LA GRACIA CISTERCIENSE HOY: CONFORMACIÓN CON CRISTO

 

(LEYENDO ALGUNAS IMÁGENES DE CRISTO)

 

Blanca López Llorena

 

Introducción

 

            Presentamos este Documento de Trabajo para una posible ayuda en la redacción del Informe de la Comunidad. Nuestra aportación es una síntesis de lo hecho en la RE. Las divisiones numéricas indican distintas procedencias del material, tomado de los diversos trabajos presentados por algunos miembros de la Región Española. Por fuerza hemos tenido que prescindir de muchos textos, especialmente de las fuentes bíblicas y patrísticas, limitándonos a las más destacadas de la vida monástica cisterciense, para no exceder los límites señalados.

 

             Jesús de Nazaret, Hombre entre los hombres, el Verbo hecho carne, descendiendo hasta nuestra miseria humana, la incorporó al proceso de ascensión hacia la divinidad. Para un cisterciense, este proceso tiene una doble vertiente para llegar a su objetivo. Es a la vez personal y comunitario. Por una parte, la implicación indispensable de cada uno en compromiso serio y coherente con la Persona de Cristo, por otra, el marco contextual en que se desarrolla: la comunidad cisterciense de nuestro tiempo. El “yo” individual y el “nosotros” colectivo. La persona y la comunidad en una interacción mutua complementaria. He aquí la base sobre la que se construirá nuestra personalidad humano-divina, nuestra conformación con Cristo, el cual tenga a bien llevarnos a todos juntos a la vida eterna.

 

            Trazar una imagen es poner los rasgos más destacados y evocadores de una persona, ya sea de una situación concreta o de toda su vida. Esos rasgos más o menos fieles, de la persona evocada seleccionados por el artista, en tanto rasgos de la misma, no son entre sí excluyentes sino complementarios. Es importante tener en cuenta esta complementariedad de las imágenes de Cristo. Cada persona, incluso cada comunidad, posee unas capacidades para acomodarse a una u otra imagen. Constatamos con frecuencia que tal o cual comunidad se caracteriza por su acogida, o por su austeridad y pobreza, por su unidad y caridad o por ser más acomodaticia al entorno social etc.

 

            Para un cristiano, Cristo es el modelo, nuestra forma humana prototípica de la que todos somos imagen y hacia la que tiende nuestra esencial aspiración: ser una imagen lo más perfecta posible, no en cuanto a sus rasgos externos, sino, sobre todo, de la naturaleza íntima del modelo: Cristo. Este Modelo será tanto más asumido y asumidor cuanto más contemplado y verificado, más contactado y escuchado. Será preciso permanecer tanto ante El que la Fuerza que emana de su Persona pueda ir realizando en nosotros su obra, y su influjo modelador vaya transfiriéndonos, como por ósmosis su forma, a la vez que, por nuestra parte, ofrecemos nuestra activa pasividad que acoge en silencio esperanzado su acción transformadora.

 

            En coherencia con este principio, el enfoque del tema: La gracia cisterciense hoy: conformación con Cristo” para la reflexión en las comunidades, tuvo la pretensión de ofrecerles algunas imágenes de Cristo que la Regla, los documentos primitivos, los escritos de nuestros Padres, y las diversas instancias de la Orden nos han proporcionado a lo largo de su Historia, para que iluminando nuestro presente, con sus aportes y escollos, valores y contravalores, nos ayuden en este proceso de identificación y conformación con Cristo.

 

I. - Cristo Hombre

 

            1.1. - En Cister. - Podemos sostener que el monacato cisterciense hace de la humanidad de Cristo el instrumento primario de la llamada ascensión espiritual. Los rasgos biográficos de Jesús, su infancia, sus correrías apostólicas, sus sufrimientos, sus expresiones compasivas con los pobres y pecadores, su muerte. Guillermo de Saint-Thierry sabe bien sus efectos saludables y por eso dedica su meditación décima a la humanidad de Cristo y de su cruz. Y S. Elredo en su tratado Cuando Jesús tenía doce años.

 

            La miseria congénita del cisterciense encaja en la miseria asumida por Cristo. Se hace inseparable. Pero el monje no sólo se ejercita en consideraciones espirituales; debe, en cierta manera, llevarlas a la práctica mediante el compromiso de la humildad, a través de las humillaciones. La humildad dignifica al monje y lo dispone para mejor acoger la gracia salvadora.

 

            La vida terrena de Cristo es efecto de una infinita condescendencia con la debilidad humana. Por eso el contacto con la humanidad de Jesús constituye la mejor guía para la contemplación de la divinidad. La contemplación de los misterios de su vida, en particular los de su infancia y los de su Pasión, posibilita un trato familiar y humano con el Salvador. La piedad se hace tierna y afectiva. Pero sería erróneo pensar que una piedad cristológica de este corte pecara de sentimentalismo y de ansia de emociones sensibles. Por el contrario se nutre de la Biblia y de la Liturgia y sabe compaginar la doctrina con la devoción.

