LA GRACIA CISTERCIENSE HOY:
CONFORMACIÓN CON CRISTO
Ignace
Bikoula
Preámbulo
Al
comenzar estas líneas conviene hacer algunas observaciones acerca de quien en
ellas se va a expresar, el "lugar" desde donde habla, aquellos a
quienes se dirige y lo que espera decir.
El
autor de la presente reflexión es un joven africano que ha encontrado en el
modo cisterciense de seguir a Jesús de Nazaret o Jesucristo, el camino que le
convenía, el camino que le proponía el Padre para realizar su existencia de
hombre y de cristiano. Ha abrazado este camino con todo su deseo, sus angustias
y sufrimientos de hombre y de africano. Le han pedido que hable de este camino
a partir de su "lugar" y de su situación. Sería demasiado fácil
invocar la obediencia para motivar la respuesta a la demanda solicitada. Más
exactamente, la reflexión compartida sobre el camino a seguir es ya de algún
modo seguir el camino bajo el aspecto de anticipación en el espíritu y en el
corazón. Esto equivale a decir que de alguna manera, el autor de estas líneas
es también el primer destinatario. Además, los que me pidieron esta reflexión
querían, mediante el juego diferencial de diversas "posturas",
provocar un enriquecimiento de todos y una prospección de los caminos para hoy
y mañana en lo que se refiere a la actualización del carisma cisterciense.
Estas líneas están escritas en primera persona. No es que yo pretenda enseñar
con autoridad; al contrario, no pretendo absolutamente nada, y menos aún
enseñar. He escrito en primera persona para no forzar a los demás africanos a
reconocerse sin quererlo en las cosas que digo, en el caso en que mis
consideraciones no coincidan en algo con lo que ellos sienten. Por tanto, las
presentes reflexiones habrán de leerse como de un Africano y no del
Africano. Los segundos destinatarios de estas líneas son de hecho los
hermanos y hermanas mayores, africanos o no, más adelantados en los caminos de
la conformación con el Señor. Al leer lo que mi ignorancia de los caminos de
Dios ha producido, realizarán para conmigo la caridad de su oración; y no sólo
para conmigo, sino igualmente para con todos los que se encuentran en mi nivel
y que son los últimos destinatarios -impropiamente- pues estas líneas habrán al
menos estimulado tal vez su propia reflexión. Todas estas consideraciones
preliminares me obligan desde ahora a redimensionar el alcance prospectivo que
podría esperarse de estas líneas. Tal vez no se oiga un camino profético, sino
un murmullo confuso que se eleva de la tierra, de un rincón de la tierra. Que
los sabios disciernan y los profetas auténticos intercedan.
Introducción
La
formulación del tema de la próxima RGM deja entrever la estructura dialogal del
proyecto a realizar y de los medios para ponerla en práctica. Es el primer
punto que quisiera establecer. Para ello será suficiente partir de los términos
mismos del tema.
Tal
como se presenta, el tema de la próxima RGM es un enunciado compuesto por dos
términos: "la gracia cisterciense" y "conformación con
Cristo". Están ligados por los dos puntos que tienen la función de cópula.
La "gracia cisterciense" recibe de algún modo el predicado
"conformación con Cristo". Sin pretender extenderme en profundos
análisis semánticos y filológicos, me contento con hacer las dos observaciones
que siguen.
-
El término "conformación" expresa un estado: el carácter de lo que es
conforme a, le semejanza de la forma que existe entre dos objetos, la
correspondencia entre ellos.
-
Lo que me interesa aquí es el hecho de que "conformidad" expresa un estado,
un "haber llegado a", el resultado de un proceso o de una acción, la
"conformación", realizada además por el verbo "conformar".
Conviene partir de este verbo para delimitar el marco de la presente reflexión
y establecer sus coordenadas. En este sentido, me gustaría plantear una
cuestión muy simple, si no trivial: ¿quién se conforma a qué o a quién?
¿Quien se conforma?
La
repuesta es evidente: el Cisterciense o, al menos, quien quisiera serlo, quien
quiera abrazar la "gracia cisterciense" define y comprende su vida a
partir de ella, en ella. Se puede, por tanto, precisar desde ahora que la
gracia cisterciense se presenta como la oferta o el don de un proyecto de vida,
de un horizonte de comprensión y realización de sí ofrecido al hombre. Pero
¿quién es ese hombre? Nuevamente la respuesta es fácil: se trata de un hombre o
una mujer bien concretos, fruto de una historia individual inserta en una
historia colectiva, en el cruce de un tiempo y un lugar. Dicho de otro modo,
ese hombre y esa mujer pertenecen a una cultura humana determinada que se
actualiza en ellos. A partir de esa cultura y esa historia ellos determinan el
horizonte de sentido en el que se realizan como hombre o mujer. En otros
términos, esa cultura es la que le ofrece el marco antropológico original a
partir del cual uno y otro se autocomprenden y tratan de realizarse en tanto
que personas humanas. Al abrazar la "gracia cisterciense" como muevo
horizonte de comprensión y definición de sí mismo, aparecen como dos marcos de
referencia, no, por supuesto, al mismo nivel, pero que deben con todo dialogar
entre sí, asimilarse e integrarse uno en el otro. Quisiera anticipar un poco
haciendo observar desde ya que el hombre que se encuentra con Jesucristo a
través de la "gracia cisterciense" no es un terreno virgen, sin horizonte
y sin forma. El nuevo horizonte que la gracia cisterciense le propone sólo es
un horizonte de sentido para él a partir de su marco original.Ya se puede
presentir que la conformación viene en un movimiento que reduce la distancia
entre los dos marcos. Ya no querría entrar todavía en el contenido de sentido
del proceso de conformación y de la palabra que lo expresa. Me basta haber
reparado al menos el sujeto que actua y haber precisado que pertenece a una
cultura humana determinada, que ésta le ofrece un horizonte de comprensión a
partir del cual la ‘gracia cisterciense’ como conformación con Cristo adquiere
un sentido para el.
