LA GRACIA CISTERCIENSE HOY:


CONFORMACIÓN CON CRISTO

 

Paul Takahashi Shigeyuki

 

 

 

Prefacio

 

           Se ha establecido en varios documentos oficiales que el objetivo principal de la vida consagrada es, para nosotros hoy, ser “conformados con Cristo”. El actual Pontífice en su Vita consecrata n.16 nos dice que “en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón..., sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión ‘conformadora’ con Cristo de toda la existencia, en una tensión global... según los diversos carismas”. En el n.18 del mismo documento leemos que “los consejos evangélicos... exigen y manifiestan, en quien los acepta, el deseo explícito de una total conformación con Él (Cristo)”(énfasis del Papa).

 

            En el presente documento de trabajo quisiera comenzar, en la primera parte, por estudiar lo que nos enseña la Palabra de Dios acerca de la “conformación con Cristo”. En la segunda parte, consideraremos como básico para la comprensión de nuestra conformación con Cristo que, antes que nada, ha de manifestarse  un movimiento de amor por parte de Dios. Es decir, el mismo Hijo de Dios asumió nuestra forma humana. En la tercera parte trataremos de ver cómo, al ser  miembros  de la Orden cisterciense,  debemos vivir esta gracia en el nuevo milenio.

 

Primera parte: Nuestra conformación con Cristo

 

            I-1. En la primera página de la Palabra de Dios, o sea en el capítulo primero del Génesis, se proclama que los hombres y las mujeres han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Dios nos creó “a su propia imagen“ (LXX kat’eikona) y “a su propia semejanza“ (kath’homoiÇsin, Gén 1,26). La conocida enseñanza de los Padres sobre la imagen de Dios (Imago Dei) y la semejanza de Dios (similitudo Dei) está sacada de este pasaje. Sin embargo, la semejanza ha sido perdida por el pecado. La Sagrada Escritura dice que las primeras palabras del hombre cuando se encontró con Dios fueron: “Tenía miedo... y me he ocultado“ (Gén 3,10). Palabras llenas de amargura.

 

            I-2. En la Carta a los Romanos nuestro proceso desde la condición de esclavitud del pecado (Rom 7,14) a la conformación con Jesús, Hijo de Dios, está detalladamente ilustrada. El Padre envió a su Hijo, la “Imagen de Dios” (eikÇn 2 Cor 4,4; Col 1,15) “semejante a la carne pecadora (en hÇ homoiÇmati), y en esa carne pecadora Dios condenó el pecado” (Rom 8,3-4). Ahora el hombre carnal, que sigue y vive según el Espíritu de quien resucitó a Jesús, no ha recibido “el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis  el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: Abba, Padre“ (Rom 8,15). Nuestra condición como hijos e hijas de Dios (la redención de nuestros cuerpos) nos será finalmente revelada cuando llegue el estado de gloria (cf. Rom 8,23)

 


            Filii in Filio: Llegar a ser hijos en el Hijo. Aquí está el plan de salvación (oikonomia) del Padre para nosotros. “En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó. Y a los que justificó, también los glorificó” (Rom 8,29-30). Este plan de  Dios será categóricamente realizado. Es decir, nada puede interponerse entre nosotros y el amor de Dios que se manifiesta en Jesúcristo (Rom 8,31-39). Además “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26-27).


 

            La labor del Espíritu Santo en nuestra conformación con Cristo se menciona también en 2 Cor 3,18: “Todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos, como en un espejo, la cara del Señor, y nos transformamos a su propia imagen  (ten auten eikona metamorphoumetha) con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu”. En la mencionada Exhortación Apostólica, Vita Consecrata, el n.35 nos invita “a una existencia transfigurada”.

 

            Flp 3,21 habla de la transformación de nuestros cuerpos a la misma forma que tiene el cuerpo glorioso del Señor. “El Señor Jesucristo... transfigurará (metasch‘matisei) nuestro pobre cuerpo mortal conforme (symmorphon) a su cuerpo glorioso“ (cf.Vita Consecrata, n.6 y el final del n.27).

