LA NUEVA ANTROPOLOGIA

Y LA FORMACION MONASTICA

 

Sor Marie-Pascale Dran, ocso.

 

Hace seis años, con ocasión del Capítulo General OCSO de Poyo, en España, tuve ocasión de compartir algunas observaciones relativas a monjas jóvenes a las que había acompañado en el transcurso de sus primeros años de vida monástica.  Estas monjas son una pequeña muestra de la mentalidad correspondiente a sus respectivos intervalos de edad: de 30 a 40 y de 40 a 50 años. Tal vez esta muestra no sea representativa, pero todas las observaciones se referirán a un plano circunscrito: ¡un monasterio de monjas, en Francia, o sea, en Europa, en el período de los últimos 20 años!

Como no tengo una formación propiamente antropologica, prefiero compartir simples reflexiones personales que provienen de 18 años de vida cotidiana con hermanas jóvenes de nuestra comunidad.  Intentar apuntar lo que hoy es más relevante en la mentalidad de esas hermanas jóvenes en formación, al rayar el nuevo milenio.

Procederemos teniendo a la vista dos etapas que ocurren en orden cronológico, durante la formación inicial:

- lo que atrae a las jóvenes a la vida monástica

- lo que está relacionado con su integración en la comunidad

 

1° Qué las trajo al monasterio

Este punto es el más fundamental: ¿Qué las trajo al monasterio? Ciertamente, la búsqueda de Dios. Pero esa búsqueda adquiere formas muy diferentes, ligadas al tipo de inserción social o cristiana que han vivido premente.  Aquí se puede presentar una gran diversidad.


Para las que nacieron entre 1950 y 1960, la fe, como tantos otros valores fundamentales, es un dato seguro. La oración, la vida cristiana y la práctica religiosa regulares forman parte de los elementos estables de la vida familiar o por lo menos, del ambiente.  Algunas ya hicieron su opción por una vida religiosa, en el secreto de su corazón, desde la Primera Comunión, a una edad bastante precoz, a los 7 u 8 años. Digamos de paso que ésta es todavía una característica actual en muchos lugares. El año pasado, en un encuentro con Dom Eduardo de Azul, éste me decía que una de sus preocupaciones era cómo acompañar las vocaciones de personas muy jóvenes de ambos sexos. Está claro que actualmente el medio ambiente es menos propicio que hace 40 años, pero el Señor es siempre capaz de seducir, a través de las estructuras de la Iglesia, las cuales se presentan a veces fuera de cualquier estructura.

Para algunas ese llamamiento fue el hilo conductor de su vida, incluso si las circunstancias las hicieron asumir otros compromisos antes de poner en ejecución ese proyecto. En ese trayecto las elecciones son claras, bien definidas. Lo mismo ocurre con las dificultades de la vida cenobítica: están ahí y se va a intentar luchar contra ellas. No se presenta planteamiento sistemático o contestación estéril. Hay sobre todo un camino largo que recorrer en la reconciliación, en la cura y en la reanudación de todo lo que la vida cerró o deformó por un reflejo defensivo. ¡Trabajo de aliento! El desafío que se lanza aquí a la vida monástica va a ser el de preservar el carisma cisterciense en toda su frescura, en todo su dinamismo. El monasterio es un lugar en el que podrá renacer el fervor del primer amor. Entretanto será preciso desenmascarar las tentaciones y las ocasiones de encerrarse en sí misma, transponer los límites que hayan proporcionado las experiencias infelices del don de sí en formas de vida en común o comunitaria. Ir más allá de una cierta incapacidad de darse y creer de nuevo que todo es posible, ahí está el cuadro que se encuentra con más frecuencia.

Todavía estamos encantados por lo que la Familia Cisterciense vivió con ocasión del IX Centenario de Císter: ese volverse a alimentar en la inspiración de los comienzos, que ciertamente no cayeron del cielo.  El llamamiento de los episodios de la vida de Roberto de Molesme habrá reconfortado sin duda a más de un cisterciense, al volver a ver cómo se desarrollaba su búsqueda, larga y pertinaz, de una vida libre, "pobre con Cristo pobre". Al ver las primeras tentativas de Esteban en la vida monástica, su larga peregrinación a Roma y después su estabilización con su entrada en el Nuevo Monasterio, ¡no podemos decir que es nuestra época la que busca su camino


a tientas! Pero mientras que Roberto, Alberico y Esteban se pusieron en camino a causa de su búsqueda del Absoluto, para nuestros contemporáneos es frecuentemente el fracaso o la situación difícil, sin salida aparente, el que les cierra el camino y los fuerza a partir de nuevo.