¿A quién o a qué se conforma?
Según
el enunciado del que he partido, es a Cristo a quien hemos de conformarnos. Se
trata de otro sujeto. Pero ¿no habría que invertir tal vez esta formula y decir
que el hombre es conformado con Cristo? Pues según el "alfabeto"
fundamental de la vida espiritual que todos conocemos, es Dios el que mediante
la acción del Espíritu conforma al hombre con Cristo, su Hijo. Es cierto que el
hombre debe colaborar, pero la iniciativa pertenece a Dios. Nos hallamos aquí
en presencia de la eterna cuestión sobre la relación entre naturaleza y gracia.
Personalmente no tengo la menor intención de afrontar nuevos gastos aquí. De
igual modo, reconociendo en el plano teológico el carácter primordial de la
inversión de la formulación, mantengo la primera, la que hace del hombre sujeto
de la conformación. De hecho, intento situarme en los aledaños del "grado
cero" de la conformación, cuando el hombre aún no es consciente del grado
de profundidad con que la providencia de Dios le rodea. Es ella la que
misteriosamente tiene la primera palabra. Mas, por humilde y costosa que sea,
la respuesta del hombre es irreemplazable. En el momento de nacer, esta
respuesta quizá no tiene verdadera conciencia de lo que es: quien empieza a
buscar, quizá no sabe todavía, o no lo
sabe claracmente, que si se mueve es porque antes ha sido hallado. En suma, el
punto de vista partida desde el que me sitúo es un poco el inicio de esa
respuesta, que todavía ignora que es respuesta.
De
este modo, la conformación incluye dos temas. El hombre o la mujer que se
conforma pertenece a una cultura. ¿Qué sabemos de Cristo? ¿Cómo considerarlo?
La respuesta aquí también parece simple: el Evangelio y la Tradición viva de la
Iglesia, que lo mediatiza e interpreta, permiten dar un rostro a Cristo, al
cual se conforma el hombre. Ahora bien, la Tradición viva, justamente porque es
viva y se realiza en la historia, ofrece rostros del mismo y único Cristo.
Estos rostros no son contradictorios u opuestos los unos a los otros, pero los
diversos relieves que presentan quieren expresar la riqueza de un misterio que
debe salir al encuentro y confrontarse con los hombres de todos los tiempos y
lugares, precisamente allí donde esos están tratando de construir el sentido de
sus vidas y de su historia. La Tradición viva, marcada por los distintos
momentos históricos y los lugares en los que se efectúa, es abierta y tiende hacia
un cumplimiento. Así, ningún lugar o momento puede encerrarla ni totalizarla,
incluso aunque haya lugares y momentos normativos para los demás. Además, he de
precisar que la "gracia cisterciense" se presenta como un filón de la
tradición de interpretación y actualización de la figura de Cristo. Ella no
reivindica la exclusividad de la conformación con Cristo. Pero al lado de otros
filones, ella está animada por un "principio ecuménico". Lo que vale
para el todo vale para la parte. La "gracia cisterciense" como filón
de una Tradición viva está abierta, se realiza en el tiempo y el lugar que
estructuran una historia. Es conformación con Cristo en el hoy de un
tiempo, de un lugar, de una historia. El rostro de Cristo ofrecido a la
conformación del hombre es un rostro para hoy. ¿Qué Cristo
cisterciense para hoy? Es pronto para decirlo. Es preciso responder
previamente a la cuestión: ¿para qué hombre de qué lugar?
El Africano
Quisiera
decir que la conformación está enteramente contenida en la experiencia de
encuentro que se produce entre los dos sujetos. En este encuentro sobreviene la
decisión motivada de conformarse. La conformación y sus modalidades se produce
en la mirada que uno deposita en el otro, y viceversa. Se trata de descubrir
los dinamismos de esa mirada, lo que la suscita, la hace posible al precederla,
lo que la modifica, etc. Tratándose de la mirada humana sobre Cristo, mi
hipótesis es que está condicionada por la situación histórica de la cultura del
sujeto que mira. En el interior de esa cultura, la conformación con Cristo
adquiere un sentido y unas modalidades concretas. Por eso, en adelante ya no
puedo hablar del hombre en general. Mi "yo" debe convertirse resuelta
y claramente en el de un africano de hoy. ¿Qué me determina? ¿Quien soy
yo en tanto que africano?
