25 de octubre de 1995

 

 

 

 

Querida hermana, querido hermano:

 

 

Unas palabras de presentación de mi persona y de mi trabajo. Hasta cierto punto una justificación de mi pretensión de introducirme en tu tiempo y en tu espacio.

Soy un monje de Santa María de Miraflores, un monasterio de nuestra Orden situado en un tranquilo y soleado rincón de nuestra Aaldea global@, Chile.

En mi país Cy en mi continenteC la vida monástica cisterciense posee una historia muy corta; la generación fundadora aún vive entre nosotros, activa y vigorosa, y aún son apoyo fundamental de nuestras comunidades.

Por mi parte, no cumplo todavía, diez años de vida monástica, y acabo de cumplir cuatro años profesión solemne. De modo que tengo muy poco que enseñar y mucho que aprender.

La única justificación de este trabajo, por lo tanto, está en la obediencia. Me lo pidieron, y obedecí. Quizá haya otra razón, secundaria pero importante, para mi obediencia: la alegría y el gusto por nuestra vocación.

En ese sentido, este trabajo ha sido una oportunidad, que agradezco profundamente, de compartir con ustedes un testimonio del gozo y del entusiasmo del Reino, en la forma concreta en que el Señor nos ha llamado a vivirlo y expresarlo: nuestra vocación monástica cisterciense.

Que María, Virgen Madre de Dios y Reina del Císter, nos renueve en la gracia del Císter, que a ella pertenece; gracia de comunión fraterna sellada con el Espíritu de Dios, en la que alcanzamos la Bendición, la Vida para siempre.

Este trabajo Ca pesar de las aparienciasC es muy simple. Consta de dos partes que se articulan o relacionan entre sí: a la primera la he titulado ALa Reconciliación con Dios en un Cuerpo@, la segunda, que depende de la anterior, se titula AFuente de la Comunión y de la Contemplación@.

De modo que, para nosotros, La Reconciliación con Dios en un Cuerpo es Fuente de la Comunión y de la Contemplación.

 

Cristo mismo es la piedra angular CEl es el cimientoC en quien todos nosotros, cual piedras vivas, estamos siendo juntamente edificados hasta ser morada de Dios en el Espíritu.

 

Ya tienes una clave de comprensión y de lectura. Si encuentras otras claves, este trabajo será tan tuyo como mío.

Ahí tienes, por lo demás, una salida de emergencia que te libere de la necesidad de leer este trabajo. Quizá no de escucharlo, desgraciadamente.

 

 

Con cariño de hermano

 

Pedro Alejandro, OCSO

Monje de Santa María de Miraflores


          La Reconciliación con Dios en un Cuerpo

 

 

Quiero compartir con ustedes, en primer lugar, un encuentro con la palabra de Dios en la Lectio. En ella encontramos la luz que ilumina el misterio de nuestra vocación y de nuestra vida de fe.

 

Un texto que siempre me ha impresionado, Cque me ayuda a acercarme a Cristo Jesús, mi Señor, en su misión, y que la puedo sentir como una invitación a compartir su tarea y su pasión por el ReinoC es aquella reflexión y síntesis que hace Juan en su evangelio: AEsto no lo dijo (Caifás) por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación Cy no sólo por la nación, sino también para reunir en Uno a los hijos de Dios que estaban dispersos@[1].

 

Jesús murió, entregó su vida, para hacer la unidad de los hijos de Dios Aque estaban dispersos@.

 

La Carta a los Efesios nos describe esta misión de Jesús en términos de paz: APorque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un sólo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: >paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca=. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu@[2].

 

En la perspectiva de esta lectio Cfrente a mi Señor en su entrega y en su obraC quiero situarme para comprender el misterio de la comunidad.

 

Cristo Jesús es nuestra paz. Él hace de todos los pueblos, que estaban dispersos, un solo pueblo; hace de muchos uno.

 

Lo hace derribando el muro que los separa, la enemistad, el odio. Y no lo hace con proclamaciones y buenas palabras; no lo hace imponiendo un programa de acción y de buena voluntad. Lo hace Aanulando, en su carne, la Ley de los mandamientos con sus preceptos@.

 

Anula en su carne; aquella Acarne semejante a la del pecado@ en la que envió el Padre a su propio Hijo, para Acondenar el pecado en la carne@[3]. Anula la Ley; aquella Ley que oprimía a los pobres y a los pecadores, que de ser un instrumento para buscar y servir a Dios se ha convertido, por la fragilidad de la carne, en instrumento de segregación, en símbolo de todo aquello que oprime al hombre.