Y su angustia es tanto mayor dado que una sucesión de rupturas los lleva a buscar su camino a una edad en la cual las generaciones precedentes ya habían encontrado una orientación estable para su vida. ¡Seguramente va a haber menos monjes y monjas que celebran su jubileo (bodas de plata o de oro de su profesión) en el próximo milenio que en este que está terminando!

La ruptura de la pareja que formaban los padres, caso que se presenta en una proporción mayor de hermanas que hace 6 años, la vivieron desde la infancia. Las consecuencias, el sufrimiento, duran para siempre y son más o menos, difíciles de administrar. Saber que todos los miembros de la familia están vivos, y que sin duda no van a poder reunirse jamás, será siempre un sufrimiento continuo y sordo, que se despierta súbitamente cuando los padres se encuentran juntos en la hospedería del monasterio, e inconscientemente dan a la hermana el papel de árbitro, pero dejándola soportar de nuevo inmediatamente, en su vida cotidiana, la realidad de la separación.

Otras también conocieron esas rupturas en su propia vida o en un círculo más próximo. Hoy esas rupturas se han vuelto más frecuentes que hace 6 años: divorcio, desempleo, trabajo temporal... sin olvidarnos de una enfermedad grave que, de repente, viene a alterar el curso de su existencia y de todo el grupo familiar. La fe es más difícil, y no sólo en el campo religioso: es creer que en relación a los padres pueda ir lejos, que la economía no es sólo un artificio, que una causa humanitaria no es una forma de aprovecharse de la generosidad pública, que los políticos no son apenas manipuladores; difícil, en fin, creer que tenemos dentro de nosotros la fuerza para atravesar la vida.

Aquí somos desafiados a la esperanza, a abrir un camino con la fuerza de la Resurrección. La culpabilidad antigua, en relación al itinerario seguido antes de responder a la primera llamada, podrá un día dar lugar a una celebración de la Misericordia a través de un alistamiento nuevo, sin restricciones ni reservas, una apertura confiada al futuro. Eso nos vuelve totalmente solidarios con innumerables personas confrontadas, a veces de forma brutal, con sus caminos bloqueados o con cambios de orientación, sean obligatorios sean deliberados. Lejos de ser una fatalidad, sentida como una repetición de fracasos, una sucesión de estados, o lugares, o condiciones de vida, puede contribuir para un descubrimiento de la Vida siempre nueva, para la apertu-


ra al Hombre nuevo, en una Alianza siempre nueva, porque la fidelidad de Dios es eterna. Nuestra vitalidad será encontrar, en cada orientación nueva un trampolín para partir de nuevo, para crecer en humanidad. Justamente, la suerte de nuestras comunidades es colocar en una relación próxima generaciones diferentes. Todos sabemos cuán precioso es el testimonio de la sabiduría, la profundidad, la fidelidad prolongada que pueden dar, sin darse cuenta, nuestros hermanos y hermanas "más viejos".

Para las hermanas nacidas entre 1960 y 1970 se puede encontrar la misma llamada, precoz o no, pero con contornos más diluidos, una formación catequística más aleatoria, muy marcada por los planteamientos de "mayo de l968", tanto a nivel sociológico como teórico. El Concilio, el mayor acontecimiento de esta última mitad del siglo, abrió las ventanas para la amplitud. Pero la corriente de aire hizo volar en pedazos algunas seguridades y algunos tipos de relaciones tradicionales. Existen todas las formas de medio familiar: desde la familia bien tradicional, bien confortable, pero en la cual los hijos crecidos tienen una adolescencia muy difícil, en rebeldía con los ritos y obligaciones sociales, hasta la familia que se mueve como grupo abierto. Todo eso se complica con el derrumbe de las diferencias entre las generaciones, con una colocación entre paréntesis de la autoridad y el papel de los padres, los cuales parecen volver a entrar en la adolescencia y permanecer allí un buen tiempo.