 

            I-3. En los pasajes escriturísticos que acabamos a citar, se usan diversos términos para expresar nuestra conformación con Cristo. Vamos ahora a escoger y examinar algunos de los mismos.

 

            a. En los textos citados de Rom 8,29 y de 2 Cor 3,18 se usa la palabra “eikÇn“. Se trata de una forma, imagen o modelo que tiene el significado de semejanza, de algo parecido a otra realidad existente, es decir, una similitud. Se refiere siempre a un modelo o prototipo. Además de la palabra eikÇn, se usa 13 veces la palabra morph‘.

 

            b. morph‘

 

            b-1. Esta palabra no se refiere a la forma como apariencia externa. Revela más bien su contenido o substancia. Si usamos palabras corrientes: la “identidad” podría ser lo que se acercase más al significado de este término. Lo vemos en Flp 2,6-7, en el famoso “Himno a Cristo”. Jesucristo, “que era de forma (morph‘) divina... se anonadó a sí mismo, tomando la forma (morph‘) de servidor y haciéndose semejante a los hombres (en homoiÇmati). Y presentándose con aspecto (sch‘ma) humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte”.

 

            b-2. MetamorphÇ (“transfigurar”, literalmente: “transformar”) se usa no sólo en 2 Cor 3,18  sino también en el relato de la Transfiguración del Señor (Mat 17,2 y Mar 9,2), así como en Rom 12,2: “transformaros por la renovación de vuestra mentalidad”. Tal como se explica en la primera parte de Vita Consecrata (nn.14-40), la vida consagrada ha de entenderse a la luz de la Transfiguración del Señor: “Una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los llamados a la vida consagrada.... En efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido por su fulgor” (n.15, énfasis del Papa).

                  b-3. La palabra morphÇ (“formar”) la usa Pablo en Gálatas 4,19 cuando dice: “Estoy sufriendo nuevamente dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros“.

 

                  b-4. SymorphyzÇ (“tomar la misma forma”). En Flp 3,10 se usa esta palabra en forma pasiva. Es aquí donde Pablo expresa sus verdaderos sentimientos: “Podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, configurándome a su muerte (“tomando la misma forma de su muerte”).

 

            c. Pasajes donde hemos de imitar el “ejemplo” de Cristo:

 

                  c-1. Después de haber lavado los pies, Cristo como señor y Maestro dice: “Ejemplo os he dado, para que hagáis vosotros como yo hice... Seréis felices si, sabiendo estas cosas, las practicáis” (Juan 13,15-17). Hypodeigma, “ejemplo”, en el texto original, como aquí, encabeza la frase para darle énfasis. Su raíz es deikumi, que significa “indicar” o “mostrar”. Además, la palabra kathos (“como”, o: “del mismo modo que”) no hace referencia a meras imitaciones, sino que tiene el significado más dinámico de: “aquí está lo fundamental” o: “esto es vital”. 

 

                  c-2.  Cristo padeció por vosotros, y os dejó un ejemplo (hypogrammon) para que sigáis sus pasos” (1Ped 2,21). Hypogrammos es una copia o un boceto. Su significado nos hace pensar en una escena de los tiempos de Roma, cuando el profesor escribía una carta en una tablilla de cera para que el alumno la copiara. A veces el profesor ponía directamente la mano sobre la del alumno y juntas escribían la carta. Esta palabra aparece solamente una vez en el Nuevo Testamento.

 

            d. HomoiÇma (“semejanza”) aparece en Flp 2,7 y Rom 8,3, como también en Rom 6,5. Los cristianos, por el bautismo, han sido unidos (sumphytoi, crecido juntos, o unidos) a Cristo en la semejanza de su resurrección. En otras palabras, por el bautismo, al compartir la semejanza de la muerte de Jesús, nos unimos a Él con una nueva vida.

