2º Domingo del tiempo ordinario (C)
Is 62. 1-5
1 Co 12, 4-11
Jn 2, 1-11
Queridos amigos:
Nada de cronista o de
periodista tiene el Evangelista Juan. Tiene todo de un teólogo. De ahí que por
lo que se refiere a un texto como el de hoy (las bodas de Caná),
no hayamos de contentarnos con ver la descripción de un milagro simpático, por
el que procura Jesús a los invitados el vino necesario para continuar la
fiesta, sino que es más bien necesario descubrir el mensaje teológico que nos
quiere transmitir el Evangelista. Como de ordinario nos encontramos con la
clave de esta narración, precisamente fin de la misma: Fue, nos dice
Juan, el primero de los signos realizados por Jesús, y este signo – que es algo
muy diferente de un ‘milagro’ – nos da la clave para la interpretación de todo
el resto del Evangelio.
El elemento central de la
narración lo constituyen las siete tinajas de piedra. Es ya un tanto extraño el
encontrar en una casa privada en que se celebra la boda seis de esas tinajas.
Son de piedra, lo mismo que las Tablas sobre las cuales había sido entregada a
Moisés la antigua Ley . Ahora bien, el hecho más importante lo constituye el
que se hallen vacías. Tinajas vacías, que son signo de la Antigua Alianza
en la cual vivía el hombre sometido al miedo, obsesionado por la tensión
entre lo puro y lo impuro, lo permitido y lo prohibido, y tratando de liberarse
de ese sentimiento suyo de impureza echando mano de abluciones rituales.
Es esta religión de lo puro
y lo impuro, de abluciones y sacrificios la que viene a sustituir Jesús
por una religión de amor, que queda simbolizada por el vino nuevo del Espíritu.
En punto a esta antigua Ley, nos dirá un día Jesús que no ha venido a abolirla
sino a a llevarla a su plenitud. El número de tinajas
(hay seis de ellas) significa precisamente la falta de plenitud, siete
simboliza de hecho el número perfecto. Jesús viene a llevar a su perfección la
antigua economía haciendo que llenen de agua esas tinajas. Las llenan no de
vino sino de agua. Y el agua queda convertida en vino no en las tiajas, sino cuando se la sirve.
Al comienzo de su Evangelio,
ya a partir del Bautismo de Jesús en el Jordán, cuenta Juan con toda precisión
los días. En este momento nos hallamos en el sexto, el que corresponde al día
sexto del Génesis, día en que creó Dios al hombre. Jesús viene, pues, a
crear una nueva humanidad. A lo largo de su Evangelio nos muestra a Jesús como
el nuevo Adán (y a María como la nueva Eva), y el Reino que viene a establecer
como una nueva creación.
Jesús y María no se hallan
en esta boda por idénticos motivos. Juan pesa sus palabras:
“Se celebraba una boda en Caná y estaba allí María…Fue también invitado Jesús…”
María se encuentra allí
porque pertenece aún a la Antigua Alianza. Cuando indica a Jesús que falta el
vino, le hace ver Jesús que este vino que se ha acabado pertenece ya al pasado.
“¿Qué tengo yo contigo,
mujer?”
No obstante, la Nueva
Alianza, la nueva creación que nos trae no se halla presente en esta ocasión
más que de manera simbólica, ya que no ha llegado aún su hora (la hora de la
Pasión).
Al paso que Eva, la madre de
los vivientes, había ofrecido la manzana al primer Adán, María no hace más que
indicar a Jesús que se ha acabado el vino. Y Jesús, al invitarla a romper con
ese pasado, hace de ella la madre de la Nueva Alianza, la madre de la Iglesia,
y ya desde ese momento ejerce su papel diciendo a los sirvientes:
“Haced lo que os
diga”
No ha llegado aún la hora de
Jesús. Antes de que llegue esa hora vivirá Jesús las tensiones creadas por
quienes se hallan enganchados a la Antigua Alianza, simbolizados en este lugar
por el maestresala que interpela al novio y le echa en cara el no haberse
sujetado a las reglas de costumbre y no haber servido en un primer término el
mejor vino. De igual manera, los escribas y los doctores de la Antigua Ley
echarán en cara de continuo a Jesús el no someterse a
la tradiciones y costumbres.
Este Evangelio no invita a
dejarnos instruir, a dejarnos modelar por los signos operados por Jesús y a
vivir nuestra experiencia de Dios no tanto en una pureza rebuscada a través de
observancias y ritos cuanto en el vino nuevo del Espíritu. No pertenecemos ya a
la Antigua Alianza. Nada en común tenemos con el maestresala de la boda y con
sus costumbres pasadas ya y superadas. Escuchemos más bien a María que nos
dice:
“Haced lo que os
diga”
Es entonces cuando seremos
convidados a las nupcias del Cordero que nos va a describir Juan en el
Apocalipsis y que se hallaban ya anunciadas en el texto de Isaías que hemos
escuchado en la primera lectura:
“Como la joven esposa
es el gozo de su esposo, así serás tú también el gozo de tu Dios”
Armand
VEILLEUX