 

            Pero estas consideraciones cristológicas no se explican por sí mismas. Proyectan al monje hacia una auténtica peregrinación transformativa. A través de las humillaciones de su condición carnal, el monje se proyecta hacia una dimensión nueva, espiritual, divina: la condición del Verbo. Es la auténtica peregrinación del corazón, el éxodo, la salida de Egipto. La miseria sentida por el monje y por Cristo en su Encarnación hacia la tierra de promisión, la Jerusalén celeste, la condición divina accesible a la humanidad por la misericordia.

 

            1.2. - Siglo XVI. - Nuestra espiritualidad cisterciense, con un marcado carácter cristocentrico, ha tenido muy presente, en todas sus épocas de retorno a los orígenes, esta dimensión humana de Cristo complementaria de la naturaleza caída del hombre y único camino de acceso a la Trinidad.

 

            Froilán de Urosa, monje y abad de Huerta, nos deja un testimonio vivo en su “Instrucción de novicios cistercienses de la congregación de S. Bernardo”, (Castilla). Esta obra, con sus seis ediciones, sirvió de manual para forjar el espíritu de los jóvenes novicios en el carisma cisterciense y gozó de merecido prestigio. Fiel discípulo de S. Bernardo, presenta a la consideración de los novicios los misterios de Cristo: Verbo encarnado en la Anunciación, nacimiento en Belén, Pasión, etc.

 

            1.3.1. - Siglo XX. - Más próximo a nosotros, D. Ambrosio pone de relieve en su primera carta a la Orden, 1975, cómo los primeros monjes cistercienses tenían centrada su espiritualidad en la humanidad de Cristo con un fuerte carácter afectivo más que intelectual. “El novicio tiene que ser conducido a una adhesión personal profunda a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre”. También señala en esta carta cómo la renovación verdadera viene de una adhesión profunda y sincera de las personas con Jesús en la vida y en el camino que hemos elegido.

 

            1.3.2. - En Dom Bernardo Olivera quizá lo primero que salta a la vista en sus cartas es el carácter más latino, y por ello más afectivo, e incluso pasional, de la manifestación -al menos verbal- de su experiencia personal de encuentro con Cristo como desencadenante de todos los procesos humanos-vocacionales vividos por él. El seguimiento de Cristo es objeto de especial atención para él, apuntando, sobre todo, a la efectividad, realismo y radicalidad del mismo: “Más que a su enseñanza, volver a su Persona. Si nos acercamos a su Persona entenderemos su enseñanza. Si nos quedamos con su enseñanza sin acercarnos a su Persona, dudo que sea su enseñanza.

 

II. - Cristo pobre

 

            2.1. - En la Regla. - S. Benito es severísimo con el vicio de la propiedad que, por encima de todo, se ha de arrancar de raíz (RB.33,1). Vicio detestable que no sólo no debe ser visible sino que no le ha de quedar posibilidad de aparecer. Todo se ha de poseer en común. El monje no tendrá nada propio, nada en absoluto. No le es lícito nada superfluo en su haber, ni se le permite dar o recibir regalos sin permiso, ni aún tiene potestad sobre su propio cuerpo ni sobre su voluntad. El monje que necesite menos dé gracias a Dios.

 

             Esta severidad, sin embargo, cederá su rigor ante circunstancias concretas. El abad cuidará de que no se falte a la pobreza y castigará este vicio nefasto. Es el gran responsable y ha de permanecer atento a los abusos y a las necesidades. Pero se ofrece a la discreción del abad un amplio margen, según las circunstancias, que atenuarán tan estrictas exigencias: dará a cada uno lo que necesite y tendrá en cuenta hasta los mínimos detalles: las estaciones, el clima, la edad, la salud, la estatura, las costumbres. No hará acepción de personas y no ha de olvidar que de todo cuanto disponga, Dios le juzgará. La pobreza es un marco de absoluta dependencia para el monje. Todo lo esperará del padre del monasterio. Imagen perfecta de la dependencia que nos ha de vincular con el Padre del cielo.

 

            2.2. - En Cister. - El seguimiento de Cristo en clave de pobreza es una de las notas más peculiares de la reforma cisterciense original. Los primeros cistercienses se autocomprenden como pobres, pobres de Cristo (E.P. XII,8; E.C.II,7), que han optado por una vida de configuración con El. Esta es, quizá, la imagen que, con más fuerza, aparece en los documentos primitivos. Cuando el Exordio de Cister narra la crisis vocacional sufrida por el Nuevo Monasterio en los primeros años de la fundación, compendia de algún modo el proyecto cisterciense en la palabra pobreza, paupertas:

 

            Los pobres de Cristo sólo temían y, en verdad, temieron casi hasta la desesperación, una sola cosa: el no poder dejar herederos de su pobreza” (II,7).

            Sin embargo, el Cristo desnudo y pobre de Cister no es un Cristo-Mendigo como podía serlo el de un Roberto de Arbrisel o como será después el de los franciscanos. El Cristo pobre de Cister es más mesurado y más evangélico. Jesús no fue mendigo, fue un auténtico pobre de espíritu que vivió en entera dependencia del Padre y que no vino a hacer su voluntad sino la del que le envió. En esta misma línea la pobreza cisterciense se traduce en desposesión y desprendimiento interior, según el principio de la Regla: “Nadie llamará propia ninguna cosa del monasterio.”