 

            e. Cuando consideramos la frase “conformación con Cristo”, no debemos pasar por alto las preposiciones (ni los prefijos de verbos) que expresan un significado dinámico. Por ejemplo, los siguientes: “en Cristo” (en ChristÇ), “a Cristo” (eis Christon) y “con Cristo” (syn ChristÇ). Hemos de prestar atención a estas palabras (Rom 6, Juan 6, etc.) cuando se usan en los sacramentos o en la eclesiología, para indicar el misterio de nuestra unión con Cristo. Por ejemplo, “en Cristo” (traducido al japonés como “unido a Cristo”) aparece en Romanos y en Primera a los Corintios veinte veces en cada una de ellas. La amplitud limitada del presente documento no permite examinar detalladamente el uso de cada preposición. Sin embargo, sugiero, para el estudio personal, el uso del “syn“ cuando se añade a los siguientes verbos en las cartas de San Pablo: “morir con Cristo” (2 Tim 2,11), “sufrir con Él” (Rom 8,17), “crucificados con Él” (Rom6,6; Col 2,12), “resucitados con El” (Ef 2,6), “vivificados con Cristo” (Ef 2,5; Col 2,13), “vivir con Cristo” (Rom 6,8;  2 Tim 2,11).

 

 

 

 

Conclusión de la Primera Parte

 

            I-4. Por lo que hemos visto, el Nuevo Testamento proclama firmemente que nuestra “conformación a Cristo” es el propósito fundamental del plan de Dios para nuestra salvación. Esta conformación  se realiza y profundiza por el bautismo, la Eucaristía y los demás sacramentos, así como por una profunda vida espiritual. El cristiano participa en la condición de Jesucristo, como “Hijo de Dios” y está unido a la vida de Cristo. “Aprende” a pensar, actuar y amar como Cristo. ManthanÇ, “aprender”, aparece 6 veces en el Nuevo Testamento, entre las que se destaca Mat 11,29: “Aprended de mí, que soy paciente y humilde de corazón”. El cristiano es discípulo de Cristo. Math‘tes, “discípulo”, se ecuentra sólo en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles: 268 veces. El discípulo se convierte en un “imitador” del Señor (1 Tes 1,6; 1 Cor 11,1) y en un “seguidor” de Cristo (akoloutheÇ, usada 90 veces a lo largo del Nuevo Testamento, 79 veces en los Evangelios).

 

Segunda parte: El Hijo de Dios en nuestra semejanza humana

 

            II-1. Como dice el apóstol Pablo, el Padre “envió a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado” (Rom 8,3). Para que podamos alcanzar el plan salvífico de estar unidos o configurados a Cristo, es necesario, ante todo, que el Hijo esté unido a nosotros,  siendo semejante a nosotros, puesto que fue enviado por el amor. Entonces Cristo se convierte en “el camino” (Juan 14,6) hacia el Padre, “levantado en alto” sobre la Cruz, atraerá “a todos hacia” Él (Juan 12,32). Para que Jesucristo santificara a todos los pueblos, “descendió a las regiones inferiores de la tierra” (Ef 4,9), hasta el punto más bajo del mundo, por donde fluye el río Jordán: el Mar Muerto está a 397 metros más bajo que el nivel del mar. Allí se mezcló con los pecadores y recibió el bautismo. En esta segunda parte, estudiaremos estos hechos con más detalle.

 

            II-2. Nuestros Padres Cistercienses enfatizaron este aspecto de la conformación de Cristo con nosotros. San Bernardo llama a Cristo: “Palabra abreviada” (Verbum abbreviatum). Afirma que “en Cristo Dios se ha hecho de fácil acceso, alguien a quien se puede conocer e imitar, a quien podemos amar” [1]   (d) XXIII (1961), “Le Christ, Dieu devenu aimable d’après St. Bernard”, pp.42-57.. En los sermones de San Bernardo sobre el Cantar de los Cantares, es la “tez morena” (SC 25,8-9; 28,2 y 10) de Cristo, el Amado, la que hace a la amada más hermosa. Además, se refiere a los sufrimientos de Cristo como una “bolsita de mirra que descansa entre los pechos de la amada” (SC 43,3-5). “Por tanto, es hermoso en sí y negro por ti (Ergo formosus in se, niger propter te)” (SC 25,9).

