, o incluso un poco antes, Daniélou y otros
se habían interesado por el cristianismo judío[5]. Parecía claro que
había sido en las Iglesias judeo-cristianas donde se había manifestado en
todo su rigor la corriente ascética a lo largo de los tres primeros siglos
del cristianismo. Para este punto de vista, no fue ciertamente una casualidad
que la tradición monástica se desarrollara de modo especial en Egipto.
En Alejandría, en la época de Cristo, se encontraba la diáspora
judía más numerosa. Esta comunidad judía estaba particularmente abierta a
todas las tendencias filosóficas y teológicas. Dos representantes eminentes
de ese judaísmo alejandrino, Filón y Plotino, ejercieron una influencia considerable
sobre toda la tradición mística cristiana y, a través de Orígenes y de Evagrio,
sobre el monacato cristiano. Una comunidad cristiana se formó en Alejandría
desde el día siguiente a Pentecostés. Fue en este riquísimo contexto en el
que se desenvuelve la Escuela de Alejandría con Panteno y Clemente, antes
de que Orígenes viviera allí con sus discípulos una existencia que sólo los
convencionalismos de los historiadores nos impiden calificar de “monástica”.
La reciente obra de Samuel Rubenson ha demostrado que Antonio y sus compañeros,
lejos de ser los analfabetos que se ha pensado durante mucho tiempo, se habían
nutrido de la enseñanza filosófica y teológica de la Iglesia de Alejandría
y de sus grandes doctores.
Esenios y Terapeutas, conocidos por el historiador Flavio
Josefo y por Filón, habían vivido en Egipto dos siglos antes de Antonio y
Pacomio. No es, por tanto, sorprendente que tras la publicación de los documentos
de Qumrâm y, sobre todo, de la Regla
de la Comunidad”, describiendo un género de vida monástica muy semejante
en sus manifestaciones externas a las de los monjes cristianos, la cuestión
de los orígenes del monacato se plantease
de nuevo. El monacato cristiano ¿no sería la continuación del monacato esenio?
O más aún, los primeros monjes cristianos ¿no habrían sido monjes esenios
convertidos al cristianismo? A estas cuestiones tímidamente planteadas se
respondió que las motivaciones espirituales del monacato cristiano eran radicalmente
diferentes de las del monacato esenio – cosa bastante evidente -
y que, de todos modos, existía un hiato de algunos siglos entre la
desaparición de los Esenios y lo que se había dado en considerar como los
“comienzos” del monacato cristiano, a finales del siglo III en Egipto. La
respuesta era válida, pero no todo estaba dicho.
En los mismos años que se descubrieron los manuscritos del
Mar Muerto, fue encontrada una biblioteca copta en Nag Hammadi, Alto Egipto,
en el emplazamiento de uno de los primeros monasterios pacomianos. Por razones
diversas, parcialmente políticas, la publicación de esos documentos no comenzó
hasta muchos años después. La cuestión de la relación entre esos manuscritos
y el monasterio de Pacomio permanece oscura[6], pero los estudios
cada vez mejores de esta biblioteca, cuyos escritos son gnósticos a diversos
títulos, nos han aportado una cantidad inestimable de conocimientos nuevos
sobre el contexto religioso de Egipto durante los siglos que precedieron al
de Antonio y Pacomio y de los primeros monjes de los Desiertos de Nitria,
Escete y Las Celdas.
Paralelamente, los estudios maniqueos hacían en la misma
época enormes progresos. Tras el descubrimiento de manuscritos importantes
en Xinjiang en China, a comienzos de siglo, después en el Fayoum en 1930,
el del Codex Mani de Colonia, en 1970, aportaba nuevas luces sobre esta gran
corriente religiosa que fue también muy viva en Egipto en la misma época y
que había conocido su propia forma de vida comunitaria, que muchos no dudan
en calificar de monástica. Sobre todo se descubría que Mani provenía de una
secta judeo-cristiana.
Todos estos nuevos datos habrían debido llevar a los historiadores
del monaquismo cristiano a reconsiderar las teorías tradicionales sobre los
orígenes del monacato, teniendo en cuenta el nuevo conocimiento del contexto
religioso y cultural en el que se había desarrollado. Pero no se hizo casi
nada, aparte algunos excelentes pero breves estudios de Antoine Guillaumont
reunidos en un pequeño volumen titulado Aux origines du monachisme chrétien[7]. Desgraciadamente
los historiadores del monacato y los especialistas de las corrientes religiosas
antes mencionadas siguieron – y continúan aún – en su conjunto, sus estudios
de manera paralela.