 

            Pobres con Cristo pobre, empezaron a tratar entre sí sobre el modo, el tipo de trabajo o la actividad con que, en aquel género de vida, podían sustentarse a sí mismos y a los huéspedes, ricos o pobres, que vinieran a ellos y a los cuales la Regla manda recibir como a Cristo” (E.P. XV,9).

 

           La pobreza se explicitará en el trabajo, sencillez de vida, ausencia de lo superfluo en alimentos, vestido, edificios, liturgia. Nuestros Padres harán hincapié en el compartir con los pobres, huéspedes y peregrinos, vida común, bienes materiales y espirituales en común, la miseria en común, con la doble ventaja de que la pobreza individual se enriquece con los dones de los demás y el peso de la miseria es asimismo compartido y aligerado con los demás.

 

            2.3. - En el transcurso de los siglos, la tendencia innata del hombre a poseer, pondrá en peligro el ideal primitivo. El capítulo de 1191 reconoce: “que la Orden de Cister tiene la reputación de comprar y adquirir constantemente, y que el amor a la propiedad ha llegado a ser una plaga”. Y, serían innumerables las citas de los Capítulos Generales durante los siglos XIII y XIV con advertencias sobre la pobreza. La historia de la Orden se va a ver oscurecida con los esplendores de la prosperidad material, el afán de poder y como consecuencia el abandono de la primitiva austeridad. El fiel de la balanza estará siempre oscilando en un difícil equilibrio entre “superfluo” y “necesario” no sin presiones de un lado más que de otro.

 

            2.4.1 - Siglo XX. - La historia es maestra de vida y examinar el pasado es leer claramente el itinerario a seguir. Esta mirada nos permitirá distinguir los valores permanentes que nos devolverán un rostro cada vez más evangélico y cisterciense. Nuestros últimos abades generales, con profunda intuición, han afirmado constantemente estos valores recordándonos aquello que fundamenta nuestro carisma.

 

            “Jesús es el gran pobre de espíritu..” Podríamos afirmar que estamos en lo esencial de la doctrina de D. Gabriel Sortais. “El medio que escogió Jesús para manifestar su amor es el más absoluto de los despojamientos ...Jesús en la cruz es el gran Pobre..” Para Dom. Gabriel la pobreza de Cristo es pequeñez, abandono, espíritu filial. Insistirá en que seguir a Jesús consiste ante todo en conformarnos con su pobreza. En su carta de adv. del 58 afirma: “La cumbre de la vía unitiva no es sino la cumbre de la pequeñez”. Porque “el mismo Jesús se reservó el proclamar esta ley sorprendente que es la ley de la espiritualidad cristiana : “El más pequeño entre vosotros es el más grande”. Y en otro lugar:“El despojamiento monástico no sólo nos conduce al Reino sino que lo hace presente . Jesús declara bienaventurado al que tiene un alma pobre porque posee -en presente- el Reino de los cielos”.

           

             El rasgo más destacado de las cartas de D. Ignacio Gillet es la obediencia en Cristo. Toda su existencia terrena no es sino una prolongación en su naturaleza humana de la eterna obediencia y glorificación del Padre. Su descenso de la altura inconmensurable de la divinidad, hasta la pobreza y miseria de nuestra naturaleza no tiene otro objeto que el de enriquecernos divinizándonos. Cristo es el Amén, el testigo fiel y verdadero. El Verbo es desde toda la eternidad el “Sí” incondicional al Padre: pura acogida receptividad, escucha, obediencia perfecta. Si la obediencia ha conducido a Jesús a la cruz es preciso seguir sus huellas. La obediencia, la cruz, la renuncia, formarán parte de nuestras vidas. Tocamos el núcleo más profundo de la pobreza: renunciar a la propia voluntad y libertad es la más radical desapropiación a que se puede llegar.

 

            2.4.2. - D. Ambrosio Southey analiza el contenido de la palabra “pobreza”y expone los distintos matices de ella: (Carta del 83) “Si nuestra pobreza es verdaderamente evangélica ha de brotar de un auténtico amor a Cristo”. “Debemos intentar entrar en la mente y corazón de Cristo”. Habrá de ser una pobreza efectiva y será preciso que se exprese en todos los aspectos de la vida: las modalidades de trabajo, las cuentas bancarias, los edificios. Concluirá recordándonos, con la humildad que le caracteriza, “que el elemento más importante de la ‘pobreza religiosa’ es la actitud interior... La insistencia de Cristo en la pobreza, según me parece a mí, iba muy unida a su enseñanza sobre el reconocimiento y aceptación de nuestra pobreza original, es decir, sobre nuestra total dependencia de Dios.