 

            II-3. La Carta a los Hebreos es el lugar de las Escrituras donde el misterio de la solidaridad de Cristo con nosotros está tratado de una forma muy bella. El enfoque es  el punto

 

 

 

de vista de su sacerdocio. Cristo, por haberse hecho hermano nuestro, es semejante a nosotros en todo. En la lista de las siete preguntas redactadas por la última reunión de las Comisiones Centrales, como guía de reflexión para la redacción de los Informes de las Casas, dos de ellas contienen citas de dicha Carta (nn.2 y 3). Hagamos pues una breve consideración sobre las mismas.

 

            II-4. La primera vez que aparece la expresión “Sumo Sacerdote”, como tema central de la Carta a los Hebreos es en el capítulo 2, vv.17 y 18: “En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos (kata panta... homÇioth‘nai), para que fuera un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Pues por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba”.

 

            a.En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos”

 

            Consideremos, por ejemplo, en el Antiguo Testamento, al sumo sacerdote Aarón. Después de una ceremonia solemne de “ordenación” que dura siete días, se convierte en supremo sacerdote separado del pueblo (Ex 29). En tiempos de Jesús, Ananías y Caifás sobornan a los romanos y se convierten por medios meramente políticos en sumos sacerdotes. Jesús, por el contrario, tomó el camino descendente, al hacerse como sus hermanos en todo, y así se convirtió en Sumo Sacerdote.

 

            b. “Sumo Sacerdote misericordioso y fiel”

 

            Ser misericordioso es tener el corazón dispuesto para ayudar a otra persona en sus sufrimientos (Mat 5,7). Los Levitas estaban llamados al sacerdocio, pero fue como una recompensa por haber matado a sus “hermanos, amigos y vecinos”. Moisés les dijo: “Hoy os habéis consagrado a Yavé, haciéndole oblación del hijo y del hermano; por ello os da hoy su bendición” (Ex 32,25-29 y Deut 33,8-11). De un modo semejante, la casa de  Fineés fue elegida para recibir “el eterno y sumo sacerdocio”, por haber actuado como instrumento de la ira de Dios contra sus propios hermanos. El Señor dijo a Finés, que había atravesado con una lanza el israelita y la mujer madianita que alababan a Baal  Fagor, “Hazle, pues, saber que le otorgo mi alianza de paz. Para él y para su descendencia después de él, habrá una alianza que le asegurará el sacerdocio eterno. Por haber sido lleno de celo por su Dios, podrá hacer el rito de expiación por los hijos de Israel” (Num 25,1-13). Sin embargo, en el caso de Jesús la situación es diferente. Ser “fiel en el servicio de Dios” y también “misericordioso” con  el prójimo son dos cosas compatibles, incluso forman un conjunto unificado. Jesús, que ama al Padre y obra “como él me ha ordenado” sufre su pasión y la muerte (Juan 14,31), demostrando así que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15,13).

 

            c. “Por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento”

 

            “Por haber sufrido” está en el tiempo pasado perfecto (perfectum). El matiz contenido en toda la frase implica que sufrió, pero que superó la prueba. Gracias a esta victoria, Jesús “puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba”. “Ayudar (bo‘theÇ)” significa

 

literalmente: “correr hacia (theÇ)” “un fuerte grito (bo‘)”. Jesús nunca nos abandonará cuando le pidamos ayuda en tiempos de tribulación.

 

            Vemos con esta frase que Jesús, al “hacerse semejante en todo a sus hermanos,” no sólo se parece a sus hermanos, sino que comparte con ellos “una misma carne y una misma sangre” (Heb 2,14) y ha tomado sobre sí, como hombre, toda clase de sufrimiento. En el caso de hermanos y  hermanas humanos existe una semejanza natural, pero en el caso de Jesús, dicha semejanza se debe a la mediación de un amor muy grande, “porque el que santifica y los que son santificados, tienen todos un mismo origen. Por eso, él no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Heb 2,11).

