3º Domingo del tiempo ordinario (C)

  

Ne 8, 1-10 /

Cor 12, 12-30 /

Lc 1, 1-4, 4-14-21

 

Cuando lee Jesús el pasaje mesiánico de Isaías trunca deliberadamente la profecía que concluía con estas palabras:

 “El Espíritu del Señor me ha enviado…a anunciar un año de bienes concedido por el Señor, un día de venganza de nuestro Dios”.

 Así, pues, Jesús ha suprimido deliberadamente del texto de Isaías esta mención de la venganza divina que, sin duda alguna, estaban esperando sus oyentes de la sinagoga de Nazaret. Sería preciso recordarlo cada vez que en nuestras relaciones entre personas, Iglesias o pueblos, podamos pretender tener el derecho de ejercer la venganza divina – pretensión que se halla a la base de todos los fanatismos religiosos.

 Celebramos hoy el último día de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos y sabemos muy bien todos que jamás se realizará esta unidad sin un profundo respeto a la gran diversidad que se da y se ha dado siempre en la familia cristiana. En este contexto es sumamente oportuno escuchar las reflexiones de Pablo en su carta a los Cristianos de Corinto, reflexiones sobre la gran diversidad dentro de la Iglesia, diversidad que compara a la que se da en el cuerpo humano.

 La primera lectura, tomada del libro de Nehemías, es asimismo interesante desde este punto de vista. El Pueblo de Israel había olvidado la Ley del Señor. Ley que es hallada de nuevo y proclamada de manera solemne por el sacerdote Esdras, en tiempos del profeta Nehemías. Nos vendría bien también a nosotros, el leer de nuevo, de vez en cuando nuestra historia cristiana desde sus mismos comienzos. De ahí que demos comienzo en este Domingo tercero del tiempo ‘ordinario’ del año litúrgico a la lectura del Evangelio de Lucas, comenzando por los primeros versículos.

 En estos días celebramos la solemnidad de los santos fundadores  de la Orden del Cister. Bien estaría sin duda alguna que releyésemos en nuestra lectio personal los documentos primitivos de nuestra Orden, que nos narran los comienzos de nuestro carisma y que comienzan con las palabras tan sencillas y tan solemnes a un tiempo del Pequeño Exordio: “Nosotros, primeros monjes cistercienses, fundadores de esta comunidad…” También ellos se creían con derecho a ser y afirmar su diferencia.

 Cuando se refiere a sus discípulos, utiliza Jesús diversas imágenes, como, por ejemplo, la de la vid y la del rebaño. Pablo habla de la Iglesia como de una construcción, o más a menudo como lo hace en la lectura que hemos escuchado, de un cuerpo que tiene diferentes miembros, cada uno de los cuales tiene su función propia y específica.

 En el contexto de esta semana de oración por la Unidad de los Cristianos que hoy concluye, se da una pregunta que solemos escuchar más de una vez: “¿Es Jesús quien en verdad ha fundado la Iglesia?” Pregunta que puede parecerles a algunos terriblemente iconoclasta, y que no tiene importancia alguna para otros, y a la que no puede responderse con un  simple ‘Sí’ o un simple ‘No’.

 Si entendemos por Iglesia la estructura de la institución eclesiástica, cual hoy existe, en todos sus detalles, con su curia romana, sus cardenales, su liturgia y su derecho canónico, nuestra respuesta tiene que ser necesariamente ‘No’. Se trata en estos casos de estructuras que se ha creado la comunidad cristiana en el transcurso de los años y de los siglos, para dar una respuesta a las necesidades nuevas de cada época.

 Ahora bien, Jesús ha querido llamar junto a Si a un grupo de discípulos que le han seguido y a los que ha dado el mandato de mantener viva su memoria y de llevar su mensaje a todos los confines de la tierra, hasta el fin de los tiempos. Es esta Comunidad, reunida en torno a Jesús y enviada por Jesús, lo que constituye la Iglesia. En este sentido, decimos, Sí, que Jesús ha fundado la Iglesia. Más tarde, ya los primeros Cristianos, una vez que se han puesto a dar testimonio de Cristo y de su Evangelio, han establecido diferentes ministerios que correspondían a carismas diferentes.

 Pidamos al Señor en este día que nos de ojos puros y humildes que nos permitan ver, dentro de la gran diversidad del pueblo cristiano y de la familia cisterciense, una diversidad de misiones. Dejemos de considerar a los demás como ‘menos cristianos’ porque sigan  una tradición cristiana diferente, o como ‘menos cistercienses’, porque su forma de vida se ha adaptado a condiciones diferentes de las nuestras. Veamos, más bien, en esta diversidad una gran riqueza.

 En nuestros oídos y en nuestros corazones resuenan las Palabras del Testamento del Padre Christian de Chergé de Tibhirine, cuando nos enseñaba a un Dios que se complacía en rehacer la unidad primordial ‘jugando’ con las diferencias.

 

 Armand VEILLEUX

 

 Testamento del Padre Christian

abierto el domingo de Pentecostés, 25 de mayo de 1996



Cuando un A-Dios se vislumbra...

1. Si me sucediera un día --y ese día podría ser hoy--
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento
a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país. 

Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.
Que recen por mí. 

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.
Mi vida no tiene más valor que otra vida.
Tampoco tiene menos. 

En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.
He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente. 

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido. 

Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo. 

En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato.
Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la "gracia del martirio"
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam. 

Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente.
Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila
identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. 

Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes. 

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón
a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
"¡qué diga ahora lo que piensa de esto!" 

Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.
Entonces podré, si Dios así aún lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con El a Sus hijos del Islam
tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.
 

Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.
 

En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida,
yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy,
y a vosotros, amigos de aquí,
junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
 

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.
Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este "A-DIOS" en cuyo rostro te contemplo.
Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices
en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.
 

¡AMEN!

Argel, 1 de diciembre de 1993

Tibhirine, 1 de enero de 1994

Christian.+