 

            La enseñanza de D. Bernardo en este particular es insistente y exigente. El seguimiento de Jesús pobre expolia toda propiedad e intereses propios para compartir bienes y llegar en la renuncia a una “voluntad común”. La primera de las “líneas inspiradoras” de la nueva etapa de renovación inculturada la anuncia así:“Seguimiento de Jesús, con María, según la radicalidad del Evangelio: “Dejando atrás todo lo que no es Cristo, vivamos unidos y pobres con Cristo pobre!”  (C.G. 1996). La categoría -linea inspiradora- la prioridad, el énfasis que le concede son significativos . Recordemos también su homilía en Cister del 21 de marzo de 1998 donde se nos invita a:

            “-Renunciar a los bienes materiales para adquirir el mayor y único bien: Jesús.

             -Desterrar la propiedad privada individual por tratarse de un terrible vicio.

             -Trabajar para ganarnos el pan de cada día y compartir con quienes no lo tienen.

             -Simplificar nuestra existencia para entrar por el camino austero que lleva a la vida.

             -Compartir los bienes con los desposeídos de esta tierra.

             -Preferir aquellos seres humanos que han sido más quebrantados por nuestra                      inhumanidad.

 

            2.4.3. - Nuestras Constituciones plantean así la pobreza:“sin reservarse nada de sus bienes, ni siquiera el dominio de su propio cuerpo, renuncian incluso a la capacidad de adquirir y poseer” (C.10).

 

III. - Cristo maestro

 

            3.1. - En la Regla. - El monasterio como escuela de la que Jesucristo es el Magister, tiene evidentes referencias benedictinas. La fórmula de S. Benito: “escuela del servicio del Señor” (R.B. pról. 45), no tiene otro significado que el de aprender a servir a Cristo, es decir, aprender a Cristo mismo, a configurarse con Él. Nunca se trata de un aprendizaje puramente intelectual, sino integral, vital, espiritual, impartido por el propio Cristo (pról.50), que enseña el camino de los mandamientos por el que los hermanos corren con el corazón dilatado.

 

            Este “servicio”, que es el hecho mismo de la vida cristiana en el monasterio, se expresa con dos términos: servitium y militia. El servicio como milicia tiene su cita escriturística en 2Tm. 2,4. El monje que se consagra a la milicia de Cristo debe “hacerse ajeno a la conducta del mundo” (RB 4,20). Hay que notar que los términos “milicia” y “militar”, en la Regla y en la época imperial, designan a la vez el servicio militar y el civil. Por eso, el que milita en la escuela del servicio del Señor es al mismo tiempo soldado y servidor.

 

            3.2.1. - En Cister. - El Exordio Parvo (XVII,2) ofrece a este respecto su fórmula propia:

            “El hombre de Dios, Alberico, después de haberse ejercitado felizmente durante nueve años y medio en la disciplina regular de la escuela de Cristo, pasó al Señor, glorioso por su fe y sus virtudes”. En otro lugar (XVI,5) denomina al Nuevo Monasterio y a la observancia cisterciense “milicia espiritual”, y el Exordio de Cister (I,8) califica a los fundadores de soldados de Cristo. De este modo los “pobres de Cristo” son también “soldados de Cristo”, y el Cristo pobre es al mismo tiempo el Rey, el Señor y Maestro, como afirma la Carta de Caridad (pról.2).

 

            3.2.2. - La escuela de Cristo es sin duda el primero y más fundamental marco simbólico del cisterciense. Su claustro es una escuela de Cristo. Cristo es el preceptor que aglutina mil elementos confluyentes en una sola obra: el abad, los hermanos, la disciplina, el ambiente. La escuela educa con la palabra. Por eso la escuela de Cristo es también la escuela del Verbo. Escuela de la Palabra de Dios. Ella dilata, perfora el oído del corazón para hacer del monje un auténtico discípulo de la Palabra. En esta escuela, Cristo educa eficazmente como un médico verdadero: curando y sanando, y como maestro verdadero: modelando las estructuras mentales.

 

            Toda la vida del monje se halla sometida a este proceso de educación, que es asimilación personal del plan de salvación. La educación o formación de la comunidad cisterciense gira en torno a la celebración litúrgica de los misterios de Cristo y todo el resto de la jornada estará vinculado a estos acontecimientos participativos.

 

            Hay también unos dinamismos que marcan el proceso de asimilación personal: los llamados dimensiones inferiores del Verbo, los rudimentos de lo que constituye la pobreza. Los pobres de Cristo deberán adaptarse a lo despreciable de Cristo. La Palabra de Dios, el Verbo, al hacerse hombre, asume la condición de la debilidad humana, la sombra, la miseria, para adaptarse a la condición frágil y débil del hombre. El Verbo encarnado se convierte en Verbo abreviado, Palabra concisa. Es una invitación a seguir una ruta asumiendo la Gran Paradoja Revelada: luz apagada, palabra callada, agua sedienta, pan hambriento, alegría triste, confianza temerosa, salvación sufriente, vida agonizante, debilidad robustecedora.” (S.Bernardo serm. VM 2.9). Eso que para Guerrico constituye su máxima preocupación, la formación de Cristo en nosotros, en cuanto grupo comunitario y en cuanto individuo. Cristo es la forma divino-humana que se in-forma en nosotros.

