Las congregaciones cistercienses en el siglo XIX

Dossier preparado por Dom Marie-Gerard Dubois, La Trapa








Presentación preparada por el P. Jean-Marie Gervais, Sénanque






 

1. Las congregaciones en la península ibérica

En 1815 las tres Congregaciones existentes contaban todavía con monjes: la de Alcobaça en Portugal, muy fervorosa durante el siglo XVIII estaba formada por unos quince monasterios y 13 de monjas; la Congregación de Castilla, la más antigua y la más autónoma, que el Capítulo General aceptó de mala gana durante mucho tiempo, pero que contaba mil monjes en 1793, en 47 monasterios, aunque no observaban la abstinencia; y la de Aragón, tal vez la más relajada, pero que se formaba de 18 monasterios masculinos.

Valsainte había fundado Santa Susana en 1796, no sin resistencia por parte de los cistercienses autóctonos que finalmente la integraron en mayor o menor escala. Dom Gerásimo hizo promesa de obediencia al vicario general de la Congregación de Aragón, aunque conservando su especificidad. La Orden militar de Calatrava contaba todavía con unas cincuenta comandos, si es que pueden considerarse cistercienses.

Estos monasterios de monjes sufrieron algunos daños durante la ocupación francesa y algunos conocieron cierto tiempo de abandono, víctimas del decreto de supresión llevado a cabo en España por José Bonaparte en 1809. Santa Susana emigró a Mallorca en 1813, pero la mayor parte sobrevivían en 1815 bajo Fernando VI. Sin embargo esto no duraría mucho tiempo, porque víctimas de las políticas anticlericales de los regímenes liberales que tomaron el relevo en 1820, excepto algunas casas de Calatrava, todas fueron suprimidas definitivamente: en 1834 en Portugal, y en 1835-1836 en España.  Solamente permanecieron, lo menos mal que pudieron, las monjas, al menos en España, porque en Portugal se les prohibió recibir nuevos miembros: la última monja murió cincuenta años más tarde. Eso explica el número importante que existe todavía de monjas cistercienses españolas, que no han conocido la ruptura en su historia. Fueron los trapenses quienes restablecieron el monacato masculino en España, al final del siglo XIX, con San Isidoro en 1891; Viaceli será la siguiente en 1908.

Es difícil conocer el número de monasterios españoles de monjas que existían al comienzo del siglo XIX. La Guía eclesiástica de 1854 señala 54, con 608 monjas. Pero parece que existía algún monasterio más, tal vez 70. La Congregación de Aragón contaba con 9 monasterios femeninos. La de Castilla sólo tenía plenamente integrados ocho monasterios, entre ellos Las Huelgas, pero ejercía su influjo en 14 casas que dependían de Las Huelgas, y sobre las casas de Recoletas, que eran 14.  Hay que advertir que en los monasterios de Castilla, las monjas continuaron utilizando como pudieron el antiguo rito cisterciense que había conservado la Congregación; eso acabó por reducirse sólo al breviario, porque desde 1836 no hubo monjes que celebraran la misa. Otros monasterios, tal vez unos 30, dependían del obispo, entre los cuales las casas de la orden de Calatrava. En 1891 las estadísticas del P. Gaillemin indican 53 monasterios, pero su autor reconoce en 1894 que desconocía varios. Entre ellos había diversas corrientes. Un número bastante grande tenía escuelas primarias de niñas.

