EL CARISMA CISTERCIENSE HOY:

 CONFORMACIÓN A CRISTO

 

            Bernardo Bonowitz

 

 

            ¿Cual era el carisma del hombre Jesús? Esta es una pregunta crucial para nosotros. Si nuestro carisma consiste en ser conformados a él, hemos de lograr conocer su forma, para que «como era él, así seamos nosotros en el mundo» (1 Jn 4,17).

 

            Jesús fue escogido para ser la puerta abierta (Ap 4,1), a través de la cual el amor salvífico del Padre pudiese llegar al mundo para rescatarlo. Recibiendo este amor en sí mismo mediante la unción del Espíritu Santo, obtuvo la plena autoridad sobre sí mismo, e incesantemente se empeñó para actuar en armonía con él para beneficio de los hombres y de las mujeres. Como se expresa San Lucas, con sencillez y belleza: «pasaba haciendo el bien» (Hech 10,38). Este «hacer el bien» significa realmente nueva vida para los afligidos, los posesos, los marginados, los pecadores - por todos los que tenían «oídos para escuchar». Día tras día, con sus palabras y sus acciones, presentaba a la gente «el año de gracia del Señor» (Lc 4,19), introduciéndola en el Reino de Dios. El culmen de la aceptación y auto-identificación de Jesús con el amor divino se encuentra en la entrega de su cuerpo y de su sangre y en el auto-despojarse de sí mismo del Viernes santo. Diciendo auto-despojarse de sí mismo entiendo su modo de entregar sin reservas el Espíritu que él mismo había recibido sin medida (Jn 3,34).

 

            En relación con nuestra vocación cisterciense, la primera cosa que deberíamos notar en la vida de Jesús es que tenía como finalidad nuestro bien. El Credo nos dice que su vida era propter: «propter nos homines et propter nostram salutem». Jesús no ha escogido una carrera de contemplación filosófica - ser un profesional del gozar de Dios. Aunque poseyese la divinidad en sus manos no la retuvo ávidamente sino que «se despojó de sí mismo» en obediencia a una misión recibida del Padre (Flp 2,8). Esta finalidad debe caracterizar y orientar nuestra manera de vivir el carisma cisterciense. Sea cual sea la belleza estética que pueda encontrarse en el ideal de una existencia «inútil» - pasar la propia vida delante la divinidad en el abandono radical de la adoración, en una exaltación que no permite el pensar en otros seres humanos y en sus exigencias - se trata de una belleza que no se «conforma» con la vida de Jesús. Mediante nuestro bautismo, nuestra incorporación a su Cuerpo, hemos prometido vivir prestando atención a su Cuerpo.

 


            Las tentaciones de Jesús nos enseñan el significado de nuestro ascetismo. Ha de consistir en la progresiva eliminación de parte de Dios de los tremendamente sólidos y persistentes obstáculos que existen dentro de nosotros mismos. Es el empuje de la gracia divina que nos permite movernos con libertad a través y más allá de nosotros mismos, dentro de la vida de los demás, esta gracia que ha entrado tan abundantemente dentro de nosotros pero que a menudo se encuentra obstaculizada. «Obstaculizada», porque como dice San Bernardo, nos encentramos realmente «incurvati in nos». Y nuestras resistencias convierten el movimiento de la bondad divina a través de nosotros y hacia los demás sumamente lento y doloroso. Un modo para describir el objetivo de nuestro ascetismo sería llegar a la realización expresada en estas palabras de P. Christian: «Mi vida no vale más de la de los demás. Pero tampoco vale menos» (Testamento). Ser concientes de esto significa dejarse cambiar constantemente en nuestra oración, en nuestra actividad y en nuestros deseos; entenderlo hasta el fondo supone la larga experiencia de dejarse tostar en el desierto. Ciertamente, nuestro ascetismo no debería degradarse en un simple proceso personal de perfeccionamiento espiritual.