 

            3.3. - Pasado el siglo de oro cisterciense, la figura de Cristo Maestro de los cistercienses queda velada y oscurecida. La ignorancia llega a ser mofa de las nuevas órdenes, dominicos y franciscanos, ampliamente formados para predicar y combatir las herejías. El colegio de S. Bernardo de París nace de este imperativo de formación y llena con eficacia esta laguna.

 

            3.4.1. - Siglo XX. - Omitiendo pormenores de la historia podemos decir que en las últimas décadas hay una clara conciencia de que una formación integral sólida se impone para un seguimiento de Cristo más consciente, motivado y coherente.

 

            Es interesante, en este aspecto, la carta de D. Ambrosio del 77 donde toca varios aspectos de la formación inicial insistiendo en la importancia de sus distintos niveles: intelectual, humano, espiritual; en las características, en las personas y comunidad implicadas. Sin olvidar esto es preciso poner el acento en “formar para la vida contemplativa”. “La vida monástica no es un ideal puramente abstracto. Es un modo particular de seguir a Cristo, de vivir su enseñanza (...) Por eso me parece que toda nuestra formación espiritual debe comenzar ahí. Exige compromiso de sí y compromiso con una Persona”. Subrayando que aquí es donde debe enmarcarse la vivencia de la lectio-oratio-meditatio, los sacramentos, el amor fraterno.

 

           Cristo Maestro es quizá el título más frecuentemente aplicado a Jesús por nuestro actual Abad General, ya sea como rabí cuyo atractivo irresistible arrastra tras de sí o como persona cuya misión es la de impartir una enseñanza. El Maestro Jesús nos despierta del sueño cotidiano. En su camino hacia Jerusalén varios tratarán en vano de seguir al Maestro. Después de la resurrección del Maestro, convertirse al Reino significa convertirse a Jesucristo. De la homilía conclusiva del 93 son estas palabras: “El Reino es nuestra ‘schola caritatis’. En esta Escuela, Cristo es el Maestro y todos nosotros sus discípulos. Él mismo, como Maestro nos enseña la disciplina del amor mutuo que es distintivo de sus discípulos. El que ama al prójimo comulga con la voluntad del Maestro y le ama; el que no ama a su prójimo ofende al Maestro y se excomulga de la mutua comunión con Él y en Él”. Y en otro lugar: Las bienaventuranzas mateanas presentan el retrato del verdadero discípulo, presentan el retrato del Maestro mismo, cuyas huellas hemos de seguir y cuyos sentimientos hemos de poseer. Nuestra Escuela de Caridad encuentra su unidad en el único Maestro de dicha escuela”. ( Homilía de apertura del Cap. del 96).

 

            3.4.2. - Nuestras Constituciones y Ratio son concluyentes para expresar el fin de la Escuela de Caridad: “La formación en la vida cisterciense tiene como fin restaurar en los hermanos la semejanza divina por la acción del Espíritu Santo... hasta alcanzar progresivamente la madurez de la plenitud de Cristo” (C.45,1).

 

IV. - Cristo imagen de Dios-Amor

 


            4.1. - En Cister. - El amor, en todas sus manifestaciones divino-humanas embellece e ilumina todas las páginas de la abundante literatura que los primeros cistercienses nos legaron, testimoniándolo con una espontaneidad, agudeza y amplitud sólo explicable en quien habla de una profunda experiencia y conocimiento. Tratados completos: “De diligendo Deo”; Speculum caritatis”; “De natura et dignitatis amoris”; sermones, ocasiones múltiples, explican los grados del amor, los matices, las características, lo que se opone, lo que lo estimula. La destreza de nuestros Padres en expresar su experiencia y su empeño por transmitirla manifiestan una vez más que el amor es “difusivo”. Todo el secreto de la Escuela de Caridad está aquí. Es una ciencia aplicada. Se enseña amando. El amor es al mismo tiempo don y recompensa: “Su ejercicio es su fruto”. “El amor restaura la imagen divina deteriorada por el pecado porque Dios es amor”. El amor de Cristo nos ha congregado y correspondiendo a su amor nuestros corazones convergen en la medida del realismo de esa correspondencia. Elredo se expresa bellamente en su proyecto de amistad. Todos unidos, creamos unidad, mediante un amor que aglutina la debilidad de los miembros en la realidad de Cristo.

 

           4.2. - Siglo XX. - A lo largo de las vicisitudes por las que ha atravesado la Orden en estos nueve siglos, el proceso de acomodación a los signos de los tiempos habrá estado más o menos acertado en la expresión del carisma cisterciense. Lo que sí podemos decir es que su vitalidad y la fuerza de su testimonio estará siempre en estrecha dependencia con la vivencia del amor de cada uno de sus miembros por Cristo y los hermanos. Todos sabemos esto y, afortunadamente, nuestros Abades Generales de estas últimas décadas no han cesado de insistir y recordarnos lo que es fundamental. Las cartas de Don Ambrosio mencionan este tema con frecuencia. Su carta del 87 nos da la clave para valorar las múltiples adaptaciones postconciliares habidas en la Orden. “La respuesta es el amor”. El último criterio de discernimiento sobre nuestra propia vida y la de nuestras comunidades está ahí. Si algo nos ayuda y nos hace crecer en el amor estamos entonces en el buen camino. Todos aceptamos que Dios es Amor, pero es preciso llegar a una convicción profunda que cambiará totalmente nuestro dinamismo interno. Llegar a esa convicción es un don, es experimentar, no teorizar sobre el amor de Dios.