 

En su carne Cesto es, en su existencia corporal y temporalC da cumplimiento a la intencionalidad profunda de la Ley: Ala justicia, la misericordia y la fe@[4] que unen con Dios. Viviendo en profundidad las exigencias del amor de Dios por los hombres, afronta Chasta su extremo trágicoC la resistencia del hombre que, encastillado en sí mismo, usa la Ley para cerrarse a Dios y a los hombres.


De modo que Cristo Jesús Ase hizo él mismo maldición Cen lo que respecta a la LeyC por nosotros@, para Arescatarnos de la maldición de la Ley@[5]; él, que Ano conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él@[6].

 

Con su propia sangre, con el sacrificio de su persona CAporque no amó su vida hasta el punto de retroceder ante la muerte@[7]C ha derribado el muro -el odio- que separaba los pueblos entre sí; el muro de prejuicios, de autosuficiencia, de desconfianza, que separa a cada uno de nosotros de los demás, que nos impide construir verdadera comunión.

 

El hace la paz, y en sí mismo Cese misterioso, inabarcable e ineludible en CristoC crea Aun solo Hombre Nuevo@.

 

La paz de Jesús, la paz del Reino, no es como la que da el mundo; es algo radicalmente nuevo porque Ael que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios@[8].

 

Estamos más allá del plano de la sociología, estamos en el plano de la teología. Dios crea en Cristo una comunión que va más allá de las meras posibilidades de nuestra naturaleza Caún siendo ésta constitutivamente social y gregaria; más allá, incluso, de nuestras aspiraciones y deseos más profundos porque Ani el ojo vió, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman@[9].

 

AA Aquel, pues, que puede realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén@[10].

 

Pero el progreso de nuestro primer texto de Efesios no se detiene en esta profunda y sobrenatural reconciliación entre los hombres; reconciliación que Cristo nos ha obtenido por su cruz, al asumir en su carne todas las fuerzas de dispersión y de disgregación con que el pecado ha marcado nuestra carne.

 

Pues el texto continúa: Ay reconcilió con Dios a ambos (pueblos) en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad@[11].

 

Profundizemos en esta palabra: ambos pueblos CreconciliadosC forman un solo Cuerpo; este es el nombre que le cabe a la nueva realidad, a la nueva creación de que hablábamos.

 

Resuenan aquí, en mi memoria, los numerosos textos en que Pablo desarrolla esta idea del Cuerpo; cómo la une Cpor medio de la experiencia litúrgicaC con el cuerpo personal de Cristo, y con la realidad de la Iglesia. Me conmueve, en este texto preciso (Ef 2,16), la cercanía de la cruz, del sacrificio corporal de Jesús en ella Cel cuerpo de Jesús, su humanidad, como Ainstrumento de propiciación@[12] y de reconciliación.

 


A lo lejos, me emociona la estremecedora y desafiante profundidad de aquel otro texto que me dice que, en Cristo, Areside la plenitud de la Divinidad corporalmente, y -sencillamente- ustedes alcanzan esa plenitud en él@[13]. La plenitud de la Divinidad y la plenitud de la Corporalidad; la plenitud de nuestra realidad de ser y poseer un cuerpo, la plenitud de ser poseídos por la Divinidad.

 

Y Cristo Cen su CuerpoC nos reconcilió con Dios, por medio de la cruz, dando muerte en sí a la Enemistad. A La enemistad. Aquella de la cual esta otra enemistad, el odio, que como barrera se interpone entre nosotros, no es más que trasunto, signo doloroso, fruto amargo.

 

Esta Enemistad, estructurada en Génesis 3, hunde sus raíces en la codicia de la vida y, como consecuencia amarguísima, nos sumerge en el miedo a la muerte; miedo, finalmente, que de por vida nos sometió como esclavos al señor de la muerte[14].

 

El texto que saboreamos (Ef 2,16) parece sugerir, fuertemente, que nuestra reconciliación con Dios  Cen CristoC se da en nuestra condición de Cuerpo unido, en cuanto miembros de esta nueva realidad que es el Cuerpo, y que se ha de entender Cuerpo de Cristo. No somos reconciliados en forma individual o aislada.

