Domingo 4º de
Adviento [C]
2000
Mi 5, 2-5 a.
Hb 10, 5-10
Lc 1, 39-45
El Nacimiento
constituye un elemento importante en la celebración popular de la Navidad. Por
todas partes – en las iglesias y en las casas privadas, en las tiendas, en los
parques, etc., nos encontramos con Nacimientos. Los personajes principales de
los mismos lo constituyen, por supuesto, José, María y Jesús, y el aspecto
físico de los mismos queda determinado en general por la raza del artista o de
quien haya fabricado las estatuillas. Normalmente se añaden los Pastores en la
noche de Navidad y los Magos en la fiesta de Epifanía. Y nos encontramos
además, cómo no, con el buey y el asno, y se añaden diversas decoraciones
(estrella, lámparas centelleantes., etc)
que se añaden con un gusto mejor o peor.
Si examinamos los
detalles que nos ofrecen los Evangelistas, que nos hablan del nacimiento de
Jesús, podemos comprobar que ninguno de los dos Evangelios que tratan el tema
nos ofrece toda esa retahíla de detalles. Nuestros Nacimientos representan una
reconstrucción de los hechos, a partir de los pocos detalles que nos ofrecen
Lucas y Mateo.
Es menester que por
otra parte no olvidemos que ni Lucas ni Mateo pretenden en manera alguna, en
esos primeros capítulos de sus respectivos Evangelios, ofrecernos una
descripción histórica de los acontecimientos que han rodeado los primeros
momentos de la vida de Jesús. De hecho, tanto el uno como el otros nos enseñan
ya lo que ha de constituir el elemento central de su Evangelio: la huida en seguimiento
de Cristo, o la condición de discípulo.
La enseñanza de
Jesús en el Evangelio de Lucas se concentra en el viaje desde Galilea hasta
Jerusalén. Este viaje, aparte de ser un movimiento geográfico, es asimismo un
tema teológico. A lo largo de este viaje les enseña Jesús a sus discípulos lo
que ha de constituir su propio peregrinar humano: un camino hacia la gloria
pasando por el sufrimiento. A uno que expresaba el deseo de seguirle, le diría:
“Las zorras tienen guaridas y las aves del
cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,
58)
Según Lucas, Jesús
ha comenzado su vida en la inseguridad, lejos de la casa de sus padres, en un
pesebre. Todo lo cual es un símbolo de su rechazo por parte de los jefes del
pueblo de Israel, que no tenían lugar alguno para él en su tradición. La
trayectoria de la vida de Jesús comienza en el Evangelio de Lucas sin un
sitio para él en el albergue y concluye
sin un lugar para él en el corazón de su pueblo. La respuesta de Jesús a quien
quiere seguirle expresa que la vulnerabilidad y la inseguridad constituyen una
condición para llegar a ser ‘discípulo’, una apertura total a cuanto puede
significar la obediencia a Jesucristo.
Lucas anticipa toda
esta enseñanza en sus dos primeros capítulos. La primera expresión de todo ello
lo constituye María, que es el modelo de todo discípulo que escucha la palabra
de Dios y la pone en práctica.. La narración de Lucas nos expresa la manera totalmente inesperada según la
cual, en continuidad con el Antiguo Testamento, escoge Dios a una jovencita
judía virgen de un pueblaco de Galilea. No hay que olvidar que la Galilea se
encontraba en una provincia del Norte, y que constituía el objeto del desprecio
de los Judíos más cultivados de Judea. Una de las razones de este desprecio se
basaba en que esta región se hallaba habitada por numerosos Gentiles, de suerte
que podía incluso ponerse en duda la pureza ritual de los Judíos que habitaban
esa región.
Dios no visita
únicamente a esa jovencita. En ella y por ella visita a su vez al resto de la
humanidad. En el Antiguo Testamento, en el Libro segundo de Samuel (2 S 6,
2-11), damos con una descripción plena de colorido del traslado del Arca de la
Alianza a Jerusalén. El Arca, símbolo de la presencia de Dios, descansa en la
casa de Obededón y se convierte en
fuente de bendición para esta casa. David danza ante el Arca,
Lucas vuelve a
hacer suyos todos estos elementos en la narración del Evangelio que acabamos de
escuchar, en su descripción de la visita de María a su prima Isabel. Como el
Arca, emprende María un viaje que la conduce de Galilea a Judea, a través de
las montañas de Samaria. Tiene lugar la misma manifestación de gozo,
incluida la danza sagrada que realiza
Juan el Bautista en l seno de su madre y que corresponde a la de David ante el
Arca. Y la exclamación de Isabel en su saludo a María reproduce casi
literalmente la de David cuando se halla ante el Arca.
María es la
verdadera Arca de la Alianza, que comunica la presencia de Dios a cuantos ella
visita. Pero todo esto se lleva a cabo dentro de una extrema sencillez y con un
admirable toque de humanidad.
He ahí cuanto ha de
penetrar en nuestro espíritu y en nuestro corazón cuando contemplamos un
Nacimiento. El Nacimiento no ha de ser simplemente una expresión superficial
más del espíritu festivo de la época, sino una evocación de que Dios se llega a
nosotros para pedirnos que seamos discípulos suyos, y que el seguir en pos de
Él implica la aceptación del desafío de la pequeñez, de la vulnerabilidad y de
la inseguridad.