 

            Dom Bernardo, con lenguaje conciso, claro, agudo, vehemente, “a gritos ”proclama su “evangelio de la Schola Caritatis”, en su carta del 96 donde prodiga las “sentencias” incisivas y sin atenuantes: “Nada más importante que amar, es más importante amar que vivir, porque vivir sin amar es morir. Se vive porque se ama y se vive para amar. El amor es vida del moriente y muerte del viviente”. “(...) el ejercicio del amor ferviente, que sólo busca el interés ajeno, nos conforma con Cristo...”. La propia vida se posee desde los OTROS”. Todas sus cartas, de una u otra forma, reorientan al amor.              

 

V. - Cristo Profeta del Reino

 

            5.1. - Un rasgo muy importante en la imagen que presenta Dom Bernardo y que me parece original suyo, al menos en el énfasis implícito (y explícito), que le otorga, es la dimensión de Jesús como profeta del Reino.

 

            De sus cartas y conferencias podemos extraer varias propuestas lanzadas en clara proyección de futuro y numerosas ocasiones en que él mismo se revela en actitud expectante con los ojos en el horizonte tratando de descubrir los hitos que emergen señalando un camino. Suscita interrogantes que nos alertan en una determinada dirección, cuestiona viejas concepciones, ofrece su Buena Noticia a todas las culturas y amplía el espacio de diálogo y


comunión para la familia cisterciense, para un mayor protagonismo de la mujer en general y dentro de la Orden en particular y para una más aguda visión de los retos contemporáneos: Baste recordar sus utopías o sueños, sus insinuaciones insistentes destinadas a impulsar la formulación de una nueva antropología, su deseo de “tejer una red de amistad con tantos bautizados que reconocen en sus corazones el mismo don (cisterciense) que nosotros” (Carta 1998. p. 12).

 

            En este contexto, la recuperación significativa de Jesús de Nazaret como profeta del Reino puede contribuir enormemente a la renovación de la actualidad novedosa de la vida monástica en el mundo, ofreciendo una nueva visión sobre el dónde está poniendo sus esfuerzos. Esta profecía del Reino debería hacer de nuestros monasterios auténticas parábolas para los demás. Esto exige -por una parte- la asunción personal de que nuestra relación personal con Jesús de Nazaret es transformante también para los otros, de ahí nuestra responsabilidad en no estancarnos ni acomodarnos en una espiritualidad estática que se vuelve sorda a las mociones del Espíritu de Jesús que habla en la historia de los hombres y mujeres, en sus necesidades, carencias, inquietudes y logros. Y, por otra parte, exige que nuestros monasterios encuentren la forma de conectar y comunicar -desde nuestro propio carisma- de una manera más intensa con la iglesia y la sociedad en que se mueven.

 

            El futuro de la vida monástica está invitado por la propia Iglesia a ser el lugar privilegiado del encuentro ecuménico interreligioso -así aparece en nuestras Constituciones.

 

VI. - Cristo centro de la vida cisterciense

 

            6.1. - En la Regla. - El monacato cisterciense nace de una opción radical por el seguimiento de Cristo. Opción netamente expresada en la Regla que los fundadores quieren seguir fielmente, no tanto por fidelidad a su literalismo como por ser expresión de su deseo profundo de identificación con Cristo. El prólogo de la R.B. es una admirable exposición del sentido de la vida del monje. Empieza y acaba con una inclusión que orienta su contenido. Cristo está en el inicio de la vida del principiante. Él es el que le llama: “escucha, hijo,...” (pról. 1), y Cristo está en el término. Él es el fin al que se dirige el monje. “Perseverando en el monasterio hasta la muerte...”  (pról. 50). Más aún, Cristo está a todo lo largo de la vida del monje. “Sigamos sus caminos, tomando por guía el evangelio...” (pról.21). “Por donde el Señor dice también en el evangelio: (pról. 33).

 

            El sentido, pues, del prólogo, que quiere trazar el itinerario del monje, es eminentemente cristológico. Y lo mismo hemos de decir de toda la Regla, que se abre y se cierra con la figura de Cristo como principio y como fin. El capítulo 73, epílogo de la misma, concluye: “Practica con la ayuda de Cristo...”  La Regla muestra a Cristo presente: en el abad, en los hermanos, especialmente en los enfermos, en los débiles, en los pobres y peregrinos que llaman a la puerta del monasterio, en las cosas, que se han de tratar “como vasos sagrados”. Toda la vida del monje transcurre en continuo diálogo con el Señor. El Señor “dice”, “responde”, “llama”, su voz divina “grita”, “nos muestra el camino de la vida”....”nada estiman tanto como a Cristo” , “no anteponen nada al amor de Cristo”(4,21). Repetido al final con más énfasis : “no anteponer absolutamente nada al amor de Cristo” (72,11).