 

            Jesús se convirtió en sumo sacerdote “a fin de expiar los pecados del pueblo”. La palabra “pueblo” (laos) se usa 13 veces en la Carta a los Hebreos (Heb 2,17; 4,9:“pueblo de Dios”; 5,3; 7,5.11 y 27; 8,10; 9,7 y 19: dos veces; 10,30; 11,25:“pueblo de Dios”; 13,12 -- ¡mucho antes que el Vaticano II!). Jesús, “por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios” (Heb 9,14), pero el autor de la Carta a los Hebreos da una explicación más detallada de la cualidad característica de su expiación. En Heb 2,17 la palabra “expiar” se usa en tiempo presente así se muestra que este acto de expiación se ofrece en el cielo aún ahora (ver Heb 7,24-25; 9,24). Se dan más explicaciones sobre la relación entre el sacrificio de Jesús y el Espíritu Santo, en la carta encíclica del Papa sobre el Espíritu Santo: Dominum et vivificantem, nn.40-41.

 

            II-5. Hebreos 4,15-16:

 

            “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno”.

 

                  a. “Capaz de compadecerse de nuestras debilidades”

 

!      “Compadecer” o “sentir con” traduce la palabra griega sympatheÇ, que aparece en el Nuevo Testamento sólo en este lugar. Como substantivo aparece sólo en Ped 3,8. (syn “con”+pathos “afecto, ímpetu apasionado”). Se refiere a ese sentimiento de ternura y simpatía que va de la madre al niño o de un médico hacia su paciente. Es un sentimiento en el que se comparten la naturaleza y la experiencia. Dicha palabra es también la base de la palabra “shimpa”, que se emplea corrientemente en el lenguaje japonés.

 

!      “No... incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”. El texto griego contiene esta doble negación, que implica una afirmación fuerte.

 

!      “Debilidades” es literalmente astheneia, “falta de fuerza”, o sea la debilidad del cuerpo y del espíritu propias del hombre: “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Marcos 14,38); Cristo “fue crucificado en su debilidad” (2 Cor 13,4) . Según lo que Eusebio nos dice de Jesús, al comentar Mat 13,2: “Yo (Jesús) me hice débil por los débiles, hambriento

 

por los que pasan hambre, sediento por los que tienen sed”. La compasión (simpatía) de Jesús proviene de su experiencia de la debilidad.

 

            b. (Este Sumo Sacerdote) “fue sometido a las mismas pruebas que nosotros a excepción del pecado” (Heb 4,15; literalmente: “ha sido tentado en todo según nuestra semejanza fuera del pecado”).

 

!      “En todo según nuestra semejanza” (kata panta kath’homoiÇt‘ta). El Gén 1,26 nos dice que Dios “hizo al hombre según su semejanza”(kath’homoiÇsin), pero ahora el Hijo de Dios se ha hecho “en todo según nuestra semejanza”. La frase “a excepción del pecado”, es para demostrarnos hasta qué punto se hizo semejante a nosotros. El estar “fuera del pecado” no debilita ni destruye la solidaridad con nosotros, porque el “pecado” es fundamentalmente “amor a sí mismo, o egoísmo” y es este egoísmo lo que nos separa de los demás. (Para la ausencia de pecado en Cristo, consultar Heb 7,27 y 9,14).

 

!      “ha sido tentado”. Respecto a la tentación o prueba de Jesús, ver el pasaje paralelo en Mat 4,1 (“para ser tentado por el demonio”). También en Luc 22,28: “vosotros habéis permanecido conmigo en mis tentaciones”.