Más tarde, la cuestión de los orígenes del monacato se planteó
de nuevo con otro sesgo. Impulsada por un especialista de la Antigüedad tardía
(Late Antiquity), el profesor Peter
Brown, quien en toda una serie de estudios, comenzando por el muy conocido
“The rise and Function of the Holy Man in Late Antiquity[8]”
y, sobre todo, en el más reciente “The Body and Society. Men, Women, ad Sexual
Renunciation in Early Christianity[9]” nos ha habituado
a considerar los fenómenos de la ascesis cristiana en un contexto mucho más
amplio. El propósito de Peter Brown abarca mucho más que la cuestión de los orígenes del monacato;
pero su manera de situar a los principales “actores” del monacato antiguo
cada uno en su ambiente propio, se ha revelado muy rica y, se quiera o no,
ha cambiado nuestra manera de enfocar la historia monástica.
Muchos autores recientes han tomado esta aportación de Brown,
aplicándola precisamente a la historia del monacato, pero a veces con una
agenda bien precisa. En Virgins of God[10],
Susanna Elm, se concentran sobre el ascetismo femenino – a menudo descuidado
en los estudios históricos del pasado – reúne una suma importante de nuevos
datos que eran poco conocidos o dispersos en obras poco accesibles. El estudio
de David Brakke[11] sobre las relaciones entre la ascesis egipcia
y las políticas anti-arrianas de Atanasio es también una mina de informaciones
reunidas con gran rigor científico. El problema con esas obras, que son las
mejores entre muchas otras publicadas en los últimos años es el siguiente:
se trata de estudios hechos con gran rigor – que desgraciadamente no se encuentra
siempre en los estudios históricos sobre el monacato escritos por monjes –
pero que ignoran, incluso explícita y deliberadamente a veces ( en virtud
de un a priori postmodernista) la dimensión propiamente espiritual de la vida
de los monjes que estudian.
Siguiendo las huellas de los estudios de Peter Brown y de
todos los descubrimientos mencionados más arriba, desde hace una veintena
de años se ha despertado un renovado interés por el ascetismo en la antigüedad.
Se ha hecho claro que el monacato cristiano forma parte de un fenómeno mucho
más general que es el de la ascesis cristiana, y que esta no puede ser estudiada
sin remitirla al contexto más amplio aún de la ascesis humana en general y
de sus numerosas manifestaciones en la sociedad durante los primeros siglos
de la era cristiana.
Un grupo de profesores y de investigadores se ha organizado
en América al comienzo de los años ochenta, en el seno de la American Academy
of Religion para estudiar el fenómeno del ascetismo en todas sus facetas.
En 1993 se organizó en New York una conferencia internacional sobre el tema:
“La dimensión ascética en la vida religiosa y la cultura”. Una colección imponente
de comunicaciones hechas en esta conferencia ha sido publicada en 1995 bajo
el título Ascetism[12].
Si algunos de esos estudios demuestran comprensión del monacato cristiano,
otros analizan el fenómeno ascético sin ninguna referencia a las motivaciones
que pudieron tener ‘los’ y ‘las’ que lo vivieron en el pasado y que lo viven
en la actualidad. Muchos estudios parecen reinterpretar la ascesis – cristiana o no - a
la luz de las teorías de Michel Foucault.
Columba Stewart – monje benedictino diestro en las disciplinas
académicas, acaba de publicar la que sin duda será durante mucho tiempo
obra “definitiva” sobre Casiano[13]
– subrayaba recientemente la urgencia de un enfoque multidisciplinar para
colmar ese foso[14]. Mientras los estudios de gran rigor metodológico
pequen ignorando la dimensión propiamente espiritual del monacato, muchos
escritos sobre espiritualidad monástica carecen del rigor científico que
se tiene derecho de esperar en nuestros días.
No es posible en unas cuantas páginas hacer, ni siquiera
esbozar un estudio así que exigiría, por otra parte, la colaboración de muchos
especialistas en diversos dominios. A riesgo de pecar un poco de presunción,
me gustaría, sin embargo, esbozar a muy grandes rasgos, la visión de los orígenes
del monacato cristiano primitivo que, en mi opinión, se desprende ya de los
estudios recientes.