 

2. En los territorios del Sacro Imperio romano-germánico

A) Situación durante la primera mitad del siglo XIX

La política desastrosa de José II, a finales del siglo XVIII, dejó subsistir pocos monasterios en la parte del imperio que dependía más directamente de él. Por el contrario, los monasterios situados en la parte occidental y septentrional del Imperio, correspondiente casi a lo que es la Alemania actual, se librará prácticamente de la política de la Casa de Austria. La Congregación de la Alta-Germania contaba todavía, a la muerte del emperador en 1790, 46 monasterios de hombres y 83 de mujeres. Pero las casas alsacianas perecieron en 1790 víctimas de las tropas francesas revolucionarias. Las otras fueron víctimas de la rapiña de los príncipes alemanes cuando Napoleón impuso la Paz de Lunéville en 1801: sus bienes fueron cedidos a los príncipes, con los de las iglesias, indemnizando así las adquisiciones francesas de la ribera izquierda del Rin. Las comunidades fueron víctimas de la ley de secularización de 1803. La Congregación de la Alta-Alemania desapareció en 1806, cuando las tres abadías suizas restantes de monjes, supervivientes de la Reforma protestante del siglo XVI de un total de 14, fueron erigidas en congregación independiente: Wetingen, San Urbano y Hauterive. Solamente estas tres subsistieron tras el tratado de Viena, en 1815, aunque sólo durante tres decenios, pues también desaparecieron en 1841 y 1848.

Las monjas tuvieron mejor suerte, al menos en Suiza: siete monasterios soportaron sin graves consecuencias  este período turbulento: Frauenthal, Magdenau, Wurmsbach, La Maigrauge, La Fille-Dieu, Eschenbach y las Bernardinas de Collombey, única casa que quedaba de las Bernardinas de la Madre de Ballón. En las regiones alemanas, por el contrario, sólo cuatro monasterios de monjas parece que existían en 1815. Unos cuarenta, al menos, habían desaparecido.

En el Noroeste algunos monasterios de Prusia, Polonia, Lituania, que formaban una provincia particular, escaparon a las destrucciones de la época napoleónica: La Polonia austríaca salvó sus dos monasterios, Mogila y Szczyrcyc, pero los de la parte anexionada por los Rusos, como los cuatro de Lituania, desaparecerán en 1798, o en el momento de la insurrección de 1830-1831.

B) Renovación de congregaciones en los países germanófonos
1) En Austria-Hungría

El proyecto de crear una Congregación austriaca estaba en el aire desde 1852. El contexto político había impedido un poco, hasta entonces, la colaboración entre las abadías, y sobre todo las relaciones con el presidente general de la Orden, en Italia. El concordato firmado en 1855, tras la revolución de 1848-1849, puso fin al josefinismo y modificó la situación, lo cual permitió la erección de la Congregación en el capítulo que pudo tenerse en Praga en 1859. En su inicio la Congregación austro-húngara contaba 14 casas de monjes, 13 abadías de hombres que habían subsistido y la de Mehrerau reocupada en 1854 por los supervivientes de Wettingen, y dos monasterios de monjas. Incluía los dos monasterios subsistentes de Bohemia, y otros dos de la antigua Polonia austriaca.  En 1859 se redactaron las constituciones, los "Estatutos de Praga", tras una visita apostólica en todos los monasterios, efectuada por el cardenal Schwarzenberg, el cual constata que [la congregación de] san Bernardo, y la que ahora sigue  la Estricta Observancia de los trapenses, no se  encuentra  ya en los monasterios austriacos, y que no podía ser restablecida, teniendo en cuenta a los monjes y circunstancias de hoy.

Todas estas casas, en efecto, debían continuar demostrando su utilidad social encargándose de obras pastorales. Stams, por ejemplo, tenía a su cargo 18 parroquias, que en su mayoría poseían escuelas elementares. Cinco abadías regían escuelas secundarias, y otras tenían hospicio. Esta situación tenía sus repercusiones en la observancia. Solamente en cinco monasterios, antes de 1859, Stams, Rein, Osek y los dos polacos, se recitaba íntegramente el Oficio divino en común. Los "Estatutos de Praga" no fueron jamás ratificados por Roma, no se sabe por qué, y eso redujo su eficacia. El concordato de 1855 fue reemplazado en 1874 por una ley inspirada en nuevas ideas liberales, que obligaba a replantearlo todo. Felizmente el emperador no la confirmó, salvando con ello varias abadías. Advertimos, finalmente, que  las estadísticas de 1891 indican 12 abadías masculinas, con 573 monjes, de los cuales 134 eran de Zirc. Mehrerau acababa de formar su propia Congregación y Neukloster se había unido a Heiligenkreuz. La Congregación no  se desarrolló durante el siglo XIX, excepto Mehrerau y Zirc.