 

            c. “misericordia...ayuda...confianza para acercarnos al trono de la gracia”

 

            Se menciona aquí todo lo necesario para que nos acerquemos a Dios. En la Antigua Alianza, solamente el sumo sacerdote, con miedo y temblor y una vez al año, podía acercarse al Santuario (Lv 16). Pero en la Nueva Alianza todo esto cambia completamente. El cristiano puede acercarse al trono de la gracia “con confianza”. La “confianza” o la “osadía” (parr‘sia) se menciona en esta misma Carta en 3,6; 10,19 y 35. La palabra es una compuesta de “pan” (todo) y “r‘ma” (palabra). En la sociedad democrática de Atenas, solamente las personas libres tenían derecho a hablar en público. Según la versión griega de los setenta, es precisamente esta libertad lo que se señala como rasgo de nuestra relación con Dios. “Soy Yo, el Señor tu Dios que te ha sacado de la tierra de Egipto, para que no seas más un esclavo: el que rompió los lazos de tu yugo e hizo que caminaras con la cabeza alta” (literalmente, con parr‘sia). Los Hechos de los Apóstoles ilustran este privilegio de la enérgica predicación de los apóstoles. El libro utiliza la palabra, como substantivo o como verbo, un total de 12 veces (p.ej., Hechos 2,29; 4,13.29.31; 9,27; 28,31 etc. También en Efes 6,19-20). Al poner el cristiano su confianza en Jesús, posee el priviliegio de acercarse a Dios Padre con total libertad (Efes 3,12; I Jn 2,28; 3,21; 4,17; 5,14).

 

            II-5. Hebreos 5,7-10 (No doy aquí la cita debido a su longitud.)

 

            El autor de la Carta a los Hebreos describe la pasión de Jesús desde la única perspectiva de su “ofrenda de súplicas y plegarias”. Jesús ofreció su sacrificio “con fuertes gritos y lágrimas”. Estos “fuertes gritos” son los mismos que llegan a Dios de los israelitas cuando fueron maltratados por el Faraón (Ex 3,79). Las “lágrimas” son prueba de un sufrimiento existencial. Jesús, al ofrecer este sacrificio, “fue escuchado por su humilde sumisión”. Esta actitud de reverencia lleva consigo un completo abandono a la voluntad del Padre. Al aceptar en la oración la voluntad del Padre, los sufrimientos de Jesús se transforman y él alcanza “la perfección” (teleiÇ). Esta última palabra no significa  simplemente hacerse santo, sino que la persona carnal es completamente transformada espiritualmente, como se explica en Heb 10,10 y 14). “De este modo [Jesús] alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, porque Dios lo proclamó Sumo Sacerdote” (Heb 5,9-10). “Convenía, en efecto, que [Dios], a fin de llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionara, por medio del sufrimiento, al jefe que los conduciría a la salvación” (Heb.2.10).

 

Tercera parte

 

            III-1. En las consideraciones anteriores de nuestra “conformación con Cristo” hemos tomado como punto de partida que Cristo se había “vaciado” (kenos), tomando nuestra naturaleza, y a través de muchos sufrimientos en dicha naturaleza, se convirtió en el “camino” que nos conduce al Padre. Esta es la enseñanza proclamada por las Sagradas Escrituras pero, al aproximarnos al nuevo milenio, como miembros de la Orden cisterciense ¿no debemos responder individual y comunitariamente a esta invitación que nos hace Dios? Antes de nada, puede ser bueno a nivel individual reflexionar serenamente en la imagen que cada uno tenemos de Jesús. Y ¿qué aspecto de Jesús es el que considero como ideal en mi vida cotidiana?  San Benito, en sus consejos a los abades que tienen a su cargo hermanos delincuentes, les sugiere que imiten a Cristo, “el Buen Pastor” (RB 27,8-9). En el 4º grado de humildad y en los grados siguientes, que se alcanzan al vaciarse la persona de sí y al soportar toda clase de sufrimientos, se nos sugiere asemejarnos a Cristo, “el Siervo Sufriente”. El monje es conducido así a la cima del amor. Dom Vital Lehodey enseñaba el camino del santo abandono a través de Jesús Niño. De todas estas maneras, el monje y la monja buscan seguir a Jesús según su propio carisma y vocación.

 

            Sin embargo, en este documento de trabajo me gustaría señalar el camino de una participación más íntima en el sacerdocio de Cristo, que llegó a la perfección por medio del sufrimiento. Podemos resumir este camino así: A) Ser capaz, a través de la experiencia de los propios sufrimientos, de mostrar compasión hacia los demás, es decir, fomentar un corazón compasivo. B) Mostrar al mundo la figura del Cristo orante. C) Ofrecer súplicas de intercesión por los demás. D) Finalmente, mostrar la perfección del amor y del gozo de la comunidad eclesial mediante la celebración de la Eucaristía.