A nivel de la búsqueda de la vocación, los jóvenes la experimentan más en términos de SED, de búsqueda vital. Tal vez no sea todavía una sed de Dios, en el sentido en que se expresa San Bernardo, pero ellas han sentido un cierto agotamiento en medio de la experiencia de la vida en grupos, donde las personas se eligieron unas a otras para compartir su planteamiento, para rehacer el mundo, o simplemente huir. Poco a poco, sobre todo en las grandes ciudades, la escuela o la Iglesia, que eran lugares pedagógicos de transmisión de una herencia, de un saber, de valores, se volvieron lugares de experimentación, en los cuales las verdades más objetivas son relativizadas a la medida del individuo, generando por una parte inseguridad y angustia, y por otra incapacidad durable de realizar actos que comprometan para el futuro.

Una ventaja para la formación es, en verdad, el dinamismo provocado por esa sed, esa carencia experimentada por los jóvenes. Carencia de sentido, carencia de perspectiva para el futuro, carencia de solidaridad, carencia de relaciones verdaderas. Todo ese aguzar el apetito es una apertura prometedora, en la cual se puede aprender todo. No obstante existe el riesgo de ceder


todavía a la precipitación y sobre todo, dado el predominio de la afectividad, de hacer elecciones sólo orientadas a obtener un modo de relaciones calurosas y efímeras. Una investigación realizada con jóvenes de 20 a 30 años demostró que su mayor temor era la soledad, el miedo de no ser alguien para alguien. Eso se puede notar en nuestra forma de vida, pero seguramente de manera más suave que en las periferias de nuestras ciudades, a través de las manifestaciones de agresividad, ligadas a esa necesidad de ser reconocido, oído, tomado en consideración.

En esas condiciones, el desafío específico de la vida cisterciense será señalizar el camino, ofrecer señales de orientación firmes, pero flexibles, en las cuales las personas no desisten de colisionar con un cuestionamiento sobre el sentido mismo de las observancias, pero donde será posible invitar a una iniciación paciente en la práctica de los hábitos que estructuran, que "ordenan la caridad" a partir de una vivencia comunitaria, de un consenso, de un convivir. Las costumbres de la casa, con su poder de "colocar en orden", son una guía que algunas descubren: juntas aprendemos a vivir y a tener una "sabiduría de vida".

Para las que son aún más jóvenes, nacidas después de 1965, la llamada las encontró mucho más lejos, en un mundo casi extraño a la fe. Una intuición las puso en camino: Dios existe y ellas quieren ir hacia Él. Aquí es posible encontrar todos los niveles de formación humana, cultural y religiosa y también todos los niveles o la inexistencia de los mismos en la inserción social. Lo que parece una constante es, justamente, la inestabilidad de lo que hay en ellas y las rodea: multiplicación de experiencias al gusto de las fantasías y de las ocasiones de fuga a través de la televisión, vista sin continuidad y con tedio. Todo es evaluado en función de la subjetividad: lo real existe siempre que me sienta involucrado. El encuentro seductor con corrientes espirituales como el budismo o la meditación zen hace que se atribuya el mismo nivel de legitimidad a todas las religiones, sin el análisis debido del dato ideológico que suponen. De ahí se deduce que es posible buscar el propio alimento donde quiera que se esté: la tolerancia hace que todo tenga el mismo valor.

Es verdad que no somos nosotras las que determinamos los escenarios en los cuales Dios se deja encontrar. Muchas veces es precisamente a partir de una experiencia que se sitúa a nivel de lo que fue "sentido", del sentimiento, de la sensación, pues son el medio de conocimiento privilegiado. Aquí es necesario un buen tiempo de catequesis antes de llegar a retomar el camino hacia el Dios revelado por Jesucristo, el Dios de la Biblia o del


Evangelio, confesado por la Iglesia y en la Iglesia. Con estas jóvenes, para la formación, me parece que el desafío es un aprendizaje de la interioridad, de la permanencia, de la permanencia en la interioridad. El tiempo, ritmado a lo largo del año por la liturgia, por la organización de la vida monástica según San Benito, por la entrada a pasos lentos en la vida de oración, se torna un aliado que permite la maduración en todos los niveles de la persona: cuerpo, afectividad, sensorialidad e incluso una reestructuración de la memoria y de la capacidad de juzgar, además del aprendizaje de la objetividad.