2) En Alemania

La recuperación en 1888 por parte de Mehrerau de un segundo monasterio alemán, Mariensttat, permite pensar en la erección canónica de la Congregación germano-suiza, dicha de Mehrerau, con 77 monjes, 124 años más tarde, que se integró en el capítulo de 1891.

C) Una Congregación en la Bélgica

En la Bélgica que consiguió la independencia, revivieron dos antiguas abadías de las 18 suprimidas: Lieu-saint-Bernard, instalada en Bornem en 1836, con una decena de jóvenes formados en Santa Croce de Jerusalén en Roma, y Val-Dieu en 1844, rescatada en 1840 por el último monje sobreviviente de la comunidad suprimida. Estas dos abadías regentan algunas parroquias y fueron reconocidas como vicariato o congregación en 1846. Las monjas de Colen, fundado en 1822, también se unieron.

 

D) El reconocimiento de una observancia: la Congregación cisterciense de la Inmaculada Concepción (1854-1892)

Presentación preparada por el P. Jean-Marie Gervais, Sénanque.

- De la ermita a la abadía

En 1854 el Papa Pío IX definía el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En la primavera de ese mismo año un grupo de ermitaños llegó a Sénanque, con el P. Marié.Bernard Barnouin a la cabeza.  Procedentes de un lugar llamado "La Cavalerie", al norte del departamento de Vaucluse (Francia), esta quincena de hermanos venían a   restaurar la antigua abadía de Nuestra Señora de Sénanque. Les atraía una vida de soledad y de oración. Su nuevo lugar de vida les daría la posibilidad de realizar ese deseo.

La abadía de Nuestra Señora de Sénanque había sido fundada en 1148 por los monjes de Mazan, en Vivarais. La abadía de Mazan se había afiliado a la Orden Cisterciense en 1121 como filiación de Bonneval, que era la séptima hija de Císter, y había sido fundada  en 1119 cerca de Viena, en el Delfinado. La fundación de Sénanque se efectuó por iniciativa del obispo de Cavaillon, Alfant, con la generosidad de los señores de Simiane, de la familia de Gordes.

- Sénanque  y la vida cisterciense

Sénanque era, pues, una abadía cisterciense. Para el Padre Barnouin este nuevo gesto de la providencia orientaba su pequeña comunidad hacia la Orden de Císter. Su familia monástica vivía ya bajo la Regla de san Benito: en adelante la Regla sería entendida y vivida en la tradición cisterciense. Llegarían a ser Cistercienses, o más exactamente Bernardinos, según el nombre que se daba en Francia a los Cistercienses antes de la Revolución. Y como estaban en la Cavalerie bajo la protección de la Inmaculada Concepción, se les llamaría. Bernardinos de la Inmaculada Concepción.

- Dom Barnouin, el  fundador

Los nuevos habitantes de Sénanque tenían que aprender todo de la vida monástica cisterciense, comenzando por el mismo superior. El Padre Barnouin era original de Isle-sur-Sorgues, ciudad provincial de la diócesis de Avignon, donde nació el 18 de octubre de 1815 y donde había pasado su juventud. Atraído desde su adolescencia hacia la vida religiosa, tuvo que renunciar a ella. Ingresó en el seminario y fue ordenado sacerdote en 1834. Nombrado vicario de Lapalud, el joven sacerdote no se sentía hecho para la vida de sacerdote secular. Su deseo persistente hacia una vida religiosa y su atractivo hacia una vida de contemplación le atraían sin cesar; además su estado de salud y las dificultades de la parroquia le cuestionaban profundamente.