 

            III-2. Para San Bernardo, los monjes cistercienses han de imbuirse del “espíritu de amabilidad (spiritus lenitatis)” (ver Gal 6,1). A través del mismo, pueden llegar a la contemplación del Dios de la verdad. El santo cita exactamente los mismos pasajes de los capítulos 2 y 4 de la Carta a los Hebreos que ya hemos estudiado y demuestra que el monje debe aprender de la experiencia de su propia debilidad cómo simpatizar con las debilidades de otros y cómo mostrarles una misericordia llena de ternura.

 

      El “espíritu de amabilidad” es esa ternura que nace de la experiencia del sufrimiento. Se extiende en todas direcciones a nuestro alrededor, abrazando a todos, y llena los corazones de esta tierna amabilidad cristiana frente al sufrimiento. Es posible, para el que visite un monasterio trapense aunque sea por primera vez, hacerse una idea de lo que dice San

 

 

Bernardo, al contemplar sencillamente a uno de los monjes ancianos. (Ver Van Straelen,

S.V.D., Garden of Silence: the Trappist Spirit -1955, solamente en edición japonesa- , pp.26-27). El conocido escritor católico japonés, Shusaku Endo en muchas de sus obras describe a  Jesús como el acompañante de la gente débil, derramando sobre ellos su ilimitada misericordia. Este tema ha conmovido profundamente los corazones de muchos japoneses.

 

            III-3. Al imitar a Cristo, Sumo Sacerdote, manifestamos ante el Padre y ante el mundo una actitud de oración.

 


a.   En la Instrucción General de la Liturgia de las Horas, n.7, leemos: “Una especial y estrechísima unión se da entre Cristo y aquellas personas a las que él ha hecho miembros de su cuerpo, la Iglesia, mediante el sacramento de renacimiento. Todas las riquezas del Hijo se difunden así de la cabeza a todo el cuerpo: la comunión del Espíritu, de la verdad, de la vida y la participación de su filiación divina, que se hacía patente en su oración mientras habitó entre nosotros”. Adoptando  el corazón y los labios de Cristo, unidos a toda la creación, alabamos a través de Cristo al Padre (Heb 13,15). En los Hechos de los Apóstoles, el primer retrato que encontramos de la comunidad eclesial es la imagen de la Iglesia reunida en oración con María en el centro. (Ver Hech 1,14 e “Instrucción General de la Liturgia de las Horas” n. 9. Ver también la carta del Papa Juan Pablo II, Sanctorum altrix, con motivo de la celebración del 1500º aniversario del nacimiento de San Benito, sección IV, sobre la oración).

 

b.   En la Biblia se concede mucha importancia a la necesidad de la oración por el pueblo, que es la oración de intercesión. Por ejemplo, Abraham (Gén 18,22-23: intercesión por los pueblos de Sodoma y Gomorra), Moisés (Ex 17,8-15: durante la batalla contra Amalek; Núm 12,2-15; 14,11-20), Jeremías (Jer 15,11 y especialmente 2 Mac 15,14,22-32: “Este es un hombre que ama a sus hermanos (Hic est fratrum amator et populi Israel) y reza mucho por el pueblo y por la ciudad santa – Jeremías el profeta de Dios”), el Apóstol Pablo en las primeras frases de sus Cartas, Juan en el libro del Apocalipsis 5,8-10, especialmente la plegaria de intercesión de Cristo, Sumo Sacerdote, en Juan 17; Heb 7,24-25 y 9,24). “La comunidad eclesial ejercita así una verdadera función maternal, al llevar las almas a Cristo” (Instrucción General de la Liturgia de las Horas, n.17). Tal vez esta participación en el sacerdocio y en la misión profética de Cristo pueden aplicarse especialmente a los miembros de los “Institutos que se dedican solamente a la contemplación”.[2]

