La civilización occidental. Un proyecto más urgente que nunca.
He leído en algun sitio que se le había
preguntado una vez a Gandhi lo que pensaba de la cultura occidental y que
él había contestado: "sería una excelente idea". No sé si la frase
es histórica o no, pero, como dicen los italianos, se non è vero è ben
trovato.
Hoy en día, cuando se habla de "civilización
occidental", y se intenta enseñar
su superioridad sobre las demás, como lo hacía hace unos años Samuel Huntington
en un libro (El choque de las civilizaciones) aparecido primero en
forma de artículo en la revista americana Foreign Affairs (lo que revela
bien sus preocupaciones y sus metas), me dije que sería urgente tener una
civilización antes de intentar compararla con las demás.
Varios acontecimientos de los últimos
meses demuestran cuan urgente es la necesidad que tiene el mundo occidental
de volver a ser civilizado. Parece que nos hemos olvidado colectivamente
de un gran número de valores que considerábamos como fundamentos de lo que
llamábamos nuestra civilización. El último acontecimiento es la lentitud inverósimil
de la comunidad internacional para reaccionar a la tragedia humanitaria de
Goma.
La lava del Nyiragongo empezó el jueves
pasado a recubrir la ciudad de Goma, reduciéndola prácticamente a ruinas y
forzando a una población de cerca de medio millón de habitantes a huir en
todas direcciones, la mitad hacia Ruanda. Hubo que esperar más de tres días
antes de que una pequeña ayuda internacional empezase a llegar con cuentagotas.
¿Dónde estaban, en aquellos días, los más trágicos, las grandes potencias
que movilizaron sus medios financieros y militares para ayudar a Kabila a
derrocar a Mobutu y después para ayudar a toda una serie de países vecinos
y de grupúsculos de rebeldes locales a oponerse a Kabila?
Desde hace varios años, el Kivu es
expoliado sistemáticamente de sus riquezas naturales, directamente por los
países vecinos - que se aprovechan un poco - e indirectamente por las grandes
potencias occidentales - que se aprovechan mucho. Mientras la guerra aprovecha
a toda esa buena sociedad, nadie tiene interés en que se pare. Así se explica
que la guerra continúe a pesar de las negociaciones de paz y de la presencia
de algunos cascos azules espolvoreados en la inmensidad del país en número
meramente simbólico. La población local ha sido reducida a una miseria indecible
y nadie se preocupa de ella salvo unas ONG por aquí y por allá, actuando a
partir de Goma, y, por lo tanto, prácticamente no actuando de momento.
El volcán Nyiragongo es uno de los
más áctivos del mundo y tuvo en un pasado reciente erupciones devastadoras.
La presente erupción evidentemente no podía ser evitada, pero sí prevista.
Además existían signos precursores desde hace varias semanas. Pero el país
estaba en situación de guerra, los instrumentos modernos destinados a analizar
los movimientos telúricos, colocados en el tiempo de Mobutu en la vertiente
del volcán, quedaron inutilizados desde hace mucho tiempo, ignorándose ahora
todo lo referente a este laboratorio especializado. Así que la erupción
se podía preveer y una evacuación digna y organizada de la población (en el
mismo Congo y no en Ruanda) hubiera costado como máximo el precio de un misil
sofisticado lanzado sobre las grutas desérticas del Afganistán. ¿ Quién
es responsable? - Todos nosotros. Todos nosotros, en América y en Europa,
quienes nos aprovechamos directa o indirectamente esta guerra y de la explotación
de las materias primas de las cuales rebosa - o más bien rebosaba, ya que
rápidamente fue desposeido - el Kivu, especialmente minerales tales como el
coltan, importante para la fabricación de las armas de destrucción masiva
usadas actualmente para defendernos contra los peligros del terrorismo mundial.
Me da vergüenza.
Esta tragedia de Goma sólo es un indicio
más del hecho de que nuestra civilización occidental está gravemente enferma.