2° Integración en la vida monástica

En todos los dominios de la vida monástica tal cual se presenta, hay interrogantes que van a encontrar respuesta si una comunidad está viva, llena de buen celo (RB, 72), es decir, si cada uno de sus miembros a través de sus límites, vive plena y simplemente cada momento del día, entrando lo máximo posible en el consenso comunitario de manera responsable y alegre. Todos los interrogantes sobre el sentido de la existencia de la vida consagrada, de la renuncia fecunda a la voluntad propia, de la pobreza vivida con alegría y del ágape fraterno, todo este cuestionamiento es generador de vida nueva para la manera como vivimos una dimensión contemplativa de nuestra vida. Es un tiempo de prueba para cada uno, no sólo para las jóvenes: una verificación del sentido de las relaciones fraternas, del sentido del celibato, de la continencia, del sentido del trabajo manual, del sentido de la liturgia, del sentido de una vida de gratuidad, libre de toda servidumbre a la rentabilidad material, del sentido de una existencia prometida solemne e íntegramente a Dios, de una existencia portadora de vida para el mundo y la realización de la persona en todas sus potencialidades.

La gran angustia con la cual cada uno se confronta de manera única es: ¿Quién soy yo? ¿Qué quiero realmente? ¿Me pueden ayudar a resolverlo mejor? Cada uno se hace estas preguntas, y un ascenso a una vida adulta exige a todos una búsqueda larga. Los más viejos atraviesan una crisis de rechazo a los padres. Las explicaciones que se encuentran para el comportamiento de los mismos no permiten aceptarlos automáticamente, tal cual son o fueron en el pasado. La íntegración en la comunidad pasa por un trabajo arduo de reconciliación, perdón, aceptación lenta de todo lo que nos hizo llegar a ser lo que somos hoy. Un interrogante que va a permanecer sin respuesta en el plano profundo: ¿Qué hice de lo que me hicieron?, o sea: ¿alre-


dedor de qué me construí a mí misma/o? Puede haber habido herida, agresión, angustia. En sí mismas estas experiencias no generan una respuesta típica, es mi reacción la que, por la fuerza del Espíritu Santo, va a orientar mis encierros o mis dinamismos.

La convicción de nuestra fe es que Dios no arranca una sola página de nuestra historia, ni la más luminosa ni la más dolorosa. Esto choca con la mentalidad contemporánea que quiere huir del dolor bajo todas sus formas, y en especial huir de la muerte. íQué desafío se presenta cuando es preciso justamente hacer frente a un compromiso "hasta la muerte"! ¡Cuántos retrocesos algunas veces para evitar por todos los medios que esos momentos dolorosos vuelvan con su carga emocional, especialmente cuando una forma de vida en común (casamiento o vida comunitaria) decepcionó muchas esperanzas y causó de nuevo tantas heridas!

La búsqueda de identidad, para una generación siguiente, toma una forma un poco diferente. Las verdades universales se han vuelto mal vistas por la polémica, los jóvenes esbozan otra etapa de la "rnuerte del padre". La creación de formas nuevas de vida comunitaria, basada sobre la fraternidad, abrió el camino para una valoración de la afectividad, la emotividad, las elecciones realizadas en función de los sentimientos, y ya no de los valores verdaderos y fuertes. El acento recae en el equipo, el grupo. El temor a toda jerarquía, a toda autoridad vuelve más laboriosa la entrada en la obediencia verdadera. Es muy positiva toda valoración de la persona, de su espontaneidad, de su creatividad. Son inmensas la generosidad, la claridad, la confianza, pero cuando apenas son el fruto de lo que sintió personalmente pueden generar también soledad inmensa.

Queda, pues, el desafío mayor: diseñar el crecimiento en un conjunto de criterios, de puntos de referencia para la moral y las relaciones. Aquí gana toda su importancia el conjunto de "codificaciones" que antiguamente se llamaban "usos". Entrar en la vida cisterciense lleva a algo muy nuevo para la mitad de las jóvenes: un modo de relacionarse construido sobre un respeto de las personas en su identidad propia, en su diferencia, en su papel respectivo. San Benito lo describe en los capítulos 63 (del orden en la comunidad), 26 y 27 (cómo tratar a los excluidos), y para canalizar las iniciativas que apenas podrían derivar de los buenos sentimientos, determina a quién compete realizarlo.