 

            La vida común de Jesús con sus discípulos nos revela como debería ser nuestra vida comunitaria. El aspecto más fundamental de su manera de condividir la vida con ellos es que les amaba. Esta es la sola explicación convincente para entender porque ofreció su vida por ellos, y es además la explicación que él mismo ha dado (Jn 15,13). Este amor personal por cada uno de ellos y para todos entendidos como comunidad, se expresaba en su llamada de seguirlo, en su comunicarles los misterios del reino de Dios (Mc 4,11), en su paciente acción para formarlos y reprimirles, en su enseñarles como orar..., y más sencillamente, en su elección de pasar su vida en su compañía. Este mismo «amor más grande» que lo llevó a ofrecer su vida por sus amigos hizo que, al comienzo de su ministerio, les invitase a entrar en su amistad. ¿Cuál es la profundidad del afecto recíproco en nuestras comunidades? ¿Cuántas veces oscilamos entre «indiferencia», «irritación», «repugnancia», y lo que sería aún peor la «ignorancia completa», y también cuánto es raro encontrar un nivel de caridad fraterna? Podemos decir que amamos a nuestros hermanos, pero la prueba de la autenticidad de aquel amor es su eficacia. ¿En verdad nuestro amor supera realmente la distancia entre nosotros mismos y los demás, de tal manera que llegue a alcanzar, tocar, alegrar, y sanar? ¿Por qué no se lo pedimos?

 

            Viviendo la realidad de un Pentecostés pre-pentecostal con Jesús, es decir en el tiempo en que «el Espíritu aún no había sido dado» (Jn 7,39), pero ya los efectos de la exultación de Jesús en el Espíritu Santo se hacían notar (cf. Lc 10,21), los discípulos lentamente fueron aprendiendo a ser un solo corazón y una sola alma. Por lo tanto sabían que tenían una misión común. Comunidad de vida para una comunidad de trabajo / comunidad del donación al mundo. Jesús les envió a enseñar, a sanar, a exorcizar, incluso a resucitar a los muertos y nunca los envió solos sino de dos en dos. Así en su trabajo por el Reino, estaban reunidos en su nombre y estaban seguros de que el Padre celestial les escuchaba (cf. Mt 18,19-20). Tenemos necesidad de una mayor comunión de vida para poder identificar y desarrollar nuestro trabajo común. ¿Y cual podría ser este trabajo? Somos conscientes que hoy el trabajo variará de cultura a cultura, pero podemos individuar dos sentencias de Jesús que establecen un cierto contexto: «Predicar el evangelio a los pobres» (Lc 4,18) y «Mi paz os doy» (Jn 14,27).

 

            Las repetidas multiplicaciones de los panes (Mc 6,30-44 y 8,1-9 y par.) nos presentan la decidida compasión de Jesús por los pobres y nos amonestan a rechazar nuestro deseo de borrarles de nuestra sensibilidad. Como se expresa lapidariamente San Pablo en la carta a los Gálatas sobre su espontanea conformación al punto de vista de Jesús: «Una sola cosa nos pidieron: que nos acordáramos de sus pobres, y esto lo he tomado muy a pecho» (2,10). Es esencial que encontremos el camino para llegar a este entusiasmo.

 

            En lo que se refiera a la paz: Jesús nos ha dicho que el mundo no puede darla, y esta es una verdad evangélica que nuestra experiencia cotidiana debería hacernos suficientemente inteligentes para reconocerla. Pero nosotros podemos darla, porque Él nos la ha dado. Una parte de nuestro trabajo común será descubrir cómo conservar entre nosotros el don de su despedida, de tal manera que «miles de personas de nuestro entorno puedan ser salvados» (Palabras de San Serafín de Sarov): «Si tenéis la paz dentro de vosotros, miles de personas que os circundan, se salvarán»).


 

            ¿Y qué decir de nuestra contemplación? ¿Qué decir de su contemplación? Durante siglos hemos intentado encontrar las bases la seguridad de la misma en muchos pasajes del evangelio que se refieren a la constancia y a la frecuencia que caracterizaban la plegaria de Jesús. Tradicionalmente estas citaciones tendían a ser los pasajes más «contemplativos», los más abiertos a una interpretación «tranquila»: «Jesús se alejó para orar», «Jesús pasó la noche orando a Dios». Sería útil combinar estos pasajes con otros, por ejemplo: «Esta especie de demonio sólo puede salir con oración y ayuno» (Mc 9,29); «Mientras oraba, le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo», (Lc 22,44), y «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús no oraba solo «para divertirse», como dicen en inglés: Christus non sibi placuit (Rom 15,3). No oraba para ser más divino o para mejor experimentar lo divino. Su plegaria se caracterizaba por el dolor y la urgencia. Oraba para que el reino de Dios pudiese venir para todos los hombres, y oraba porque tenía una gran necesidad de encontrar la fuerza de permanecer fiel en el hacer y sufrir lo que era necesario para que descendiese el Espíritu sobre la humanidad. Para hacer esto, se olvidó de sí mismo a tal punto que llego a ser un cadáver sobre la cruz. Pero Dios no se olvidó de él: la resurrección es la gozosa demostración de esto. Podemos confiar que Dios no se olvidara de nosotros y podemos orar como hacía Jesús.