Las
cuestiones de la identidad y de los valores culturales africanos han preocupado
ampliamente, e incluso atormentado, al pensamiento africano contemporáneo y a
la conciencia colectiva de los pueblos de África[1]. Para hablar
de lo que me determina como africano, mi visión del hombre y del mundo, no
partiré de los resultados de los innumerables estudios de antropología cultural
realizados. Tampoco me apoyaré inicialmente en ninguna de las
"cristologías africanas" que han hecho su aparición en el campo de
las expresiones "contextuales" de la fe común[2]. De hecho,
quisiera prestar atención a la voz de algunos "testigos" que señalan
"la inoperatividad" de algunas tentativas africanas de
"recuperar" o actualizar los valores tradicionales. En sí, esas
tentativas son legítimas, y hay que emprenderlas. Sin embargo, es forzoso
constatar que hasta el momento presente resultan inoperantes a la hora de hacer
salir a África del "ghetto de la modernidad" en el que se halla.
Ahora bien, esta cuestión es una de las más candentes para los africanos, sean
quienes sean. La llevan con frecuencia en las zonas más secretas de su
conciencia de hombres y mujeres. Por eso, a mi juicio, son más significativos
los acercamientos al africano por vía negativa. En efecto, el africano
está hoy más caracterizado por las "zonas porosas" de su ser
que por adquisiciones firmemente poseídas, por "valores" que le hagan
vivir y por los que esté dispuesto a dar su vida, por valores que de hecho
podrían definirle. Además es el "pobre antropológico", un ser cuya
condición fundamental hoy está marcada por la precariedad y la fragilidad, y
hasta incluso la venalidad[3].
La acción y el pensamiento, vectores productivos e innovadores de la cultura en
toda la existencia humana, conocen en el África contemporánea una atrofia
angustiosa. De este modo, África está marginada en todas las manifestaciones
significativas de la vida contemporánea. Su presencia y su aportación se
reducen a menudo al folklore... para la galería de los señores. Por eso A.
Mveng ha hablado de una crisis de despersonalización en el africano[4].
Kä Mana, extrayendo las conclusiones de la
vida concreta de nuestros pueblos y nuestras sociedades, sostiene claramente
que la crisis y los callejones sin salida de las sociedades africanas
contemporáneas, antes de ser una crisis y un decaimiento de las estructuras es
una crisis de hombres[5].
Si hay un problema africano hoy, es el de la "reconstrucción" del
hombre, de las personas. Sería relativamente cómodo encontrar estos mismos
temas en otros autores. Pero he de ceñirme al punto de mira de la presente
reflexión. Tengo que responder a la pregunta de quién soy yo en tanto que
africano, en el momento en que me encuentro con Cristo y me veo invitado a una
experiencia de conformación con él.
¿Quién
soy como africano? "¿Un ser dotado de un profundo sentido religioso: del
sentido de lo sagrado, del sentido de la existencia de Dios Creador y de un
mundo espiritual? ¿Soy un ser que tiene una conciencia de la realidad del
pecado? ¿Un ser dotado también del
sentido agudo de la familia, de la vida, de la
solidaridad, de la vida comunitaria"[6]? Tal vez sí
soy un ser así, pero en las regiones periféricas de mi ser. En efecto, valores
como el sentido religioso, el sentido de lo sagrado, de un mundo espiritual, de
la familia, de la comunidad y muchos otros más, pueden ser el resultado de una
configuración socio-económica y cultural dada. Están sujetos a las mutaciones
históricas que afectan a las sociedades. No están dados de una vez por todas,
como por esencia. Corresponde a la evolución de las condiciones
socio-económicas de las sociedades que influyen en la producción de la cultura,
una reapropiación de estos valores por los sujetos y por la sociedad que éstos
constituyen. Ahora bien, las breves consideraciones que acabamos de realizar
sobre la crisis de hombres que sacude África, la "pobreza
antropológica" que caracteriza al africano de nuestro tiempo dejan
entrever que esta reapropiación no es efectiva, y que no está en curso de
realizarse. Para ello falta la condición fundamental: esa ausencia que
caracteriza más que nada al africano. Ausencia, que es la de un sujeto cuya
iniciativa histórica ha de ser significativa en su efectividad porque tiende a
reducir la "desproporción entre la teoría y la práctica, lo instituido y
lo vivido, lo concebido y lo experimentado"[7] en la
situación concreta de las sociedades africanas y en la vida cotidiana de los
individuos y de las naciones. Reflexionando sobre los "Preámbulos
socio-históricos a una teología africana de la muerte", Aquiles Mbembe
saca una conclusión muy incisiva que se puede legítimamente entender más allá
del marco en el que surgió, porque revela bien un aspecto global y fundamental
del destino africano contemporáneo. "En el nuevo horizonte de espera
característico de la época africana actual, la insuficiencia (organizada) del
sujeto constituye una de las consecuencias más difícilmente asumibles por una
lógica de pensamiento cristiano. Teniendo en cuenta el matadero que es la
historia africana, y en vista de la promesa de libertad que fue la predicación
de Jesús, esa insuficiencia del sujeto representa no solo la muerte absoluta,
sino también una denegación caracterizada de resurrección"[8].