Cuando la Regla habla del Abad dice precisamente: «Al abad, puesto que se sabe por la fe que hace las veces de Cristo, le llamarán "señor" y "Abad" (RB 63,13). Y todavía más: «Debe acordarse del título que se le da y cumplir


con hechos el nombre de superior» (RB 2,1). Todo lo que dice hasta el capítulo 52 (del oratorio del monasterio) solo hace enfocar la importancia que tienen los lugares y las personas cuando son verdaderamente lo que son: «El oratorio debe ser lo que dice su nombre, y en él no se ha de hacer ni guardar ninguna otra cosa». Me pregunto a veces si no está ahí el desafío que debemos afrontar desde los últimos 20 ó 30 años.

Ese cambio de dirección fue vivido por las más antiguas sea participando en grupos que militaban a favor de la liberación de la mujer, sea adoptando la moda unisex, sea valorando el "amor sin riesgo", en el cual el sentimiento no encuentra más espacio para nacer y crecer, hacer nacer y hacer crecer. ¡Como si el amor no fuera la forma más alta de riesgo! Con las más jóvenes se llegó a experiencias aun más diluidas, aun más narcisistas, en las que la vida de relación es nivelada y a veces negada. Se pueden encontrar personalidades que tienen muchos puntos en común con los giróvagos y sarabaítas descritos por San Benito, siempre en camino, jamás en reposo, procurando sin cesar el placer inmediato. ¡Y ellas son capaces de descubrirse a sí mismas como tales, de reconocerse bajos los trazos de estos dos géneros, que para los monjes son detestables!

¿Cómo saber quién se es cuando el hombre o la mujer no se sitúan ya uno en relación al otro, en una distinción sana que permite el diálogo y en la cual el niño está convidado a encontrar la vida? Cuando el cónyuge, los padres, los educadores, los adultos son rechazados o no se aceptan ya por lo que son, es decir, aquellos a partir de los cuales se estructuran los niños, ¿qué puede ocurrir? La angustia expresada con más frecuencia por las más jóvenes es: "¿Soy normal?" Esta pregunta abarca todos los planos, desde el más profundo al más superficial. La información difundida por los medios tiene por fin unP formizar, "aseptizar", estandarizar las experiencias, el comportamiento, los sentimientos, la vestimenta, la cultura, sin olvidar también el vocabulario.

Una estadística reciente, aparecida en Francia, había descubierto el consumo de droga en uno de cada tres niños en edad escolar. Eso puede comenzar de forma bastante banal a través de un tranquilizante ofrecido por los padres, durante el período de exámenes, inconscientes de lo que está en juego en esa iniciación. Una monja, al volver de una consulta médica, me decía que había quedado aterrada por el número de jóvenes entre trece y catorce años que había visto en la ciudad, vestidas de una forma que las envejecía, del tipo de los maniquíes de los comercios, como si estuvieran preparadas para participar en un desfile de modas. Comentó que no se daban


cuenta de los límites para el aislamiento del cuerpo. Esta misma hermana tuvo una adolescencia difícil, viviendo con los grupos de jóvenes, tratando de compensar esa desesperación con la droga o las relaciones marginales, y fue en el vacío de esas experiencias donde el Señor llegó hasta ella, en un paso sin transición a la vida. Comenta su encuentro con las jóvenes de la calle: «De aquí a diez años serán esas jóvenes las que vendrán a llamar a las puertas de los monasterios, después de haber atravesado los desvanes (los escondrijos) de la oscuridad absoluta, habiendo estado al borde de abismos que no imaginas. ¿Cuál será su cuadro de referencia? Ellas tendrán parámetros que nosotras no tenemos. ¿Cómo podremos comprender su modo de actuar?» Aquí también hubo una evolución en los últimos seis años: esas experiencias están cada vez más desparramadas, por no decir generalizadas, vulgarizadas. Dejo la palabra a esa novicia que comparte su experiencia en relación al mal que puede hacer esa vulgarización a todos los niveles del ser humano: físico, psicológico, moral y espiritual:

«Los medios hablan tanto de que "la marihuana es suave". que se puede parecer desfasado si, en una fiesta, no se fuma un cigarrillo de hachís, o si se va a un rave party y no se consume lo que manifiesta y concretiza la fraternidad. el éxtasis. Es la comunión a partir de lo compartido. Pero en Woodstock hace 40 años era semejante. Lo que choca es que se trata de jóvenes bien y no de aquellos del Cuarto Mundo. Se apoyan sobre esas cosas que arruinan la salud. Está casi institucionalizado, es el rito del sábado a la noche, se toma la píldora, se explota y eso es todo».