En ese clima de incertidumbre oyó hablar de la ermita de Nuestra Señora de la Cavalerie. Situada no lejos de Manosque, esa ermita tomó su nombre de los caballeros del Templo que tenían allí un comando cuya capilla todavía subsistía. En este paraje, muy querido del escritor Giono, el P. Barnouin comienza una vida religiosa con algunos compañeros que poco a poco se hacen más numerosos: él maduró sus intuiciones espirituales y descubrió la Regla de san Benito. En esa época, y de manera significativa, toma el nombre de P. María Benito, que cambiará, de manera no menos significativa, por el de P. María Bernardo al llegar a Sénanque. Al no poder adquirir de los propietarios el dominio de la Cavalerie, el P. Barnouin descubrió de manera providencial el pequeño valle de  Sénancole.

- Una nueva observancia cisterciense

La restauración de la vida cisterciense en Sénanque fue exigente. La pobreza material se hacía sentir en toda su crudeza, había que restaurar el monasterio, y sobre todo, los miembros de la comunidad debían formarse en la vida cisterciense. El fundador quiso unirse a la Orden Cisterciense. La nueva familia se afilió en 1858 a la Congregación de San Bernardo de Italia, y por ella a la Orden. El Abad presidente de esta Congregación era también Abad general de Císter.

Sin embargo el superior de Sénanque quiso conservar lo que era una de sus principales intuiciones:

"Establecer un género de vida que no asuste a los débiles ni atraiga a los relajados. No se hallan en estas Constituciones ninguna de esas austeridades que aterroricen a la naturaleza: ni ayunos, ni vigilias, ni abstinencia perpetua, ni instrumentos de penitencia. Tampoco se halla nada que halague a esa misma naturaleza: ni relajamiento, ni delicadeza, ni placer sensual...Si yo hubiera establecido las austeridades y la penitencia de nuestra santa Regla, nuestra vida hubiera sido la de la Trapa, y no tendría nada particular nuestra Institución. Si yo hubiera establecido una regla cómoda y relajada, sin penitencia alguna, nuestra vida no sería una vida religiosa, ni conforme a los consejos evangélicos" (Prólogo al  texto de las Constituciones, presentado a la Sagrada Congregación de obispos y regulares en 1857 y 1861)

El P. Barnouin desea seguir "la Regla del glorioso padre Benito, el libro de Usos de Císter, la Carta de Caridad de san Esteban, en una palabra todo cuanto se practica en la Orden". Y añade: "Pretendemos permanecer fieles al espíritu esencial de Císter y practicar a su ejemplo las grandes virtudes religiosas, como el silencio, la obediencia, la pobreza, la separación del mundo, el espíritu de mortificación y de oración".

En otro documento sobre la Observancia de Sénanque declara el fundador: "Como los monjes de la Congregación deben entregarse al trabajo, a los estudios, al coro y a otros ejercicios sagrados, guardarán una verdadera soledad. No podrán asumir ni el trabajo parroquial, ni el oficio de la predicación, ni dirección de monjas o hermanas, inclusode su propio instituto. Se entregarán regularmente por la mañana a los estudios sagrados, y por la tarde al trabajo manual" (Carta del Prior de Fontfroide al secretario de la Sagrada Congregación, del 7 de Enero de 1873.

El 24 de agosto de 1867 la familia de Sénanque, que contaba entonces con varias casas, fue erigida en Congregación.

El 27 de octubre de 1869, para alegría de todos, la antigua abadía de Lerins recuperaba la vida monástica; tres años después el P. Barnouin transfería la sede de la Congregación a la isla de los santos.

Sénanque tuvo un desarrollo rápido con la llegada de numerosas vocaciones, lo cual permitió pensar en nuevas fundaciones. Así tuvo lugar en 1858 la recuperación de la abadía de Fontfroide, en la diócesis de Carcasona. Después la de Hautecombe en 1864. En 1864 se abrió Ségries, cerca de Riez en la Alta Provenza. En 1863 el P. Barnouin envió monjes a repoblar el monasterio de la Garde-Dieu, en la diócesis de Montaubna, pero fueron expulsados en enero de 1865.