Finalmente, ¿quién soy yo como africano? Plagiando un poco al autor sagrado
diría:
"mi
padre era un Muntu que fue llevado a Egipto
con
sus dioses, su mundo, todo su universo, y allí descendió.
Los
Egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos redujeron a servidumbre.
Llegamos
a ser la risa de las naciones, el oprobio de los pueblos.
Desde
el fondo de nuestra servidumbre, conocimos la existencia del Dios de Abrahán,
de Isaac, de Jacob y de Jesús, llamado Cristo.
Con
gran clamor y lágrimas, gritamos hacia él... Continuará".
Si
es verdad, tal como he dicho más arriba, que la condición del sujeto determina
la mirada que arroja sobre los demás, podemos presentir aquí qué tipo de mirada
el africano arroja sobre Cristo, a partir de qué "lugar" Cristo es
"interesante" para él, y la configuración con Cristo un horizonte con
sentido, capaz de cristalizar y polarizar lo que le resta de energía. Estas
palabras podrían sonar a oídos de algunos como la excesiva reducción
antropológica del Unico Hijo del Padre, Cristo, una construcción a priori
de un acontecimiento que habría que recibir como inaudito. Acontecimiento
imprevisible, que por eso mismo invita a salir de sí mismo a quien se encuentra
con El.
De
hecho no se trata de una "construcción a priori", sino de una
especie de "sensibilidad cristológica" del africano que no deja de
influir en el modo como en la práctica se recibe tal acontecimiento. Esta
sensibilidad puede desde luego funcionar como un filtro. Pero más importante es
que no se trague el camello quedándose con el mosquito. Además, si en Jesús se
manifiesta verdaderamente el Totalmente Otro, es inevitable que no coincida del
todo con lo que yo concibo y espero de El. Es inevitable que en cierto punto
Jesús rompa el círculo más o menos cerrado de mi horizonte, de mis estrecheces,
etc. Es inevitable que en cierto momento no tenga más remedio que afrontar el
trabajo de la conversión. Digo "en cierto momento" porque si sólo
hubiera ruptura sin continuidad, el Mesías ya no sería el Mesías para los
hombres: el Mesías de los hombres, sino que los hombres serían del Mesías y
para el Mesías, sin que hubiera algún tipo de reciprocidad. La Encarnación en
toda su riqueza no saldría indemne de esto. Por tanto, si la primera mirada que
arrojo sobre Cristo es una mirada de algún modo "tópica", a partir de
un lugar en el que su universalidad se hace concretamente
"significativa" para mí, se comprenderá entonces que las mediaciones
concretas por las que adviene la conformación no pueden ser
"indiferentes" o sin equívoco. Pero antes de llegar ahí, puedo proponer
desde ya mismo como horizonte general que, para el africano, la conformación
con Cristo revestirá la forma de una génesis: la génesis un sujeto libre. Esta
libertad ha de ser caracterizada como fruto del "mundo de la
redención". Quisiera hacer mía aquí la distinción esclarecedora realizada
por un teólogo camerunés, entre redención y salvación[9]. Hay que
comenzar por afirmar que entre una y otra existe un "buen orden" que
hay que mantener a cualquier precio. El desconocimiento o el olvido de este
orden ha sido causa con frecuencia de muchos dramas en la historia cristiana.
Por eso hay que mantener que esos dos conceptos no deben oponerse ni entrar en
competencia, ni tampoco sustituirse el uno al otro. Dicho esto, enseguida hay
que afirmar que la redención forma parte o se refiere a "las realidades
penúltimas", mientras que la salvación se aplica con más propiedad a las
"realidades últimas". La articulación de unas y otras es orgánica e
intrínseca.
La
redención forma parte de las realidades penúltimas, que aún se pueden ver, que
permiten "verificar" las últimas, que son invisibles, y anticiparlas
en esperanza. La redención es a la salvación lo que el amor al prójimo es al
amor de Dios. A Dios nadie le ha visto nunca, y quien pretende que lo ama pero
no ama a su hermano que ve, vive en la ilusión y se miente a sí mismo. De modo
semejante, tampoco hemos visto nunca a un hombre salvado: no sabemos qué
es la salvación, y lo único que podemos hacer es creer en ella y esperarla. La
redención hace referencia a esta vida, al tiempo y a la historia. La salvación
habla de lo invisible, de la eternidad, del más allá. La salvación promete la
felicidad sin fin después de la muerte, cuando ya no haya lágrimas, ni
necesidades, ni pecado. La redención sólo conoce la sanación, la felicidad del
arrepentimiento, del caminar tanteando, de la asistencia prestada al
"prójimo" en peligro, los servidores inútiles, la alegría de los
hermanos que conviven unidos o esa otra más rara que consiste en haber superado
el miedo a sufrir en nombre de la justicia [...][10].