 

(El texto precedente fue escrito para la Reunión Regional de la Remila de 1998, que tuvo lugar en El Encuentro, México. Se me pidió desarrollarlo como documento de trabajo para el Capítulo General de 1999. He añadido al mismo las siguientes reflexiones.)

 

            El presupuesto básico de la primera parte de este documento es que la conformación a Cristo significa aceptar una vocación mesiánica. Jesús ha llevado a cabo su misión mesiánica, la cual es irrepetible. Por esto a nosotros, más que de tratar de repetir su misión, nos da el mandamiento de: «Hacedlo en conmemoración mía». Nos ha proporcionado una formación completa para esta misión («Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» Jn 20,21) - sus palabras, sus acciones, su modo de tratar a la gente, su modo de enfrentarse con la muerte y su triunfo sobre ella. Esta formación no es letra muerte, al contrario, es Espíritu y verdad, y si es aceptada seriamente nos dará la fuerza para ser lo que él era. Al mismo tiempo si él mismo ha sido arrebatado de nuestra visión, es «no para desentenderse de este mundo... sino para que vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo» (Prefacio I de la Ascensión). Y desde dentro del misterio de Dios nos espera y quiere que nosotros cumplamos nuestra tarea, para después encontrarnos de nuevo en el momento de la restauración de todas las cosas (cfr. Hch 3,21).

 

            Es importante darse cuenta que entender a Jesús como «Mediador» no implica un Jesús que se encuentra entre nosotros y todo lo que el universo comprende: Dios, la naturaleza, los otros, los sufrimientos, nuestro ser personal. Un Mediador no es un filtro, sino más bien y sobre todo un conectador - y un mediador perfecto es aquel que nos permite un contacto absolutamente inmediato con la realidad. Jesús es aquel perfecto y único mediador que con su descenso y su ascensión nos ha puesto en confrontación vital con el Padre y con el entero panorama de la creación del Padre.

 

            Todo esto es simplemente otra manera de expresar la naturaleza unificadora de nuestra espiritualidad. En la plenitud de la experiencia cisterciense, Dios ha unido inseparablemente su propio Espíritu con el nuestro, el Espíritu que ha creado el mundo, que ha llevado a cabo la encarnación, que ha resucitado a Jesús de la muerte y que ha convocado a la Iglesia desde todos los confines de la tierra. El Espíritu no es una «cosa» que nos ha sido dada por un Dios que queda esencialmente fuera de nosotros, y no es tampoco una chispa divina que proviene de un fuego inmenso pero distante. El Espíritu es la realidad divina que se nos ha dado, para ser «una» sola cosa con nosotros. Nosotros poseemos a Dios. Esto es lo que Jesús quería: «He venido a prender fuego en el mundo» (Lc 12,49). ¿Qué haremos con él, que es como carbón ardiente tirado no sólo sobre nuestras cabezas sino sobre todo nuestro ser?

 

            Para hacer una propuesta de como empezar la reflexión, se me permita indicar brevemente tres aspectos de nuestra vocación cisterciense: el amor, el sufrimiento y la filiación.

 

            1) Creer que «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5.5), significa aceptar que, desde ahora, en este mundo, el amor reside dentro de nosotros. En nuestros contactos con los miembros de nuestra comunidad, con nuestros huéspedes, con nuestros vecinos, con los pobres, y con la sociedad en general, no podemos decir - consciente o inconscientemente - «dejemos que lo haga Dios, que sea Dios a amarles». No existe un segundo Dios para amarlos: Dios ha puesto su amor en nuestros corazones, y es desde allí que él desea obrar. Quizá no nos hallaremos demasiado cómodos con esta decisión divina de amar partiendo de los límites de nuestros seres encerrados sobre sí mismos. Con todo, pertenecemos a una tradición que proclama (y no sólo como expresión poética) un «amor sin límites» - un amor realizado por las personas humanas y que no conoce límites - y vemos en personas como la Beata Gabriela come puede existir y funcionar perfectamente el amor divino dentro de este contenedor terreno. Si es verdad, como afirma la liturgia, que la Iglesia es «el templo del Espíritu Santo», (prefacio dominical VIII), nuestra responsabilidad de amar en lugar de Dios es ilimitada. La intuición impresionante de una religiosa moderna como Santa Teresa del Niño Jesús, («En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor».), no puede maravillar a nadie que acepte la enseñanza válida de los Padres Cistercienses, y sobre todo, de Guillermo de San Teodorico.