 

 


            6.2. - En Cister. - El “propósitum” de los primeros cistercienses no era otro que Cristo mismo. Cristo convive con ellos verdaderamente en la perenne sucesión de las horas y de las estaciones. No se busca sino a Cristo, no se lee a otro que a Cristo y no se ora a Cristo sino que se vive a Cristo, modelo, mediador, salvador y guía del éxodo constante del monje. Cristo y sus misterios constituyen la atmósfera envolvente de los primeros cistercienses. De ella hablan, de ella escriben, de ella respiran.

 

             6.3. - A finales del siglo XII se advierte en los escritores cistercienses una real evolución de enfoques y contenido. La espiritualidad es de sesgo individual con síntomas de deterioro del compromiso comunitario. El equilibrio unitario de la vida comienza a desmoronarse. Las observancias adquieren protagonismo y la devoción intimista embarga la cristología y en cierto modo la empobrece.

 

            6.4. - En la progresiva decadencia de la Orden, algo estaba desplazando a Cristo del centro de la vida de Cister. Todo se vivía según los “Instituta”, no obstante, la vida espiritual estaba decayendo mientras las observancias, riquezas de los monasterios, y el afán de poder, adquirían excesiva estima.

 

            En el capítulo de 1303 se escucha el discurso del abad Justo. Cristo ha dejado de ser el Centro. Según él no se practicaba lo prescrito por el Exordio Parvo “..seguir pobres con Cristo pobre”.

 

            Los siglos XIV y XV acusan el progresivo desmoronamiento de la Orden. La encomienda, la peste negra, la Guerra de los cien años, el cisma de Occidente, el protestantismo contribuyeron a esta postración. No obstante, se añora el ideal primero y una reforma que tardará largos años en concretarse.

 

            Con el Concilio de Trento surge un movimiento de renovación dentro de la Iglesia y una gran inquietud en la Orden por volver a las fuentes. El movimiento renovador se inicia pero sin las características de la “Escuela de Caridad”. En el capítulo de 1618 se confirmó oficialmente la Estrecha Observancia. Lo vivido en la llamada “Guerra de las Observancias” entre los “abstinentes” y los “no abstinentes” quedaba lejos de la paz benedictina y de la genuina mansedumbre de los autores de la Carta de Caridad. Sin embargo, pese a las sombras que la oscurecen no faltaron luces esplendentes en nuestros monasterios y “la vida que en ellos se llevaba edificaba a aquellos que eran testigos de ella”.- escribe un monje anónimo de Timadeuc -. Surge una nueva espiritualidad:  la “Devotio moderna”. La “Imitación de Cristo” desplaza a los escritos de nuestros Padres. No es el espíritu de los orígenes pero esta “Devotio” salvaría, en parte, el vacío espiritual existente.

 

            Con la reforma de Rancé, que concibe el monacato como una vida penitencial, se impone un ascetismo exagerado, el que impera en Francia en el siglo XVII. Se ve a Cristo como Juez, Dios lejano y mayestático, con matices jansenistas. Sin embargo, a pesar de la desviación tan patente del primitivo espíritu de Cister, la Estricta Observancia y la Trapa, dieron a la Orden abundantes frutos de santidad y la condujeron hacia un futuro próspero.

 


            6.5.1. - Siglo XX. - En 1892 se constituye nuestra Orden como autónoma, la que hoy llamamos Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia. Hubo grandes Abades Generales que fueron logrando la unidad interna, así como un retorno al espíritu original de Cister. Si en sus comienzos la observancia y la uniformidad son causa de excesiva preocupación e incluso obstáculo para la unión, se llegó, no obstante, a unas mismas Constituciones.

 

            D. A. Marre (1904-1922), gran personalidad humana y espiritual, promovió, en su largo mandato, la formación, la caridad y unión en la Orden, la simplicidad, que con palabras suyas, “...constituye el fondo mismo de la vida cisterciense”. Su sucesor, D. Juán Bautista Ollitrault diría de él : ... “A Mns. Marre , sobre todo, es a quien debemos lo que somos”.

 

            Con D. G. Sortais (1951-1963) comienza una auténtica evolución en la Orden que culminará con el Decreto de Unificación y el “Estatuto de Unidad y Pluralismo”del Capítulo del 69. Hemos pasado de una comunidad de observancias a una comunidad de comunión y esto se hace cada vez más claro y real, entendiendo que no se trata de un cambio radical, como si antes no hubiera comunión en la observancia ni ahora observancia en la comunión. Es cuestión de acentos.

 

            6.5.2. - El Capítulo General de 1969 es de capital importancia en esta renovación. Con la “Declaración sobre la vida cisterciense” y el “Estatuto de Unidad y Pluralismo”, se ponen las bases que encauzarán e impulsarán toda la evolución posterior de la Orden y culminará con la aprobación de las Nuevas Constituciones.