Sin embargo, subsistieron diferencias importantes entre la nueva fundación y la Congregación de san Bernardo de Italia. Una carta del prior de Fontfroide, el P. Juan, lo atestigua: "Somos una observancia a parte, y de hecho, distinta de la de Italia. Nuestra súplica no intenta sustraernos de esa dependencia sino salvar la Observancia". La intención del fundador era "revivir la observancia mitigada de los antiguos cistercienses franceses de antes de la Revolución, compatible con la salud de la mayoría, sin las austeridades de la reforma de Rancé, aumentadas todavía más en tiempos de la Revolución por el abad de Lestrange". La apoyaron y animaron en sus comienzos el arzobispo de Avignon, Mons. Debelay, y por Orsise, después Dom Buenaventura, abad de Aiguebelle.

Dom Barnouin murió el de junio de 1888. Había dado y puesto en marcha las líneas principales de la vida monástica tal como él las había presentido: la oracion, la soledad y el trabajo. La orientación contemplativa era , sin duda, primaria y exclusiva.. La Eucaristía y la oración por las almas del Purgatorio tenían un lugar preponderante en la vida de la Congregación.

El 12 de marzo de 1892 un decreto del papa León XIII acordó a la Congregación de Sénanque la aprobación definitiva de sus Constituciones.

E) Restauración de la Orden cisterciense

La autoridad suprema de la Orden, hasta la Revolución francesa , residía en el capítulo general, que tenía lugar en Císter bajo la presidencia del abad de esta abadía, madre de la Orden. A la muerte de Dom Francisco Trouvé, que vivía con su sobrino, en 1797, no le sucedió nadie, y por ese motivo la comunidad dejó de existir. Pero había delegado sus poderes en algunas regiones, aunque la Santa Sede, el 15 de septiembre de 1797, otorgó temporalmente sus facultades a los presidentes de las Congregaciones y a los vicarios de diversas provincias. Esas Congregaciones o provincias se hallaban como miembros dislocados de la antigua Orden, sin relaciones jurídicas entre ellas.

Pío VII, desde 1814, había decidido restaurar los lazos deshechos y concedió un presidente general a la Orden, que quería, por su parte, situarse  en Italia. Nombró para esta función al presidente de la Congregación italiana, el abad de Santa Croce de Roma, sin darle jurisdicción particular, sino sólo el derecho de confirmar las elecciones abaciales de la Orden. De hecho, cuando la Santa Sede sea llamada a decidir sobre la situación de los trapenses, tras su restauración en Francia, y a zanjar entre los seguidores de Lestrange y de Rancé, pedirá al Presidente general que estudie las demandas de don Agustín y que presente un informe. Su opinión se impondrá.

Recordemos que el abad de Císter, antes de la Revolución no gozaba de jurisdicción particular sobre los monasterios. Sólo poseía los poderes confiados por el capítulo general. Tampoco confirmaba las elecciones abaciales, cosa que pertenecía al Padre Inmediato. Sin embargo, desde 1433 podía hacer encuestas para darse cuenta, en nombre del capítulo, si el elegido respondía a los criterios recibidos.  El título de abad general que apareció a mediados del siglo XV, sólo era un título, que por otra parte eximía al monasterio de la encomienda, sin que el abad de Císter hubiera tenido jamás, al menos desde la muerte de san Esteban Harding, una verdadera autoridad general sobre la Orden. Dios sabe si los abades de las cuatro primeras abadías, y especialmente el de Claraval, se preocuparían de eso.  Sin embargo, en la medida en que los capítulos generales se espaciaban, - "sólo se cuentan seis desde 1562 a 1601, y cinco de 1699 a 1787"- el abad de Císter, ayudado por los primeros Padres y los Definidores de la Orden, asumió cierto papel de animación.