Raimundo Panikkar ha hablado del monacato como de un “arqutipo
humano”[15], subrayando así
que existe una dimensión monástica en el seno de todo ser humano y que los
que se llaman “monjes” son aquellos que organizan su vida en torno a esta
dimensión profundamente humana. Esto explica que se encuentre una forma de
monacato en casi todas las grandes tradiciones religiosas de la humanidad
que han alcanzado un nivel suficiente de espiritualización. De una tradición
a otra, de un siglo a otro, las manifestaciones exteriores del ascetismo no
son muy diferentes – la imaginación humana tiene sus límites. Lo que sí es
radicalmente diferente de una tradición a otra es el objetivo de esta ascesis
y la significación última que se le da.
Existía en la época de Cristo, en todo el que se llama Oriente
Medio, y particularmente en el judaísmo tardío, una corriente ascética y mística.
Juan Bautista, con su bautismo de penitencia, se sitúa de lleno en esa corriente
por su estilo de vida y su predicación, independientemente de su pertenencia
o no a la secta de los esenios. Jesús haciéndose bautizar por Juan asumió
ese movimiento – un gesto cuya importancia
capital no ha sido subrayada suficientemente. Y, evidentemente, al asumirlo,
le ha dado un sentido radicalmente nuevo.
Jesús mismo vivió con sus discípulos una forma de vida comunitaria
que tenía mucho más en común con esta tradición que con las tradiciones de
los rabinos de su tiempo, e incluso de los profetas del Antiguo Testamento.
Esta es la razón, por otra parte, de que la expresión “vida apostólica” en la literatura monástica
primitiva significará, ante todo, esta vida de los Apóstoles con Jesús. Este
presenta exigencias extremadamente radicales a cuantos quieren comprometerse
en su seguimiento. Así, cuando tras la muerte de Jesús, algunos Cristianos
quisieron adoptar como modo permanente de vida las radicales llamadas de Jesús
al celibato, la renuncia total, la pobreza, etc. contaban no sólo con el ejemplo
de Jesús, sino que encontraban también
estructuras humanas de expresión en las formas contemporáneas de ascesis y
en el arquetipo monástico impreso en el fondo de su alma.
Un ascetismo cristiano extremadamente radical se desarrolló
muy pronto, especialmente en las iglesias judeo-cristianas, más sensibles
a la radicalidad del evangelio de Lucas y también al carácter transformante
del bautismo en el Espíritu que las Iglesias bajo la influencia de Pablo.
Fue la comunidad cristiana entera la que, en ciertos momentos, tuvo en estas
Iglesias una existencia “monástica”. Poco a poco se dibujó en el seno de la
comunidad eclesial la conciencia de que no todos estaban llamados a seguir
a Cristo por el mismo camino y se precisó una vía monástica distinta de la
del resto de los fieles.
Cuando se leen escritos monásticos de los monjes cristianos
del siglo IV, es muy evidente que ellos se retiraban al desierto o se agrupaban
en las fraternidades urbanas basilianas para seguir a Cristo y para dejarse
transformar a su imagen bajo la acción del Espíritu Santo. Pero no se puede
ignorar que, según la propia ley de la Encarnación, se veían condicionados
en la realización de su “proyecto” por el contexto religioso y sociocultural
en el que vivían.
Las comunidades de Terapeutas y de Esenios, cuya presencia
en Egipto menciona Filón, tenían bastante en común con las comunidades cristianas
para que el historiador Sócrates, escribiendo algunos siglos más tarde, se
equivoque y las considere como agrupaciones cristianas. Hubo, ciertamente,
contactos e influencias mutuas entre esos grupos y las comunidades cristianas.
El error sería buscar entre unos y otras una dependencia o una continuidad
histórica. Siguiendo con Egipto, no se puede negar que el gnosticismo, movimiento
muy abigarrado aquí, al lado de expresiones aberrantes, expresaba y transmitía
una sed grande de experiencia espiritual y estaba muy extendido en Egipto
poco antes del gran desarrollo del monacato cristiano a finales del siglo
III. No hace falta decir que el monacato cristiano no debe su origen al gnosticismo:
es evidente.
En realidad, la imagen que se dibuja es la de un gran movimiento
espiritual que se desarrolla durante esos primeros siglos de nuestra era,
a la vez en el cristianismo y al margen de él. Este movimiento comporta aspectos
sublimes y también aberraciones. Existen entre las diversas corrientes que
lo constituyen influencias recíprocas que van y vienen en todas direcciones.