 

            El C. G. del 74 habla de pasar de una actitud ascética, expresada en una fidelidad a las observancias a otra actitud ascética consistente en expresar un esfuerzo hacia una auténtica caridad fraterna. D. Ambrosio En su carta del 75 comenta refiriéndose a ese periodo de cambios: “Diría que incluso me parecen de interés vital para la Orden. Nos encontrábamos en peligro de quedar aprisionados por un cinturón de costumbres insignificantes que frecuentemente ahogaban los verdaderos valores monásticos... Ha sido también un periodo de interés creciente por nuestros Padres cistercienses”.

 

            Afortunadamente, después de algunas perplejidades y tanteos en este período de adaptación, nuestros Capítulos Generales, con intuición profética, han enfrentado a toda la Orden con un examen de su propia identidad y ésta ha emergido clara desde el seno de las comunidades quedando expresada en las nuevas Constituciones. La reflexión posterior se ha centrado en despertar lo que es fundamental en nuestro carisma: Cristo amado en Sí mismo y en los Hermanos. Los temas elegidos, testimonian esta nueva orientación: “Dimensión contemplativa de la Orden”; “Escuela de Caridad”; “Carisma cisterciense hoy: conformación con Cristo”.

 

VII. - El Cristo celebrado

 

            7.1. - En la Regla. - A nadie se le escapa el impresionante relieve que la liturgia tiene en la Regla y no vamos a pretender que unas líneas abarquen sus dimensiones y la magnitud que S. Benito da al Opus Dei. Bástenos hacer mención de ello como referencia fundamental al hablar de la celebración de los misterios de Cristo.

 

            7.2. - En Cister. - La imagen del Cristo celebrado, sin hallarse conceptualmente descrita en los documentos primitivos, está, sin embargo, omnipresente en ellos como telón de fondo, y sobre todo como atmósfera vital. En Cister, como en nuestra época, envolvía toda la jornada monástica, impregnándola de un ritmo y de un ambiente litúrgicos. El Libro de Usos de los monjes del siglo XII, los Ecclesiastica officia, dan pormenorizado testimonio de esta realidad. Junto al Cristo pobre y al Cristo Rey y Maestro hay que colocar al Cristo de los misterios.

 

            Los Ecclesiastica officia no son un libro de coro, como su nombre pudiera dar a entender en un primer momento. Se trata más bien de un costumbrario monástico que detalla minuciosamente la vida y los oficios de coro y los de la jornada monástica en general. Todo el tiempo gravita en torno a dos ejes: el ritmo cósmico de las estaciones y el ritmo litúrgico, tanto el diario de las Horas como el anual del calendario de fiestas y solemnidades del Señor y de los santos, según el esquema de la época.

 

            Una lectura somera de estos textos antiguos nos permiten descubrir una vida monástica impregnada de espiritualidad litúrgica, centrada en la celebración de los misterios de la vida de Cristo. Podría decirse que los Ecclesiastica officia ofrecen la práctica cotidiana de lo que los grandes autores espirituales desarrollarán en sus sermones litúrgicos, complementándose mutuamente como se complementa vida y doctrina. En unos y otros se percibe la imagen de Cristo Salvador, la historia Verbi entre nosotros, representada e interiorizada por los monjes en las celebraciones anuales. Estas celebraciones descansan sobre dos grandes pilares : Navidad y Pascua, Encarnación y Resurrección. Humildad y gloria, nacimiento de Cristo en la tierra - y en el alma del monje - y anticipación de la condición de la vida resucitada que el monasterio, como imagen arquitectónica de la Jerusalén celeste, pretende ser.

 

            7.3. - Último siglo. - No es necesario insistir en este apartado pues bien conocido en todas nuestras Comunidades. A partir de la llamada “Ley Cuadro” del C. G. De 1971, las Comunidades han tenido que adaptar y organizar en su mayor parte la celebración del “Opus Dei”. Esto ha llevado a una mayor conciencia de la importancia Cristológica de nuestras celebraciones; somos conscientes, de forma ya incuestionable, de que en nuestras celebraciones, Cristo se hace presente, y es su voz, que sin interrupción alaba al Padre, en la Iglesia, la que también resuena en nuestras voces, como dice el No 2 de las Normas generales sobre el Oficio divino o Liturgia de las Horas.

 

            7.4. - Conclusión. - Es difícil por no decir imposible recuperar el primitivo sesgo de la cristología cisterciense en cuanto vivencia. Simplemente porque Cristo es, para aquellos cistercienses de la gran época, el factor englobante de la vida. Y cuando este factor se deteriora la cristología se resiente gravemente. Recuperar aquella vivencia, es preciso saberlo, es de suyo una utopía pero bien está aspirar a un ideal aunque resulte difícil alcanzarlo. El primitivo ideal cisterciense, envuelto en sus coordenadas histórico-culturales, presenta una experiencia de Cristo. La aproximación a aquella vivencia requiere, en cierto modo, otra experiencia de Cristo en consonancia con las presentes olas culturales. Lo que constituye el hacerse cisterciense no está fijado válidamente de manera atemporal; es algo que hay que aventurar constantemente por las circunstancias cambiantes y tratar de averiguar a cada paso

 

 

Hna. Blanca LOPEZ LLORENA

Carrizo - España