Argelia conoció recientemente una situación
análoga a la de Goma. Millares de personas han muerto en Argel en las últimas
inundaciones, cuyas vidas hubieran podido salvarse fácilmente. Existían canalizaciones
debajo de la ciudad para evacuar las aguas en tales circunstancias. Desde
hace varios años, estas canalizaciones no sólo no habían sido conservadas,
sino que los militares en el poder habían tapado cierto número de ellas para
impedir a los islámicos de las GIAS (grupos islámicos armados, dicen unos,
"grupos islámicos del ejército", se dice cada vez más en Argelia...)
ya no las usan y nunca pensaron en volver a abrirlas. La Unión Europea, sin
embargo, acaba de firmar acuerdos económicos, a pesar de las protestas de
las ONG que defienden los Derechos Humanos, con esta dictatura militar que
sigue desde hace más de diez años haciendo la guerra a su propio pueblo. Las
ganancias económicas de tales acuerdos son, por supuesto, más importantes
para los países európeos que el establecimiento de una verdadera democracia
en Argelia. Me da vergüenza.
Otra situación dramática actual. A
lo largo de los últimos meses el lento genocidio del pueblo palestino se precipitó
de modo espantoso. Cada ataque desesperado de un comando suicida contra Israelitas
se vuelve pretexto de una respuesta masiva que acaba de destruir la precaria
infraestructura que poseían los Palestinos, los cuales vivían ya, desde hace
generaciones, en campos de refugiados desprovistos de las necesidades humanas
más elementales. Todo está destruido: edificios administrativos, estaciones
de radio y de televisión, puestos de policía, pistas de aterrizaje, helicópteros,
etc., y numerosas casas particulares, con la evidente finalidad de hacer imposible
la creación de un estado palestino. Y ninguna embajada protesta - a no ser
ésta o aquélla, con formas diplomáticas tales, que prácticamente se excusan
de protestar. El presidente Arafat ha sido hecho prisionero en su domicilio
y se le ha quitado toda posibilidad de comunicarse por tierra, por aire o
por radio con el resto de su pueblo diseminado en un territorio compuesto
de pequeñas parcelas aisladas; cuando por otra parte, las embajadas occidentales,
parecen seguir dando vueltas como un disco rayado, repitiendo todas el mismo
mensaje pregrabado: " El presidente Arafat debería hacer más para detener
la violencia". La hipocresía atroz de semejante actitud salta a la vista
de cualquier ciudadano. Nuestros elegidos piensan de manera diferente pero
no tienen el valor de protestar. ¿Vivimos en democracia? Me da vergüenza.
Cuando Daniel Rumsfeld, Secretario
de Defensa de los Estados Unidos, comentaba el avance de las tropas en Afganistán,
medía explícitamente el éxito de los bombardeos americanos según el número
de enemigos muertos. Sus observaciones eran de un carácter tan primitivo que
a uno le parecía haber vuelto a la época del Neandertal. Muchas veces expresó
su deseo de que ninguno de los soldados copados en Kunduz durante el estado
de sitio de esta ciudad, pudiera salir vivo, incluso si querían rendirse.
Efectivamente, 450 fueron exterminados por las Fuerzas de la Alianza del
Norte. ¿Civilización? Me da vergüenza.
Cientos de soldados afganos han sido
deportados al otro cabo del mundo en condiciones infrahumanas para ser enjaulados
como animales y expuestos a la intemperie. ¿Puede hablarse de civilización?
La mayoría, hasta que se pruebe lo contrario, no ha cometido otra falta sino
la de defender a su país contra una invasión extranjera. Se les niega el derecho
a ser considerados como prisioneros de guerra, pretendiendo que se les juzgue
con métodos expeditivos por tribunales militares de urgencia, privándoles
doblemente, de esta manera, de las garantías que les otorga el derecho internacional.
En defensa de los derechos de los prisioneros, sólo se hizo oir entre las
autoridades la voz valerosa de Mary Robinson, Alto-Comisario de la ONU para
los Derechos Humanos. Me da vergüenza.
Sí, me da vergüenza pertenecer a esta
supuesta civilización. Si la Encarnación del Hijo de Dios no nos hubiera revelado
que, sin embargo, somos capaces de algo mucho mejor, sentiría vergüenza de
pertenecer a la humanidad. Mantengo la esperanza. Pero ¿quién vendrá de nuevo
a civilizarnos?
Armand
Veilleux
abad
de Scourmont
20 de
enero de 2002