El presidente general instituido por Pío VII, sin jurisdicción particular, se inscribía en la tradición, salvo que no fuera el abad de Císter, casa madre de la Orden, sino un abad con mandato trienal, cuya jurisdicción sólo se extendía efectivamente, más allá de su monasterio, a su pequeña  Congregación.

Al surgir cuestiones concernientes a la liturgia cisterciense, convenía que todos los cistercienses respondieran a la Santa Sede en un sentido concordante, para apoyar su legitimidad. El presidente general en aquel momento, Dom Teobaldo Cesari, aprovechó la ocasión para proponer la reunión de un capítulo general extraordinario, que hubiera sido el primero de toda la Orden desde la desaparición de Císter en 1792. Interrogó en ese sentido a todos los superiores en 1863.. Sólo conocemos la respuesta de los trapenses, que fue negativa, porque, decían ellos, no se podía soñar en unir en una sola Orden congregaciones que no tenían las mismas concepciones de fondo, sobre la separación del mundo, el apostolado y la vida cenobítica, y que divergían tanto a nivel de observancias. Pero parece que los Austriacos no fueron más entusiastas que los trapenses.

Un primer capítulo inter-congregacional fue convocado por la Santa Sede en 1869. Los trapenses no fueron convocados a él, teniendo en cuenta, tal vez, sus reacciones de 1864, y también porque el programa se ceñía a las relaciones entre las congregaciones no trapenses, sobre las cuales el Presidente general había recibido jurisdicción de la Santa Sede en 1868. Sin embargo, en este capítulo fue donde se confirió el título de abad general al superior general, el cual podría en adelante ser elegido entre los profesos de cualquier congregación.  Pero esto encontrará su resistencia en Roma.

Las decisiones de este capítulo no fueron ratificadas por la Santa Sede, sin duda porque Dom Cesari no quería mantenerse en su cargo de por vida. La situación política en Italia se agravó con la toma de Roma en 1870 por los "Piemonteses" y las leyes de secularización de 1871. La Congregación italiana se hizo cada vez más precaria, perdió sus propiedades de Roma y no fue capaz de tener capítulos generales para elegir a su presidente. La Santa Sede prorrogó anualmente el cargo de presidente, pero en marzo de 1879 mantuvo a Dom Cesari en su cargo de superior general de la Orden, aunque nombrando a Dom Bartolini presidente de la Congregación italiana, tras una consulta a los religiosos italianos. Pero Dom Cesari murió unos días después y Dom Bartolini fue nombrado presidente general ad interim.

Un capítulo común, en 1880, tenía que regular la cuestión del abad general. )Dónde  tenerlo?  En principio, en Roma; pero los austriacos lograron que fuera en Viena. Los trapenses estaban excluidos. Sólo estaban sumisos a la autoridad del presidente general para la confirmación de las elecciones abaciales, y tenían sus propios procuradores y su propio cardenal protector.  Por otra parte, )no habían expresado el deseo en 1878 de tener su propio abad general? Los otros abades no eran muy partidarios de verles sentarse junto a ellos, porque al representar un 60% de casas y de abades hubieran dominado el capítulo. A decir verdad, la separación en dos órdenes estaba en la lógica de las cosas desde el siglo XVII. Todo contribuía a ello. Al felicitar al nuevo elegido, los capitulares de la congregación de la Trapa, reunidos en Aiguebelle en agosto de 1881, no manifestaron ninguna extrañeza ni protesta por no haber sido invitados a su elección: no era su asunto.