A
esta alegría rara de haber superado el miedo a sufrir en nombre de la justicia,
hay que añadir el gozo supremo de haber superado el miedo a dar la propia vida
por el prójimo. Conformarse con Cristo será "reconstruir un destino de
libertad real y de creatividad humanizante" en la cual el
"post-colonizado"[11]libertad
real y de creatividad humanizante", p.37.
puede dar su vida, no porque se la quiten a través de la violencia política,
económica y simbólica, sino porque ha accedido a una nueva humanidad. Dicho
esto, quisiera ahora hablar de las mediaciones de la conformación, el lugar más
concreto del diálogo entre el Cristo presente y el Cristo esperado, entre la
"sensibilidad cristológica" del africano que soy y el "Cristo de
la tradición cisterciense".
Conformarse con Cristo en la tradición
cisterciense
El
camino cisterciense de conformación con Cristo, en sus elementos más
esenciales, es ampliamente deudor de la teología bíblica y patrística de la
imagen. El hombre fue creado a imagen de la Imagen de Dios, el Verbo. Pero
perdió la semejanza con su modelo a causa del pecado entendido como
desobediencia, rebelión, orgullo, rechazo de la condición de criatura y
voluntad "imposible" de usurpación de lo que pertenece a Dios.
Con
la Encarnación del Verbo en Jesús de Nazaret y a lo largo de toda su vida, se
ofreció de nuevo al hombre la posibilidad de recuperar la semejanza, pasando de
las regiones de la desemejanza y de la dispersión a las de la semejanza y la
unidad por la sequela Christi bajo la acción del Espíritu Santo. En
Jesús, el Hijo Unico, y por la acción del Espíritu, el hombre llega a ser hijo
del Padre. La humildad, la obediencia, la pobreza y la caridad a imitación de
Cristo, son los temas que orquestan esa sequela Christi. Asimismo, toda
la panoplia ascética se justifica como instrumental práctico de la purificación
y reestructuración del hombre a una vida en consonancia con el
ser-imagen-semejante. El "Cristo cisterciense", con el que estoy
llamado a conformarme es el que se retira a la soledad y el silencio para
situarse cara a cara con su Padre. Es el que, impulsado por el Espíritu,
"proclama la alabanza" del Padre. Es el pobre que no dispone de una
piedra dónde reclinar su cabeza, pero que halla su plenitud en la voluntad del
Padre. Es también el oscuro trabajador de Nazaret que vive del trabajo de sus
manos, y el "hermano universal" lleno de compasión ante la miseria,
sea cual sea y de quien sea. La cuestión que se plantea es la de saber cómo
Cristo asume, al conformarme con él, la necesidad de redención colectiva e
individual que llevo en mí, cómo la promesa de salvación que trae es redención
para mí en el hoy de mi historia. En otros términos, cómo me permite acceder a
la autenticidad de un ser-sujeto-libre.
El marco de una respuesta fundamental
Basta
recordar aquí algunos elementos esenciales de la doctrina cristiana: el pecado
tal como he señalado brevemente líneas arriba, es la raíz de todos los males.
Es la causa de todas las alienaciones, y yace en el corazón del hombre:
"quien comete pecado es esclavo del pecado". Al ir a la raíz del mal,
al devolver al hombre su semejanza con su Modelo divino, Jesús hace posible, al
mismo tiempo, el desarrollo de las demás liberaciones. Abre la brecha por la
que se introduce el dinamismo de la redención en la vida de los hombre y de las
sociedades. Liberados primordialmente por el Hijo, podemos habitar en la
casa-tierra de modo responsable. Habría que hacer aquí otros desarrollos, pero
el tiempo y el espacio no lo permiten. Me contento con señalar de paso la
postura que el abad desarrolla en un monasterio benedictino de África
occidental, en su contribución al Coloquio Internacional de Kinshasa en 1989
sobre Vida monástica e inculturación a la luz de las tradiciones y
situaciones africanas:
"No
hay duda acerca de lo que es el pecado, que impide y aliena al hombre,
impidiéndole ser plenamente él mismo, unificado y completado. La raíz de este
pecado es el orgullo, el egocentrismo, la rechazo de toda dependencia del otro,
de toda referencia al otro, al Totalmente Otro: Dios como génesis y realización
del hombre. El hombre africano no está libre del pecado. Lo que libera del
pecado es la obediencia. Al invitar al hombre africano a seguir el camino de la
obediencia, el camino monástico le lleva a camino real de la libertad
verdadera... Así, libre del pecado que aliena al hombre y del miedo que le hace
débil, el hombre africano será interiormente fuerte para hacer frente, mediante
la fe, la esperanza y la caridad, al complejo de inferioridad que le paraliza
en muchos ámbitos de su vida y le impide tener una justa confianza en sí
mismo"[12].
Como
puede apreciarse, esta postura se mueve perfectamente en lo que he denominado
"marco de una respuesta fundamental". Este marco es imprescriptible.