 

No se trata aquí de una precedencia, sea temporal o lógica; parece más bien una simultaneidad: el verbo reconciliar tiene dos predicados, que se homologan en el mismo nivel: se trata de reconciliar Ca ambosC con Dios y, a la vez, simultáneamente, de reconciliar Ca ambosC en un solo o único Cuerpo.

 

Se trata, entonces, de la reconciliación-con-Dios-en-un-solo-Cuerpo; como si estas siete palabras de nuestro idioma fueran una sola, que expresaran Cen toda su complejidad y riquezaC lo que no es sino un solo movimiento o acto.

 

De donde se sigue que la construcción del Cuerpo es expresión y manifestación de la reconciliación con Dios. En otras palabras, la comunión con los hermanos expresa nuestra comunión con Dios, en la medida Cpor favor tómese todo el peso a las palabrasC en que se trata, exactamente, de la comunión con Dios en la comunión con los hermanos.

 

Porque estamos hablando del Cuerpo de Cristo, esto es, de la plenitud de la Divinidad corporalmente; donde Divinidad y Corporalidad son inseparables, donde la Divinidad alcanza dimensión y presencia históricas en la Corporalidad, porque sólo la corporalidad transcurre en el tiempo, y se mueve en el espacio, de nuestra condición histórica. Esta es manifestación y consecuencia magnífica del designio de la Encarnación, que también sucede "de una vez para siempre@[15].

 

Pero no olvidemos que, en nuestra situación presente, nuestra comunión con Dios es comunión restaurada, es esencialmente reconciliación y tarea de reconciliación; de igual modo, nuestra comunión fraterna C(cómo no verlo, o cómo olvidarlo!C es fundamentalmente comunión restaurada y en contínua restauración; es una tarea de reconciliación. Y por supuesto, también aquí, nuestra reconciliación con Dios se cumple en nuestra fidelidad a la tarea de reconciliación con los hermanos.

 

Es lo que nos decía Pablo en aquellas palabras, que retomo y me apropio plenamente: APor tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo...@[16].

 


Pues, )qué significa este ministerio de la reconciliación que Dios nos confió por Cristo, sino el ministerio de la paz y de la unidad; el servicio y cuidado del Cuerpo? )De este Cuerpo que es Cy está llamado a serC signo de la reconciliación por Cristo con Dios; signo del encuentro y de la reunión, en la paz, de todos los hombres y de todas las naciones y razas?

 

Dios nos reconcilió consigo por Cristo, y nos confió el ministerio de la reconciliación: AComo el Señor nos perdonó hemos de perdonarnos también nosotros@[17]; AComo el Padre me envió a mí, también yo los envío a ustedes Creciban el Espíritu SantoC a quienes perdonen los pecados les quedan perdonados@[18].

 

La misión de los cristianos Cy de los monjes entre ellosC es participar en esta misión de Cristo, nuestro Señor, de reconciliación de los hombres con Dios; y la primera forma de hacerlo es construir juntos la gran comunidad de los reconciliados que dan testimonio de la Misericordia.

 

Pero retomemos ahora el curso del pensamiento de la Carta a los Efesios. El autor parece repetirse, y reitera: AVino a anunciar la paz: >paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca@[19].

 

Citando a Isaías (Is 57, 19) parece esbozar un cántico de alabanza y acción de gracias, anticipando así, de alguna manera, la culminación de su contemplación.

 

Porque el desenlace de toda esta obra de reconciliación, irrumpe en términos claramente trinitarios y, quizá mejor, doxológicos, en el versículo siguiente: APues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu@[20].

 

En no más de quince palabras toca los elementos esenciales de la vida de la Iglesia: libre acceso al Padre en el Espíritu Santo Cpor El, esto es por la obra de Cristo; congregación de todos los hombres Cunos y otrosC en un mismo Espíritu: AUn solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que ustedes ha sido llamados@[21].

 

Somos congregados en el libre y común acceso al Padre, )para qué? Para un intercambio de amor: Averán los cielos abiertos y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre@[22]; Apara anunciar las alabanzas de Aquel que les ha llamado de las tinieblas a su luz admirable@[23].

 

Podemos intentar ahora sintetizar lo recorrido, y la Buena Nueva que esta Lectio compartida nos da a gustar, diciendo que, fundamentalmente, la obra de Cristo es la creación de un Hombre Nuevo, por la reconciliación Cpor medio de la cruzC de todos los pueblos con Dios, congregándolos en un Cuerpo. De esta forma Dios deviene Padre, y la multitud de los pueblos y de las razas deviene Cuerpo de Cristo, la plenitud de la Divinidad corporalmente[24].

