¿ Cómo detener la matanza ?

 

Desde hace varios días, frente a la tragedia que aflige actualmente a la tierra donde vivió Jesús, me domina una extrema tristeza.

 

Los sentimientos que me embargan van desde el de la impotencia – que todos sienten, y que justifica el que nadie haga nada para detener la carnicería – hasta el de la rebelión contra los que se dicen poderosos de este mundo, que no hacen nada – la mayoría para no perjudicar su futuro electoral – y al de la cólera.

 

Si Jesús volviese ¿ no circularía por nuestras cancillerías y por los pasillos del edificio de las Naciones Unidas con el mismo látigo con que expulsó a los mercaderes del Templo ?

 

Los comandos suicidas de los palestinos desesperados son inaceptables, condenables y sobretodo enormemente contraproducentes – Todo el mundo los ha condenado y los condena en distintos tonos – De acuerdo.

 

Pero ¿cómo puede ser que tan pocos condenen las represalias desproporcionadas y sanguinarias orquestadas por Sharon, el carnicero de Sabra y Shatila  ( y de Ramallah y de Belén y de Jenin y ....)? ’-  No sabemos cuál hipocresía es la más repulsiva : ¿la de Sharon, que pretende que esta matanza es simple “auto-defensa” por parte de Israel o la de Bush que, después de haber alentado esta escalada guerrera en sus múltiples intervenciones públicas, hace como que diera un vuelco (cuando la baja del índice de popularidad lo exige) para pedir a Sharon un poco de  “ moderación” en sus intervenciones y enseguida pedir la detención “inmediata” de la intervención de Israel, declarando al mismo tiempo que él “comprende” cuando Sharon responde que primero tiene que completar la “ tarea”?.

 

Los palestinos son un pueblo aplastado, humillado, agredido, ocupado – ocupación ilegal de acuerdo al derecho internacional y condenado por las Naciones Unidas – y Sharon, sabiendo que la hipocresía de los jefes de estado de Occidente le permite a continuación todas las aberraciones, considera “terrorista” a cualquiera que tenga un arma para defenderse.

 

Y, evidentemente, de acuerdo a la nueva moralidad post 11 de septiembre de 2001, quienquiera que sea declarado “terrorista” puede e incluso debe ser eliminado físicamente. Se ataca masivamente con tanques y helicópteros los campos de refugiados donde se amontonan hombres, mujeres y niños y se pretende que se hacen todos los esfuerzos para no tocar a los civiles. Mientras los cuerpos de los muertos y los heridos—muchas veces mujeres y niños—tapizan las calles y mientras se dispara a las ambulancias y a los enfermeros que osan intentar ir a recogerlos. Dan náuseas.

 

Se ha humillado a Arafat, se lo ha vuelto totalmente impotente, se le ha quitado toda posibilidad de ejercer algún liderazgo, se le ha quitado toda justificación para pedir a los hombres de su pueblo que depongan las armas, y se le reprocha por no utilizar el único pequeño teléfono celular que le han dejado para ordenar la detención mágica e inmediata de todas las hostilidades. George Bush y su subsecretario de estado Tony Blair no se pierden ninguna sesión de fotografía para repetir la frasecita puesta sobre su teleindicador: “Arafat no hace lo suficiente para detener el terrorismo”. ¡ Qué tragica comedia!

 

Creo comprender un poco al pueblo de Israel, que vive en el temor y tengo bastante simpatía por ese pueblo. En cuanto a Sharon, me atrevo a esperar que un siquiatra valiente prescriba sin demora la camisa de fuerza. Respecto al resto de los jefes de estado occidentales, que no parecen tener vergüenza de su inacción ante esta letanía de crímenes contra la humanidad, experimento un sentimiento de profunda tristeza y, ante la actitud de los  más responsables, entre ellos,  yo no puedo evitar el sentir una profunda repugnancia.

 

Nunca los salmos llamados “imprecatorios” tuvieron para mí un significado tan concreto.

 

Scourmont, 8 de abril 2002

 

Armand VEILLEUX

 

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P.S.: Esta nota no ha sido escrita para ser publicada. La coloco, sin embargo, en mi sitio Internet para que mi conciencia no me reproche hasta el final de mis días haber sido co-responsable por mi silencio de todos estos crímenes contra la humanidad.

 

Luego de otras reflexiones sobre la situación internacional que he publicado en los periódicos, personas piadosas me han hecho notar que como monje “entregado a la vida contemplativa” yo debía contentarme con orar y no mezclarme en estas cosas. Tal vez tengan razón. Sí, esta situación está presente cada día en mis oraciones; pero personalmente no quisiera que el día del juicio el Señor me diga: “Tuve hambre; oraste por mí pero no me diste de comer, estaba en prisión; oraste por mí y no hiciste nada por hacerme liberar; fui víctima de la injusticia; oraste por mí y guardaste un silencio cómplice...” No me atrevo a pensar en el resto de la frase del Maestro.