Sin embargo creo que no es totalizante y por tanto puede que tampoco sea
suficiente. Además, una respuesta que se contente con enunciarse exclusivamente
es este marco, probablemente no carece de equívoco y ambigüedad. Estaría
diciendo con otros términos que la cuestión de la redención no interesa, o no
interesa en primer lugar al monacato. Este es "pura" búsqueda
de Dios, de vida espiritual, del Reino de Dios en los corazones. Es
"anticipo de la vida paradisíaca por medio de la oración, de 'la
obediencia de la fe', de los santos deseos y de los sacramentos"[13].
De hecho, Dios no llamó a Benito para convertirlo en Patrono de Europa, ni a
sus monjes para ser protagonistas de una civilización naciente. El Patriarca
quiso únicamente fundar una escuela del servicio divino donde se aprende a
militar bajo las armas gloriosas de Cristo. Los descendientes del Patriarca, en
continuidad con la intuición de éste, convirtieron también los monasterios en
escuelas de caridad. Las funciones históricas que les tocó realizar fueron
simples accidentes de camino, a modo de paréntesis. Una vez que cambiaron las
condiciones históricas, ya no se les halló más en los centros donde se forja y
se deshace la vida material, moral y espiritual (?) de esos pueblos. Iríamos
descaminados, pues, si hoy esperásemos del monacato -en África, por ejemplo- en
el momento en que encarna a Cristo configurándose con El, una contribución
distinta que la del silencio, la soledad o la oración, junto con las limosnas a
los pobres. Por lo que a mí respecta, creo que es posible ir más allá de esta
finalidad de "no-recibir"[14]
. En efecto, creo que la conformación con Cristo
contemplada por el monacato cisterciense puede integrar las cuestiones surgidas
al hilo de estas páginas. Puede integrarlas en su camino sin perder su genio
distintivo. Para ello son útiles al menos dos reinterpretaciones. Pero en la
base de todas, hay que plantear la necesidad de comunidades
"crísticas" cuya nota más inmediatamente referenciable sea la alegría
de vivir.
La alegría de vivir
Me
gustaría reproducir aquí la lectura que B. Sesboué hace de la proclamación del
Reino de Dios por parte de Jesús[15].
Además, en la predicación del Reino de Dios mediante palabras y hechos, Jesús
"crea un mundo simbólico", un modo de ser y obrar donde la realidad
del Reino está realmente comprometida, pero en el modo de figuras y
representaciones.
"El
Reino debe adquirir una visibilidad concreta si no quiere desvanecerse en
abstracciones; pero también trasciende cualquier visibilidad empírica, en este
mundo que aún no ha pasado por la transformación definitiva. El Reino no puede,
pues, manifestarse más que en símbolos, y toda la predicación de Jesús se
orienta a crear un mundo simbólico, perceptible a los ojos de los que se
convierten... En efecto, todo el acontecimiento Jesús, en su consistencia
perfectamente visible, es una parábola. Como muy bien dice E. Schillebeeckx:
"Jesús es una parábola y cuenta parábolas. Sólo las parábolas
pueden interpretar las parábolas". El mundo simbólico que Jesús intenta
crear con quienes le siguen es la gran parábola del Reino de Dios”[16].
Conformarse
con Cristo mediante la sequela Christi significa entonces convertirse
uno mismo en parábola de Cristo. Y puesto que el estar-con-Jesús es al mismo
tiempo un estar-juntos, hecho que en el monacato se expresa ante todo por la
forma cenobítica de su vida, entonces es la comunidad misma la que deberá ser
una parábola de Cristo, una actuación para hoy del mundo simbólico que Cristo
creó como mediación del Reino. He mencionado la alegría de vivir como el rasgo
más inmediatamente referenciable de una comunidad de este género. Esta
propuesta puede dejar a más de uno perplejo, si sólo se piensa en la
"sobriedad", valor exaltado por la tradición monástica. Además,
nuestra tradición específicamente cisterciense, o mejor aún trapense, tiene
reputación de "austeridad". Y finalmente, una de las vetas más
auténticas de la tradición espiritual simplemente cristiana asocia
estrechamente la experiencia de la alegría con la de la cruz[17]
. ¿Cómo se sitúa la alegría de vivir de la que aquí
hablo? Desde luego que no pretende suprimir una ascesis al servicio de la
vida, la ascesis purificadora o la cruz que libera la alegría perfecta.
Pero quizá siga existiendo una ascesis y una austeridad acusadoras de la
vida. De hecho, quisiera sobre todo subrayar uno de los hechos que
sorprende en la predicación del Reino. El mundo simbólico que Jesús hace surgir
y del cual es el centro de gravedad, es un mundo en el que los hombres realizan
"la experiencia de la dicha de ser hombre, experiencia enteramente simple,
pero también enteramente nueva, que revela lo mejor de la humanidad y del
hombre, y manifiesta un mundo aún más desconocido"[18], donde
"la causa de Dios se revela como la causa del hombre"[19].
Para volver explícitamente al horizonte africano en el que me muevo, la alegría
de vivir tendrá una función de sanación de la conciencia y la imaginación
individual del hombre, de la conciencia colectiva de pueblos cuya
"historia es un matadero"[20]. Ese hombre
tiene necesidad de saber y experimentar que su vida, también su vida, es
aprobada por Dios hasta en sus condicionamientos biológicos y materiales. Es un
precedente casi indispensable para todo lo demás. La comunidad cisterciense que
lo manifiesta se convierte por sí misma y para su pueblo en una parábola de
Jesucristo, una parábola del Reino.