 


En otras palabras, queda dicho que la reconciliación de los hombres con Dios, efectuado por medio del sacrificio de Jesús en la cruz, es inseparable de la constitución de aquellos en un Cuerpo; es inseparable de la construcción de la comunión. El libre acceso al Padre como fundamento de la comunión, y la comunión como expresión y concretización del libre acceso al Padre, de la reconciliación-con-Dios-en-un-solo-Cuerpo.

 

 

 

 

    Fuente de la Comunión y de la Contemplación.

 

 

Congregados en el Alibre acceso al Padre en un mismo Espíritu@: estamos hablando de contemplación y de vida comunitaria o fraterna. Es el momento de considerar el contenido, la realidad de dichas palabras. )Qué es contemplación? )Qué es vida contemplativa o mística? )De qué vida comunitaria hablamos? )Qué elementos la integran? )Cuál es su sentido?

 

Tratemos de aproximarnos desde la Palabra de Dios.

 

La bienaventuranza privilegiada por los Padres del desierto, y por toda la tradición monástica después de ellos, es la de los puros de corazón: ABienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios[25]@.

 

Casiano resume para occidente en la Apureza de corazón@, todo el contenido y la meta de la doctrina ascética de los Padres del desierto. Esa era la meta de los trabajos del monje y de la monja: obtener la pureza de corazón, y disponerse así a gozar de la visión Cvivificante, santificante y divinizadoraC de Dios, ya desde esta vida, en el claroscuro de la fe, en forma fugaz y parcial.

 

Este componente es esencial a la vocación monástica; sin este anhelo de ver, de experimentar a Dios ya en esta vida Csin este deseo de DiosC es difícil hablar de auténtica vocación monástica. E, inevitablemente, este profundo deseo de Dios conlleva el deseo, o al menos la aceptación, de la purificación, de la ascesis, de las necesarias renuncias del monje.

 

Pero la vida cristiana está tejida de tensiones y de aparentes contradicciones; de equilibrios que intentan integrar cosas aparentemente incompatibles. La Palabra de Dios Cque en alguna forma refleja esta vida y está al servicio de ellaC presenta también estas tensiones.

 

Así es como leemos en la primera Carta de Juan: AA Dios nadie le ha visto nunca, si nos amamos unos a otros Dios permanece en nosotros y su amor llega en nosotros a su plenitud@[26].

 

No nos sería muy difícil tratar de armonizar ambas afirmaciones Cla bienaventuranza de Mateo 5 y la afirmación de 1Jn 4C apoyándonos en los distintos tiempos verbales en que son expresadas; la bienaventuranza parece una promesa del Señor Jesús para el futuro: Alos limpios de corazón... verán a Dios@; mientras que la aseveración de Juan parece referirse al presente, e incluso, al pasado: AA Dios nadie le ha visto nunca@.

 

Pero pienso que la cosa no es tan simple; más bien creo que, en conjunto y cada una en particular, ambas afirmaciones llevan el sello de la paradoja y de la tensión de la escatología cristiana: ese Aya ahora, y todavía no@, que no nos permite dormirnos en un presente que sea puro compás de espera, completamente separado de la realización futura del Reino.


Los monjes no sólo esperamos la Venida del Señor, no vivimos sólo para la Vida después de la muerte. Ante todo damos testimonio de la Venida del Señor; testimonio destinado a este mundo, a la vida presente y a los hombres que viven en la historia.

 

Y es allí donde apuntan estas palabras de Juan. Nuestro testimonio ante los hombres y la vida presentes ha de ser un símbolo que muestre, en lo concreto y visible, una realidad invisible: en la comunión visible de los hermanos, en la caridad concreta y encarnada, ha de manifestarse la presencia, la visita y la Venida del Señor: AEn esto conocerán todos que ustedes son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros@[27].

 

La palabra de Juan no niega la posibilidad de la contemplación de Dios, sólo pone el énfasis en la realidad esencial del amor fraterno; se aproxima a la contemplación, y la caracteriza, desde esta dimensión fraterna y comunitaria del amor cristiano de Dios. Por razones de la polémica que constituye el trasfondo de la Carta, el autor nos está diciendo: de poco vale hablar de contemplación de Dios, y de amor de Dios, si eso no se verifica en nuestra vida cotidiana, en nuestro amor fraterno, en nuestra vida comunitaria.