El Capítulo se reunió con muchas dificultades en dos sesiones, los días 29 y 30 de abril de 1880, solamente con 15 superiores presentes y el procurador general, Dom Smeulders.  Otros 12 enviaron un boletín de voto con sus excusas. Los boletines de los 5 superiores de la Congregación de Sénanque no fueron tomados en cuenta, porque no tenían más que votos simples y además la Congregación sólo estaba afiliada a la Orden Cisterciense. Dom Bartolini fue elegido, pero no confirmado, por seis años, que fueron prorrogados para otro período semejante por León XIII en 1886. Murió antes de acabar su segundo sexenio, el 26 de Julio de 1890.

La desaparición de Dom Bartolini provocó la convocación de un nuevo capítulo general en 1891. La Congregación italiana estaba muy reducida y en situación precaria, a consecuencia de las leyes civiles de secularización, para presentar la candidatura de su presidente. Fue elegido por seis años el vicario de la Congregación austro-húngara, Dom Leopoldo Wackarz, abad de Hohenfurt, hoy Vyssi Brod, de 81 años, el cual obtuvo la autorización de no residir en Roma. Su mandato se prolongó dos años más en el capítulo de 1897.

Texto:

Reglamento de los monjes de Wettingen tras su instalación en Mehrerau en 1854 (texto latino completo en Analecta cisterciensia 42 [1986] p. 175-178

1. Del Oficio divino

El pequeño número de religiosos que se abrazan a la vida monástica y las circunstancias particulares de nuestra familia  hacen imposible conservar los tiempos y maneras de celebrar el Oficio divino como en nuestra Casa madre de Maris Stella [Wettingen]; por eso hemos decidido las siguientes modificaciones:

Los días de feria, Maitines comienzan a las 3,45 de la mañana; los domingos y las fiestas  a las 3,30. A continuación las misas según el Ordo o la disposición del abad.

A las 6 meditación en el oratorio, hasta las 6,30: todos participan en ella, a menos de un impedimento legítimo.

A las 6,30 comienza Prima con Pretiosa y la antífona Sub tuum praesidium cantada, con la oración Pietate. Sigue la misa conventual. Después de la misa se dice Tercia y a la 1 Sexta y Nona.

Los domingos y fiestas, se canta Tercia a las 8,30, seguida de la Misa mayor o de la Misa solemne, a la cual siguen Sexta y Nona.

A las 3 de la tarde se dicen las Vísperas, y al final la oración Domine Jesu por la conservación del lugar.

A las 7 se da la señal para la colación a la que sigue inmediatamente Completas, y al final de ellas se canta la Salve Regina. Después hay un breve momento de examen de la tarde y la bendición

2. De la clausura y el silencio

Son de clausura las dos alas sur y este de la casa.  La parte oeste queda fuera de clausura. La entrada de extraños en clausura, sobre todo de seglares, no se hace sin necesidad ni permiso de los superiores. Está rigurosamente prohibido a las mujeres penetrar en la clausura o en la cocina. En clausura se observa silencio, pero si es necesario dirigir la palabra se hará en voz baja.

No se oiga nada de música entre Prima y Completas. Sin embargo está permitido pasear en el espacio de clausura durante las recreaciones y conversar allí honestamente sin vocear ni hacer demasiado ruido.

3. De la recreación

Las horas diarias de la recreación son desde la comida hasta las 13 y desde la cena hasta completas; los martes y jueves se puede prolongar hasta las 15. Si no hay huertas para tomar libremente el aire, se puede pasear durante la recreación en los campos del monasterio y junto al lago.  Se toman días extraordinarios de recreación antes de comenzar el adviento y la cuaresma, el día de la fiesta de los superiores, en la circuncisión del Señor, en la fiesta de san Benito. Esos días Completas con la Salve Regina se cantan después de Vísperas.