 

c.     En la celebración de la Eucaristía es donde y cuando obra el Dios Trino. Por medio del memorial (anammesis) del misterio pascual del Hijo, con la plegaria por la que invocamos al Espíritu Santo (epiclesis), el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Luego, unidos en comunión (koinonia) con el Hijo y el Espíritu, damos gloria al

 

 

 

 


 

Padre (doxologia). De aquí surge “el coro y la danza de eterno amor y júbilo (perichoresis)”.[3] La liturgia de la comunidad cisterciense, especialmente en la celebración de la Eucaristía, extiende por toda la tierra este tañido de amor y de alegría.

 

Conclusión

 

            En la sociedad actual envenenada por el materialismo, debemos mostrar a los ojos del mundo, de un modo muy tangible, lo que es una comunidad eclesial animada por una auténtica espiritualidad cristiana. ¿No es esto lo que esperaban los documentos del Vaticano II, al pedir la renovación de las comunidades contemplativas? “Que los monasterios resulten como focos de edificación del pueblo cristiano (Seminatoria  aedificationis populi christiani)”. (Decreto sobre la renovación acomodada a los tiempos, de la vida religiosa, n.9).

 

            Yo creo que esto es aún más importante en un país de misión como Asia, especialmente en Japón y China donde la gente vive dentro de la influencia cultural de los caracteres chinos. Estos caracteres son  jeroglíficos, o sea  ideogramas, es decir, son caracteres escritos que nacieron como retratos abocetados de objetos. En contraste con la cultura greco-romana, que da más importancia al sentido del oído y, por eso, a la oratoria, la gente que ha sido educada en el contexto cultural de los caracteres chinos da más importancia al sentido de la vista. Pensemos por ejemplo en la danza japonesa, en el drama Noh, en los arreglos florales y en la preparación de los alimentos. En la cocina japonesa es importante la belleza en la presentación de los platos. Por tanto, los corazones  de estos pueblos no se conmueven por una presentación sistemática de una doctrina (que es  importante en sí misma), sino por el testimonio tangible de una auténtica vida cristiana que ven con los propios ojos.

 

            En todo caso, al vivir según el Evangelio de Cristo, llegamos hasta decir con San Pablo: “En virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya  no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,19-20). He aquí la medida de la conformación con Cristo necesaria para que una persona o una comunidad dé testimonio. ¿No es ésta la misión fundamental que hemos de vivir, como cistercienses, en el nuevo milenio?  “El Espíritu y la esposa dicen: ‘Ven, Señor Jesús’” (Rev 22,17.20).

 

Padre Paul TAKAHASHI SHIGEYUKI

Phare - Japón

 

 

 



[1] Ver los artículos por Amatus van Den Bosch en Collectanea OCR:

   (a)  XXI (1959), “Dieu rendu accessible dans le Christ d’après St. Bernard”, pp.185-205.

   (b)  XXII (1960), “Dieu rendu connaissable dans le Christ d’après St. Bernard”, pp.11-20.

   (c)  Ibid., “Le Christ, Dieu devenu imitable d’après St. Bernard”, pp.341-355.

 

[2] Respecto del sacerdocio de Cristo y del sacerdocio del pueblo de Dios, ver A. Vanhoye, Prêtres Anciens, Prêtre Nouveau selon le Nouveau Testament, (Paris, Editions de Seuil, 1980), especialmente la exégesis del Apoc 5,10 en las pp.321-329.

[3] Peri quiere decir un círculo o un anillo. Choresis es la raíz de la palabra “coro” en las lenguas europeas. El coro significaba originalmente el conjunto de voces de los que bailaban como parte de las presentaciones dramáticas en la Grecia antigua. Perichoresis se traduce en el latín por “cicumcessio” o por “circumsessio”. Cessio tiene su sentido del verbo latino incedere, es decir, “salir en procesión o en fila; desfilar o ir de marcha”. Por lo tanto, perichoresis significa el acto de bailar en un círculo o anillo, cantando; el movimiento circular de un coro de baile. Es la plenitud de koinonia, de comunión.