 

Es claro que, para Juan, la contemplación Cque ocurre en cierta oscuridad, pues Aa Dios nadie le ha visto nunca@C se expresa, se verifica, en la vivencia del amor fraterno que construye comunidad.

 

Notemos ahora que, en esta frase de Juan, el Aamor de Dios@ y su presencia o Apermanencia en nosotros@ se hacen sinónimos de Avisión de Dios@: AA Dios nadie le ha visto nunca, (pero) si nos amamos unos a otros Dios permanece en nosotros y su amor llega en nosotros a su plenitud@[28].

 

Esto especifica claramente la idea que Juan tiene de la auténtica contemplación cristiana. La contemplación cristiana no es una visión de la esencia divina Ccomo pretendían los gnósticos, a los que Juan combate con su CartaC sino una experiencia, en el amor, de la presencia de Dios en nosotros. Una experiencia del amor de Dios. El amor mismo es el conocimiento Cy la visiónC dirá Guillermo de Saint-Thierry.

 

Notemos, por otro lado, la preciosa imprecisión o ambigüedad del término amor de Dios en el griego, )se trata del amor de Dios por el hombre, amor que viene de Dios? )O del amor del hombre por Dios, de modo que deberíamos traducir mejor amor a Dios?

 

Inspirándonos en la doctrina de nuestro patrimonio Cespecialmente nítida, en este caso también, en Guillermo de Saint-ThierryC creo que podemos acoger la ambigüedad como tal; se trata entonces de aquel Amor por el que Dios se ama a sí mismo en nosotros, es decir, el Espíritu Santo, Amor de Dios que derramado en nuestros corazones nos permite amar a Dios con el amor con que él mismo se ama Cla única forma de amarle que es realmente digna de Dios. Esta es la plenitud de la Divinidad que habita en nuestra corporalidad, la plenitud de la Eternidad en nuestra temporalidad.

 

)No es acaso la experiencia culminante de esta Presencia lo que constituye la auténtica contemplación cristiana? )No es acaso la contemplación cristiana ella misma testimonio misterioso del misterioso ser del cristiano, de todo cristiano: un ser en Cristo, un vivir en el Espíritu?

 


De este modo, para Juan, el amor fraterno que construye comunidad ya no es tan sólo la manifestación y la verificación de la visión o contemplación de Dios, sino que es también su fundamento. Por cuanto es el amor mutuo de los hermanos lo que permite que Dios permanezca en nosotros, y que su Amor Cel don de su Espíritu SantoC llegue en nosotros a su plenitud. Y de esa plenitud la contemplación es una floración y un testimonio privilegiados.

 

Podemos, por lo tanto, caracterizar nuestra vida monástica diciendo que es cenobítica tan bien, y con tanto derecho, como la caracterizamos diciendo que es contemplativa, pues ambas características fluyen de la misma realidad de comunión, que constituye el núcleo y la raíz de nuestra vida cristiana.

 

Buscamos, y se nos ofrece, una comunidad de vida evangélica como medio de nuestra búsqueda de Dios, como matriz donde aspiramos y nos disponemos a la contemplación; también como medio de expresar y de vivir nuestras experiencia mística.

 

Nuestra conversatio, pues, es cenobítica. Pero sabemos que nuestra conversatio Aestá en el cielo de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará esta miserable experiencia nuestra -nuestro conocimiento en la fe- en una experiencia gloriosa como la suya@[29].

 

Reiteremos aquí que nuestra condición cenobítica, sin dejar de ser verdadera comunión y fraternidad sensible y humana, es ante todo comunidad de bautizados y de convocados, comunión en la fe.

 

Tiene ese plus, respecto de una mera comunión en la carne, que la hace sobrenatural. Recordemos lo dicho por Pablo acerca de la Nueva Creación y del Cuerpo de Cristo. Nuestra condición cenobítica incluye -estructuralmente, por así decirlo- una dimensión mística, de la cual se alimenta nuestra propia contemplación personal. Es aquella Plenitud de la Divinidad corporalmente en la que nosotros alcanzamos (tocamos, experimentamos) esa Plenitud[30].

 

De forma que nuestra conversión a la Conversatio monástica Cocupación principal del monje, tarea de toda la vida y no sólo de sus etapas inicialesC es conversión a la vida comunitaria, a la fraternidad; lo que, en sí mismo, es apertura a la dimenión contemplativa o mística de nuestra vocación.