Agrupaciones de origen no cristiano sufren a veces una fuerte influencia del
cristianismo, mientras algunos movimientos cristianos sufren influencias extrañas
hasta el punto de convertirse en herejías. El discernimiento se hace paulatinamente
en la Iglesia a través de la vida y de la experiencia, como también del “sensus
fidei” del pueblo cristiano, hasta que la nueva situación creada en la Iglesia
constantiniana permita la celebración de Sínodos, en los que los obispos tendrán
la autoridad requerida para hacer clara la demarcación entre ortodoxia y heterodoxia.
Cuando, finalmente, se dibujó una forma de vida cristiana
más estructurada y reconocida, utilizando los modos exteriores de expresiones
comunes a los ascetas de todos los tiempos y de todas las tradiciones, pero
expresando una búsqueda espiritual enraizada en el evangelio y vivida bajo
la dirección del Espíritu, se comienza a hablar de “monacato”. Es el resultado
de una larga evolución, y estamos en presencia de lo que hoy se llamaría una
‘inculuración’. El monacato cristiano es así la primera – y quizás la mejor
lograda, de las formas de inculturación. Es decir, que es el encuentro del
mensaje evangélico sobre la vida perfecta con una tradición ascética muchas
veces secular expresando las aspiraciones más profundas del alma humana creada
a imagen de Dios. Este encuentro entre tradición humana – enraizada en un
arquetipo humano – se había enriquecido encontrando
en él su significación última; por otra parte, el mensaje cristiano se enriquecía
también al encontrar una particular forma de expresión. Este encuentro y este
enriquecimiento mutuo constituyen la naturaleza misma de la inculturación.
Desde entonces, a lo largo de toda la historia del monacato,
los momentos de grandes desarrollos, de renovación o de reforma estuvieron
donde, con ocasión de una transformación cultural más profunda, monjes y monjas
fueron particularmente sensibles a las aspiraciones espirituales de los hombres
y mujeres de su tiempo y supieron dar, a través de su vida y en la línea de
su tradición, respuestas válidas no sólo para ellos sino también para sus
contemporáneos.
La cuestión de los orígenes del monacato cristiano no nos
dejará jamás, ya que el monacato continúa existiendo porque es continuamente
re-engendrado.
Armand Veilleux
[1] H. Weingarten, “Der ursprung des Mönchtums im nachconstantinischen Zeitalter”, ZKG I (1876) 1- 35; 545-574.
.
[2] P.Nagel, “Die Motivierung der Askese in der Alten Kirche und der Ursprung des Mönchtums”, (Texte und Untersuchungen – 95), Berlín 1966.
[3] A. Vóöbus, History of Ascetism in the Syrian Orient. A contribution to the History of Culture in the Near East. T.I. The Origin of Ascetism. Early monasticism in Persia. T.II Early monasticism in Mesopotamia and Syria (C.S.C.O. 184 & 197), Lauvain 1958 & 1960.
[4] J. Gribomont, “Le monachisme au sein de l’Èglise en Syrie et en Cappadoe”, Studia Monastica 7 (1965), 12-13.
[5] J. Daniélou, Theologie du Judéo-christianisme, Tournai 1958.
[6] A. Veilleux, “Monasticism and Gnosis in Egypt”, en Birger A. Pearson and James E. Goehring,
eds., The Roots of Egyptian Christianity”,
Fortress Press, Philadelphia, 1986, 271-306.
[7] Collection “Spiritualité orientale”, nº 30, Bellefontaine 1979.
[8] Journal of Roman Studies 61 (1971) 82-101.
[9] Columbia University Press, New York 1988.
[10] Susanna Elm, “Virgins of God”: The Making of Ascetism in Late Antiquity. Oxford Classical Monographs. Oxford 1994.
[11] David Brakke, Athanasius and the Politics of Ascetism. Oxford Early Christian Studies. Oxford 1995.
[12] Vincent L. Wimbush and Richard Valantasis, eds. Ascetism. New York, Oxford Universitu Press, 1995.
[13] Columba Stewart, OSB, Cassian the Monk. (Oxford Studies in Historical Theologu). Oxford, Oxford University Press, 1998.
[14] Columba Stewart, OSB, “ Ascetism and Spiritualy in Late Antiquity: New Vision, impasse or Hiatus?” en Christian Spirituality Bulletin, Summer 1996, vol 4, nº 1, 11-15.
[15] Raimundo Panikkar, “Blessed Simplicity. The Monk as Universal Archetype”, The Seabury Press, New York 1982.