Reencontrar una antropología más luminosa, tal cual es posible encontrar en los textos del Vaticano 11, que respira la Biblia a pleno pulmón, es una de las tareas principales a las cuales hay que dedicarse con entusiasmo en la formación monástica, así como a la catequesis. En el Génesis Dios crea a Adán hombre y mujer. Esta es una semejanza que confía al hombre el poder de donarse totalmente, a su imagen. La relación del hombre con la mujer pertenece al género de la oblación, no de la necesidad biológica, como la nutrición o la respiración. Reencontrar una antropología plena del cuerpo donde éste es aquello por el cual el hombre y la mujer se donan plenamente, cualquiera que sea el estado de vida en que estén alistados.

Frente a los extravíos que los jóvenes han conocido -experimentaron hasta la desesperación- se va a volver para nosotras un deber asistir a una generación en peligro, promoviendo el sentido, promoviendo lo que va a ayu-


dar a poner en acción los valores, una disciplina, en el sentido de "todo aquello que permite tornarse discípulo".

Y justamente una ventaja propicia para la formación de las jóvenes es su falta de conocimientos adquiridos, notorio con respecto a la Biblia, a lo que es Dios, a lo que es el hombre creado por Dios. Todo es nuevo, todavía no se ha gastado con tantas lecturas distraídas. ¡Con qué rapidez descubren hasta qué punto es nutritivo! ¡Se las puede ver realmente con apetito! Uno se queda maravillado al verlas saborear la verdad del Año Litúrgico, con las lecturas bíblicas y patrísticas, el ciclo de las lecturas del Evangelio, el Oficio vivido como "fuente de piedad y alimento de la oración personal" (Introducción General de la Liturgia de las Horas, n. 3).

Es preciso vencer esa costumbre de "rnariposear" o de la lectura en diagonal. Se me ocurre que una de las peores invenciones del siglo XX es el control remoto de la televisión: permite cambiar sin cesar de programa a capricho... del tedio. ¡Es una máquina para favorecer la acedia! La práctica del surf por Internet, el contacto con interlocutores virtuales no llegó a ser habitual en todas las monjas jóvenes en formación, pero las más jóvenes habrán tenido ciertamente la oportunidad de experimentarlo. San Benito combate esta incoherencia de una forma sabia: «Este libro será leído con orden y por completo» (RB 48,15). La lectio divina tiene por objetivo restablecer para toda la persona su eje a partir de la palabra de Dios y de la Tradición. Es lo aprendido del dato de la fe, pero también una reeducación de la inteligencia, la voluntad y aun la imaginación. Igualmente el lugar del cuerpo en la Liturgia, por ejemplo, va a permitir muchos descubrimientos y reconciliaciones.

El deseo de aprender verdades que ayudan a vivir es compartido unanimemente por todas las jóvenes, y se puede ver con alegría su entrada en la tradición bíblica, patrística, filosófica y espiritual. La antropología que se puede trazar a partir de los escritos de los Padres Cistercienses sorprende y seduce por completo, por su profundidad espiritual y escriturística además de su lado concreto, próximo a la vida. En esta dirección las jóvenes habían procurado la vida, pero sin sospechar de una correspondencia tal con su propia experiencia. La visión del hombre para los cístercienses es dinámica, optimista. Todo hombre es creado a imagen y semejanza de Dios; ahí radica el fundamento de su dignidad. Él perdió la semejanza, permaneciendo atraído por Dios, y aunque se volvió pesado por el pecado, la misericordia le enseña a consentir ser salvado, a consentir la obra de Cristo en él. El hombre no se


vuelve de un solo golpe, sino por etapas. Solamente Cristo revela el hombre a si mismo

La sensibilidad, casi generalizada, a la ecología, al valor del cuerpo, a la imidad de la naturaleza y, en consecuencia, a la fraternidad, son grandes res prontos a contribuir para la aventura de la maduración de esas jove

Uno de los ejes de la integración en la vida monástica va a ser aprender a pasar del placer de estar juntos a la gracia de estar juntos. Educar la caridad en el interior de la comunidad cuyos miembros son elegidos or Dios y no or nosotros, hará dar un gran paso en dirección a la libertad más auténtica: el ideal generosísimo de fraternidad, de amor universal y de la abolición de ,la frontera compartidas por toda esa generación, encontrará rápidamente allí un terreno de aplicación concreto e inmediato.