La solidaridad como forma cristológica de
la estabilidad monástica cisterciense
La
estabilidad monástica ha recibido a menudo predominantemente una interpretación
ascética[21].
Quizá la podemos cargar con un peso cristológico que la propondría en el primer
plano de nuestra atención, con inmensas consecuencias.
A
mí me gustaría traducir hoy estabilidad por solidaridad. La estabilidad
monástica sería entonces la solidaridad del hermano, hasta el final con
esta comunidad y en este lugar. Al mismo tiempo sería la solidaridad de la
comunidad con este lugar, con esta iglesia particular, con este pueblo, etc.
Pero si traduzco estabilidad por solidaridad, entonces no me queda más remedio
que pensar en aquella otra Solidaridad en virtud de la cual el Hijo de Dios se
hizo hijo del hombre: pobre, de rico que era, a fin de enriquecernos con su
pobreza. "Tuvo que hacerse en todo semejante a sus hermanos, a fin de ser
en su relación con Dios un gran sacerdote misericordioso y fiel" (Heb
2,17). La "estabilidad" de Jesús, por así decirlo, es su
arraigamiento irreversible en un medio socio-cultural. Incluso cuando rompe los
límites y estrecheces de ese medio, lo hace desde el interior, no desde el
exterior, por la violencia arbitraria propia de los conquistadores. Encarnación
y Redención son las dos caras del "misterio" de la solidaridad divina
en relación con los hombres. La conformación con Cristo no puede entonces dejar
de convertirse en una solidaridad global vivida con los hombres mis hermanos,
empezando por los que forman parte conmigo del "mundo simbólico" que
intentamos encarnar. ¿Es por casualidad que un buen número de comunidades de la
Orden en situación difícil se encuentren en tierra africana, y que una de ellas
halla llegado hasta el testimonio supremo en nombre de esta solidaridad? ¿Qué
enseñanza puede extraerse aquí para las demás? Tal vez la
estabilidad-solidaridad no tenga siempre este carácter dramático. Pero si
recogemos bien su fundamento cristológico y si nos arriesgamos a convertirla en
una de las claves de nuestra vida cisterciense hoy, realizaríamos una
experiencia de renovación y fecundidad inéditas.
Obediencia monástica, obediencia de
Cristo y violencia simbólica
La
obediencia siempre fue considerada como la virtud monástica por excelencia, la
imitación absoluta de Cristo, que se hizo obediente hasta la muerte. Todo el
que se pone a seguir a Cristo, en cualquier lugar y tiempo a que pertenezca, no
puede obliterar este pasaje fundamental. La teología contemporánea ha
esclarecido suficientemente la dimensión fundamentalmente teológica de la
obediencia religiosa, sus puntos de separación de la virtud humana, la
distancia abismal que la separa de sus falsificaciones, etc. No tengo la
intención de tratar nuevamente estos puntos aquí. Simplemente me gustaría
señalar que en un contexto que no está exento de violencia simbólica, cuyos
estigmas van grabados todavía en la conciencia colectiva y en la memoria
histórica, la obediencia monástica podría no ser de manera inmediata la
obediencia de Cristo, y por eso mismo llevar en sí cierta ambigüedad. ¿De qué
modo puede asumir la obediencia el deseo de emergencia de una persona libre,
tal como lo he indicado más arriba? ¿Cómo contribuye a restaurar la iniciativa
histórica y la capacidad de creatividad de personas minadas por el miedo y por
un cierto fatalismo "histórico", donde las decisiones que cuentan
realmente para uno, en casi todos los terrenos, son tomadas en otros lugares,
por otras personas y en beneficio de ellas? La conformación con Cristo en el
horizonte de las realidades africanas no puede evitar responder a estas
cuestiones, si quiere ser en verdad génesis de un hombre nuevo.
¿Hay
que concluir y cómo? Primero debo resumirme a mí mismo. Ante todo he querido
decir que la conformación con Cristo es un diálogo entre el hombre y Cristo.
Por el lado humano, tal diálogo está condicionado por su situación histórica o
la visión de sí mismo, del mundo y de la historia que se está haciendo. Hay que
conocer el lugar desde el que uno habla y del que uno es. Tratándose del
africano, la conformación con Cristo se topa con otro proceso, al menos en
estado de deseo, de veleidad: el de una nueva génesis del hombre africano que,
por ahora, se halla bajo la "pobreza" antropológica. El Cristo de la
tradición cisterciense puede acoger y asumir este deseo, combatiendo la raíz de
todos los males: el pecado. Pero es indispensable también que me procure la
alegría de vivir como experiencia de la aprobación y la promoción de mi vida de
hombre. ¿Acaso no ha creado Cristo ese mundo simbólico de la parábola del Reino
aquí y ahora? Ese mundo simbólico es la expresión de la solidaridad redentora
de Dios para con el mundo. Mi inserción estable y solidaria en mi mundo se
convierte entonces de modo eminente en conformación con Cristo. Viviendo en mi
mundo -convertido en mundo simbólico de Cristo- puedo obedecer al modo de
Cristo, sin temer la violencia simbólica.
