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septiembre 2002 – Capítulo General OCSO en Roma
Is
55,6-9; Fil 1,20c-24-27; Mt 20,1-16ª
El presente pasaje evangélico no es
un tratado de justicia social. No habla del justo salario que hay que pagar
a los obreros asalariados, sino que se refiere a los paganos que acogerán
la Buena Nueva y entrarán los primeros en el Reino mientras que los judíos,
en su mayor parte, rechazarán esta Buena Nueva. Los Padres de la Iglesia descubrieron
aquí tal número de aplicaciones alegóricas que también nos permite a nosotros
aplicarlo alegóricamente a nuestra situación actual.
La enseñanza principal
de este texto es que Dios es bueno, generoso y misericordioso; y que todo
lo que recibimos de Él es puro don gratuito. Cada vez que pensamos merecer algo o haber adquirido ciertos
derechos, nos equivocamos. Y es así en
nuestras relaciones con Dios, en las relaciones con nuestros hermanos y hermanas
en nuestras comunidades; y también es cierto en las relaciones entre las comunidades
en el seno de una Orden monástica y sin duda también en las relaciones entre
los Capitulares a lo largo de un Capítulo General.
Cuando nos encontremos,
cada uno de nosotros, con nuestro Creador, al desembarcar en la otra Orilla,
el hecho de que le hayamos servido fielmente en la vida monástica durante
cincuenta años o 10 o 10 días no marcará la diferencia. Lo que contará entonces
será la intensidad de nuestro amor en ese momento. Tampoco importarán los
errores y las bobadas que hayamos podido hacer a lo largo de esta vida, lo
mismo que los cargos humildes o brillantes que hayamos podido brindar a nuestras
comunidades o a la Orden. Para cada uno de nosotros, la invitación a entrar
en el Gozo de nuestro Padre será pura gratuidad. Lo cual no es una invitación
al descuido y a la pereza, sino más bien a hacer todo con una total gratuidad,
por amor, y no con la finalidad de adquirir méritos y menos aún para evitar
castigos.
Por nuestra vocación
monástica cenobítica, nuestras comunidades están llamadas a ser lugares de
la presencia de Dios, signos de su amor gratuito hacia sus hijos e hijas.
Aunque seamos tres, treinta o trescientos en una comunidad, es el mismo amor
de Dios el que nos ha reunido, el mismo amor de Dios que quiere manifestarse
a través de nuestra vida cotidiana, el mismo amor de Dios que desea transformar
el universo transformándonos gradualmente a su imagen. Este testimonio es
el mismo, aunque nuestra comunidad tenga un año, diez o mil años de existencia.
Lo demás es vanidad de vanidades, como diría el Eclesiastés.
Nuestra segunda lectura
de esta mañana está sacada de la carta de Pablo a los Filipenses, una carta
muy bella y de cierto frescor. Filipos fue la primera ciudad de Europa que
recibió el mensaje cristiano, durante el tercer viaje misionero de Pablo.
Era una pequeña comunidad cristiana, con la que Pablo, el apóstol de los Cristianos
de la última hora, conservó un hermosa relación, comparable a la de Jesús
con Marta, María y Lázaro, otra pequeña comunidad (cuya gran precariedad se
manifestó con la muerte de Lázaro). En su carta, escrita en cautividad, Pablo
habla en un tono personal, incluso íntimo. Aunque esté preso, es un hombre
feliz.
En el momento de escribir,
Pablo había comparecido ante el tribunal, aunque todavía no había recibido
la sentencia. Esta sentencia podría ser la de su liberación o la de su ejecución.
Se admite generalmente que se trataba de la cautividad de Pablo en Éfeso,
y no de su última cautividad en Roma. No era, pues, un anciano, sino que estaba
más bien en la plenitud de la edad, hacia el final de sus cuarenta o comienzo
de sus cincuenta. Era un hombre que, a lo largo de los años, a través del
sufrimiento y las luchas, había adquirido una buena dosis de conocimiento
de sí mismo y era capaz de reconocer los diferentes deseos –a veces contradictorios-
de su corazón.
Desbordaba de gozo con
el pensamiento del amor de Cristo por él. Deseaba morir y estar con Cristo
para siempre. Pero también sabía que Cristo era su vida, incluso aquí en la
tierra. Deseaba continuar predicándole, y permanecer junto a sus amigos, especialmente
los Filipenses. No sabía si debía preferir morir para estar con Cristo o vivir
para anunciarle. Sin embargo, sabía que, de un modo u otro , Cristo sería
exaltado en él.
Pablo es un hombre feliz
porque es libre –libre del miedo, libre de ambiciones personales, libre de
todo lo que no es Cristo. Si queremos que nuestras vidas personales y la de
nuestras comunidades rebosen con este mismo gozo y que manifiestan la presencia
de Cristo, debemos pedir la gracia de esta gran libertad interior, como la
de Pablo, que nos disponga tanto a desaparecer para estar unidos a Él, como
a continuar trabajando para hacerle presente en nuestro mundo de hoy.
Nada es mérito y nada
es tragedia. Todo es gracia.
Armand VEILLEUX