 

Este es el camino cisterciense de la contemplación. Esta es la sustancia de la doctrina ascética y mística de nuestros Padres.

 

En ella, la experiencia de la vida fraterna es la que, de modo directo, nos abre a la contemplación. Podemos decir con verdad que, en la doctrina de Bernardo la experiencia y vida de comunidad es el centro nodal de la vida espiritual del monje y del cristiano; a ella se ordena toda la ascesis individual Cincluidos los doce grados de humildad de la Regla de San BenitoC y de ella se ha de revestir; desde ella, por otra parte, nos elevamos a la contemplación de Dios, para luego volver a ella.

 

Nuestra vida comunitaria es la matriz Cella es MadreC en la que vivimos nos movemos y existimos. No nos encierra en sí misma, sino que constantemente nos está arraigando, abriendo e impulsando hacia el Padre, en Cristo.

 

En la vida comunitaria la ascesis no es Csimplemente no puede serloC búsqueda de la propia perfección, en una relación individual con mi vocación y con mi Dios. En ella la ascesis personal Csiempre necesariaC está a buen resguardo de la excentricidad y de la insensatez; más que poner el acento en la negación de sí mismo, la pone en la afirmación del hermano, cosa tanto o más crucificante, santificante y liberadora que cualquier gimnasia ascética individual.


En nuestra vida fraterna, por otra parte, hay lugar Cy debemos cuidarloC para el silencio, la renuncia y la soledad, para la oración personal, pero sólo en cuanto están al servicio del crecimiento de nuestra acogida de Dios y del hermano, de la piedad y de la misericordia que nunca se separan. Ambas Cpiedad y misericordiaC constituyen los dos fundamentos y las dos dimensiones de nuestra vida común.

 

Se podrá decir que ésta es una perspectiva encarnada e inmanente, histórica, de nuestra experiencia espiritual y de fe, pero )qué otra perspectiva nos cabe? Es la misma perspectiva del apóstol Juan Cen lo que se refiere al amor y contemplación de DiosC que ya hemos examinado más arriba: AA Dios nadie le ha visto nunca, si nos amamos unos a otros Dios permanece en nosotros y su amor llega en nosotros a su plenitud@[31], y también: Aquien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve@[32].

 

Para Bernardo, pues, Cy para todos nosotros cistercienses, detrás de élC la humildad es la virtud capital del monje, no tanto porque nos dé un preciso conocimiento de nosotros mismos, sino en cuanto dicho autoconocimiento nos abre a la verdad del prójimo Cque deviene hermanoC y, por lo mismo, a la posibilidad de salida de nosotros y de encuentro con él; sólo a través de esta experiencia de misericordia y de servicio es como, lentamente, nos abrimos, y ensanchamos nuestra capacidad de desear y recibir a Dios.

 

Sin olvidar que en la doctrina mística de San Bernardo no se trata tanto de que nos elevemos hacia Dios, dejando atrás, aunque sea momentáneamente, nuestra condición encarnada y comunitaria, sino que somos visitados por el Verbo allí mismo donde vivimos Cantes, durante y después de la visitaC en medio de nuestros hermanos, de quienes y con quienes hemos aprendido el camino hacia el Padre, el arte de las artes, el arte de amar.

 

 

                                             F. Pedro Alejandro ZOLEZZI CID

                                                                 Miraflores



     [1] Jn 11,51-53

     [2] Ef 2,14-18

     [3] Rm 8,3

     [4] Mt 23,23

     [5] Gal 3,13

     [6] 2Co 5,21

     [7] Ap 12,11

     [8] 2Co 5,17

     [9] 1Co 2,9

   [10] Ef 3,20-21

   [11] Ef 2,16

     [12] Rm 3,25

 

     [13] Col 2,9-10

     [14] cf. Hb 2,14-15

     [15] Hb 10,10

     [16] 2Co 5,17-19

     [17] Col 3,13

     [18] Jn 20,21-23

     [19] Ef 2,17

     [20] Ef 2,18

     [21] Ef 4,4

     [22] Jn 1,51

     [23] 1Pe 2,9

     [24] Col 2,9

     [25] Mt 5,8

     [26] 1Jn 4,12

     [27] Jn 13,35

     [28] Cf. 1Jn 4,12

     [29] Cf. Flp 3,20-21

     [30] Cf. Col 2,9-10

     [31] 1Jn 4,12

     [32] 1Jn 4,20