Dicho
todo esto, ya no queda para mí, en verdad, la posibilidad de hacer ninguna
conclusión, sino más bien una suspensión. Después de haber intentado compartir
algunas reflexiones y consideraciones, necesito recordar la inconmensurabilidad
del misterio pascual del Señor. Mi vida de africano está llamada a ser fundada
en El. Además El es irreductible y el que en última instancia juzga todo lo
demás. Necesito dejar en suspensión para que la palabra vuelva a la
confrontación con la vida, allí donde la conformación con Cristo está aún por
realizar, o mejor aún, ser recibida por el Espíritu que obra hoy. No sé si
habré logrado, no tanto sondear caminos para hoy y mañana, cuanto plantear
algunas cuestiones dignas de atención.
Hno.
Ignace BIKOULA
Koutaba
- Camerún
[1] Por sí solo, este hecho tiene una gran significación. Sabemos que, en general, cuando la definición, la salvaguarda o la "restauración" de la identidad se convierten en preocupaciones mayores, nos movemos en un contexto de crisis, sea cual sea el grupo humano considerado.
[2] A propósito de la cristología africana, cf., por ejemplo, el buen ensayo Caminos de la Cristología africana, de F. KABASELE-J.DORÉ-R.LUNEAU (ed.), "Jesús y Jesucristo" 25, (París 1986). Los modelos cristológicos propuestos pueden ser interesantes en el contexto de algunas sociedades africanas, y para el uso que de ellos puede hacer de hecho la tradición monástica.
[3] Sobre la noción de "pobre antropológico", ver A.MVENG, África en la Iglesia: Palabras de un creyente, l'Harmattan (París 1985) p.199-213. Es importante además señalar que para Mveng, la pobreza antropológica es el resultado de un proceso histórico, el del empobrecimiento antropológico, que él describe de forma muy convincente.
[4] Ibid., p.78-92.
[5] Kä Mana, Fe cristiana, crisis africana y reconstrucción de África, Hano-Ceta-Clé, (Nairobi-Lomé-Yaoundé 1992) p. 100 ss. Cf. también su obra, ¿Va a morir África? Ensayo de étnica política, (Karthala, París 1993).
[6] Cf. Ecclesia in África nº 42-43. Se trata aquí de un conjunto de valores universalmente reconocidos como "africanos", aunque no exclusivamente, por supuesto. Por eso no vale la pena citar aquí a otros autores.
[7] F.EBOUSSI BOULAGA, La crisis del Muntu. Autenticidad africana y filosofía; Presencia africana (París 1977) p.234-235. Cf. también, KA MANA, ¿Va a morir África? p.34-38.
[8] A. MBENME, "Morir en post-Colonia. Preámbulos socio-históricos a una teología africana de la muerte"; en Pascua Africana hoy, ed. J.Doré-R.Luneau-F.Kabasele, Jesús y Jesucristo 37, Delclée (París 1989).
[9] Cf. F. EBOUSSI BOULAGA, Cristianismo sin fetiche. Revelación y dominio; Presencia africana (París 1981) p.192-195.
[10] F. EBOUSSI BOULAGA, o.cit., p.193.
[11] Acepto la expresión
"post-colonizado" de KA MANA, Fe cristiana, crisis africana y
reconstrucción de África. En su análisis del pensamiento africano, este
autor llega a un nuevo planteamiento de la historia africana en la cual cada
africano comprende "que es, en el fondo de sí mismo, en el corazón de su
sociedad y en la dinámica de la vida de todo el continente, un colonizado, un
descolonizado, un neo-colonizado y post-colonizado (el subrayado es mío)
obligado a reconstruir su espacio de vida y a reconstruir un destino de
[12] R. MAWULAWOE, "Teología de la vida monástica e inculturación. Punto de vista africano"; en Vida monástica e inculturación a la luz de las tradiciones y situaciones africanas. Actas del Coloquio internacional de Kinshasa, febrero 1989. Archidiócesis de Kinshasa y Ayuda intermonasterial.
[13] F.EBOUSSE BOULAGA, Cristianismo sin fetiche... p.194.
[14] ¿Estoy acaso "hundiendo" una puerta desde hace mucho tiempo abierta, o al contrario estoy sin más cayendo en la "herejía monástica"?
[15] Cf. B. SESBOUÉ, Jesucristo en la Tradición de la Iglesia; Jesús y Jesucristo 17 (Paría, 1982) p.233-254.
[16] O.cit., p. 240-241.
[17] La perplejidad todavía puede justificarse más en la medida en que nos hallamos grosso modo en un mundo al que le gustaría una "vida aseptizada" contra el sufrimiento, el dolor y la muerte, y que por eso tiende a ocultar estas realidades de la experiencia humana.
[18] B. SESBOUÉ, o.cit. p.234.
[19] Ibid.
[20] Cf. más atrás, p.4
[21] Digo "de antemano" porque mi ignorancia de la literatura monástica en este tema no me permite decir más.