4. La mesa regular y la de los huéspedes

La comida se toma a las 11, la cena a las 17,30: a menos de una dispensa del superior, no faltará nunca la lectura; y se hace de este modo: en la comida, un capítulo de la santa Escritura, después la historia eclesiástica o civil que pueda instruir y edificar a los oyentes; se concluye siempre con una lectura espiritual y ascética. Por la tarde se lee en primer lugar el martirologio del día siguiente. Sobre la medida de beber y de comer pensamos que basta cada día servir a la comunidad, además del caldo, dos platos de alimentos con legumbres; por la tarde un único plato con legumbres; en cada comida se sirve un cuarto de jarra de vino. Es cosa de los superiores, en los días festivos, en las fiestas de los religiosos o en los días de recreación dar algo más de vino. Después de la misa o después  de la misa conventual quien lo desee puede tomar en el refectorio un desayuno, y teniendo en cuenta la fragilidad humana y la edad avanzada, se permite calentarse con vino o un poco de café; y también antes de vísperas.

La mesa del abad esté siempre con los huéspedes y hágase acompañar de un religioso según el rango o la afinidad. Los huéspedes sacerdotes, sobre todo los amigos, pueden compartir la mesa de la comunidad.

5. La caja o el peculio

Nuestras Constituciones estiman que tener caja personal no es muy conforme con el voto  de pobreza; y nosotros, hermanos, hemos convenido en la reunión de Wurmsbach, el 16 de mayo de 1854, abrazar la vida común según la santa Regla. Por eso los peculios personales serán suprimidos, y los religiosos o los conversos, sin distinción alguna, recibirán del abad o de sus delegados todo lo necesario para el alimento, vestidos, las artes ,los estudios, los viajes y cuando necesiten. Y en consecuencia dan al abad, para uso común, todo lo que tienen en dinero o en títulos, y harán la lista escrita de toda su fortuna.

Los hermanos que han quedado en Suiza hagan también la lista de sus activos y pasivos y de su fortuna antes del domingo de Ramos. De todo eso se hará una descripción o un inventario en las cuentas de nuestro ecónomo.

El Reverendísimo tomará sus pensiones, las administrará y dará anualmente cuentas a la comunidad.

Todo regalo recibido se pone en manos del Superior de la comunidad, quien podrá retenerlos o emplearlos para el uso común.

Los documentos (pecuniarios) los firmará el superior y  se les presentarán cuantos lleguen.

6. De los conversos

Según la convención de Wurmsbach, se recibe en el noviciado principalmente a religiosos monjes. Los conversos son admitidos solamente si conocen algún oficio útil para el monasterio; son recibidos bajo forma de oblatos con votos simples y para un número determinado de años, al término de los cuales renuevan la profesión por otro número determinado de años o para toda la vida. Por profesión se entregan al trabajo manual, al servicio de los monjes, al cuidado de los enfermos, y realizan otros servicios domésticos que les asignan los superiores. Además dan testimonio de obediencia a su maestro y de respeto a los religiosos. Participan diariamente en la meditación y en la misa, así como en la Salve después de Completas. Los días de fiesta van a Tercia y a Vísperas. Tienen una instrución o una lección de su maestro a una hora determinada.

 

Preguntas para la reflexión:

1. En la primera parte de este dossier parece que surge la división por problemas de observancias, que el papel de la penitencia es importante, que los monasterios tienen que demostrar en cierto modo su utilidad bajo el punto de vista social (escuelas, roturación y saneamiento de terrenos, etc). ¿Cómo nos hallamos nosotros respecto a esas realidades? ¿Cuáles son los límites y riquezas de cada uno de esos aspectos?

2. Frente al itinerario de Dom Barnouin, podemos preguntarnos ¿qué hacemos para estimular en cada miembro de nuestra comunidad la llamada a buscar a Dios, que le ha puesto en el camino cisterciense?

3. Dom Barnouin quería una vida cisterciense accesible a los de salud menos robusta. ¿Qué problemas surgen hoy en ese dominio? ¿Cómo responder a ello con fidelidad y realismo?

4. Las fundaciones de Dom Barnouin han hecho posible restaurar la vida monástica en lugares prestigiosos. ¿Cuál es la herencia espiritual del lugar en que vivimos? ¿Cómo le hacemos fructificar?