 

            2) «Completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). En cada generación la Iglesia tendrá necesidad de sufrimientos mesiánicos. Cuando el amor se encuentra con el mal - en nosotros mismos, como individuos, en otras personas, en las comunidades religiosas, en la sociedad civil - hay siempre sufrimiento, a menos que el amor se retire, y en aquel caso hay siempre sufrimiento para aquellos que dependían de nosotros para permanecer fieles a las promesas de nuestro amor. Me parece que dentro de la Orden, hoy día, nuestro «apetito irascibile» ha quedado debilitado; aquella capacidad de resistir lo que reconocemos como auténticamente malo, en lugar de: «Examinadlo todo, retened lo que haya de bueno» (1 Tes 5,21). Existe un amor imperfecto, caracterizado por el miedo, dentro de nuestras comunidades, ya sea entre los superiores ya entre los diversos miembros. Es el miedo de los demás, del sufrimiento que puede provocar la decisión cristiana y monástica de desafiar recíprocamente el mal. ¿No es este miedo de sufrir lo que constituye el obstáculo principal para encontrar una manera práctica de restaurar la corrección fraterna, y realizar así la necesaria reforma y renovación de la Orden? Y ¿cómo remover este obstáculo? Es necesario asumir el peso de la última bienaventuranza: «Dichosos los perseguidos por causa de la justicia» (Mt 5,10). Cristo entró en su gloria a través de sus sufrimientos y entró en sus sufrimientos a causa de su enfrentamiento con el mal. Ahora toca a nosotros ir y hacer lo mismo: continuar en la medida en que es posible sus sufrimientos mesiánicos combatiendo el mal donde se encuentre, comenzando en nosotros mismos.

 

            3) Cuando retornó al Padre, Jesús dejó tras de sí, no uno sino muchos dones: su Cuerpo y su Sangre, su paz, su Madre, su Espíritu. Todos estos dones derivan del gran don que entregó en el momento mismo de su ascensión - su relación con el Padre: «Subo al Padre mío y Padre vuestro» (Jn 20,17). La formación de los discípulo según San Juan comenzó con ser siervos para llegar a ser amigos y encuentra su culmen en la filiación. Yo voy al Padre para poder daros el Padre.

 

            ¿Que comporta esta relación? La intimidad con Dios, una radical obediencia a Dios, dejarse conformar por Dios. ¿Que exige esta relación? Una oración ininterrumpida y una vida sostenida por esta plegaria y que la encarne de alguna manera. Desde los tiempos de los Padres del desierto en Egipto, los monjes han comprendido que su vocación monástica consiste en ponerse delante de Dios, para dejarse modelar por Dios (patiens divina), dejarse deshacer y rehacer como hijos, «ser dioses en el Uno» (Evagrio).

 

            En mi caso personal, al menos - y dejo a los demás sus reflexiones sobre sus propias experiencias - yo me encuentro sujeto a un terror en la plegaria, causado por la cercanía divina y al mismo tiempo por su lejanía, la experiencia de dejarse deshacer y rehacer. Este terror puede reducirse viviendo de manera suficientemente imperfecta de modo de tener a Dios a distancia. «¿Que quieres de mí, Santo de Dios? ¿Has venido a atormentarme antes de tiempo? (cf. Mt 8,29). Sin embargo yo sé que me espera un lugar - un lugar que puede llamarse Moriah, Yaboc, Horeb, Getsemani y, más recientemente, Atlas - y sé que, como contemplativo, debo estar allí.

 

            La tradición Hasídica afirma que en cada generación existirán treinta y seis justos sufrientes, los cuales, sin que ni ellos ni nadie lo sepa, asumen el deber de estar en presencia de Dios para ser las columnas de su creación. Y ciertamente es una buena causa. ¿No podríamos nosotros cistercienses formar parte de este número?

 

Bernardo BONOWITZ

Novo Mundo - Brasil