Mantener el timón en la dirección de lafe cristiana, con la ascesis despojadora que exige, es todavía un desafío bien vivo y cotidiano. Retornar de los espejismos del ocultismo tampoco es fácil. No deja sólo trazos espirituales, sino también una actitud de tipo mágica, que desea evitar el "riesgo", lo desconocido, lo que lleva a buscar la intromisión en la vida privada del otro, mantenerlo en un cuadro sin sorpresas.

Las últimas generaciones no vivieron grandes acontecimientos históricos o sociológicos: en el caso de algunas no tuvieron la oportunidad de encontrar la muerte alcanzando a alguno de los suyos. Su inocencia un poco egocéntrica, hasta narcisista, nos va a exigir mucha paciencia. Se trata de proporcionarles largos momentos de escucha, sin ceder a la tentación de minimizar su xperiencia vivida, tanto más larga para contar justamente por no poseer muchas de ellas contornos definidos.

Diversos elementos nuevos en la mentalidad contemporánea se deben a la investigación tecnológica. El progreso tiene tantas facetas positivas que bien se puede dejar de discernir sobre las consecuencias, que poco a poco se han instalado en las formas de pensar, reaccionar y vivir. Del mismo modo ha mudado la forma de trabajar en los últimos años. El equipamiento de las queserías, incluso modestas, como son las de nuestros monasterios, se compone de diversos elementos electrónicos. La relación con el tiempo, con la utilización del material, se vuelve más cerebral, menos pragmática que cuando la técnica se transmitía entre las generaciones de hermanas, con tanta seriedad como cuando se transmitía el nombre del santo o la santa a invocar para salir de tal dificultad en la preparación de los quesos.

El desafío mayor generado por la tecnología es volver a encontrar el sentido del riesgo, de la apertura al futuro, del abandono a la Providencia...


Imperceptiblemente todo dolor, todo mal, recibe su remedio y ya no es posible vivir sin él, soportar el dolor, mantenerse firme. Se intenta todo y se busca todo lo que nos proporciona satisfacción total al instante: es aprovechado, y después rechazado, ¡aunque sea el cónyuge! No hay lugar para lo imprevisto, lo no programado, lo incómodo. La civilización del air bag y del teléfono celular se da los medios para garantizar la seguridad del cuerpo y de la relación, aunque sea al precio del espacio habitable y del espacio vital. Me pregunto si no se puede llegar a decir que hay una reconstitución del cordón umbilical o una actitud de cobardía, al mismo tiempo que todo el discurso reivindica el individualismo, la autonomía y la independencia.

Será preciso de ahora en adelante conseguir el modo de salir de la prisión de un universo en el cual la contracepción fue erigida en sistema, considerada "moralmente aceptable" y razonable. Esta forma de evitar la concepción, de esterilización, es tal vez más perniciosa que el aborto. En éste una criatura (que molesta) es "suprimida"; en aquélla, es "evitada", corno se procura evitar el SIDA o como se procura evitar todo peligro. Cuando se pierde de vista la naturaleza oblativa de las relaciones humanas, cuando se hace de la esterilización un ideal de búsqueda de gozo y confort y no un remedio eventual para situaciones objetivamente difíciles, se cierra el camino a todo el futuro, hasta las elecciones más simples de la vida cotidiana, y especialmente en la vida fraterna de relación.

Seguramente Dios no escapa a esta búsqueda extraña de seguridad. ¡Ese fue siempre el terreno del combate espiritual a través de los siglos! De hecho, el gran desafío para los formadores es precisamente poner todo en acción para permitir a los jóvenes hacer una verdadera experiencia pascual de Dios, ciertamente en el corazón de su fragilidad, de sus límites, de sus angustias, pero también de su avidez, su esperanza, su confianza a lo largo de los días.

A veces el relato de sus experiencias puede ser pesado de acoger, casi insoportable. Una ventaja grande que propicia la lucha de los jóvenes y un estímulo para las comunidades y los formadores es, con toda seguridad, esa apertura confiada hacia los más viejos. Más que nunca tenemos que estar prontos para dar razón de la esperanza que está en nosotros y que no decepciona, porque el Amor fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu.


Sor Marie-Pascale DRAN, OCSO.
N.-D. de Chambarand