LA
COMUNIDAD: ESCUELA DE CARIDAD
Monica
Della Volpe
1.
LA HISTORIA
1.1.
Experiencia
Los
elementos principales de la Escuela de Caridad de la cual he hecho experiencia
en el Monasterio durante el decenio 70-80, se podrían sintetizar así:
*
Una comunidad abierta a la acogida de las nuevas generaciones con las
preguntas o retos de los cuales eran portadoras.
*
Una comunidad no ya preparada a comprender estos retos sino que ha podido
integrarlos porque en ella estaba presente lo que hoy llamaríamos una cultura
de la vida; la capacidad de acoger con respeto amor e interés cada persona
ayudándola a vivir, crecer y convertirse. Esta tensión se ha revelado más
fuerte que las fuerzas inversas de la autoprotección y la exclusión, que de
todos modos estaban presentes.
*
Una comunidad que podía integrar lo distinto, porque poseía una sólida
identidad, dada desde una profunda mirada de fe, por la cual lograba
una estima de la propia vocación y una cierta fidelidad cordial a
ella. No se era impecables en la observancia, al contrario, pero se amaba la
propia vida, la casa, las hermanas, la Madre.
*
En cuanto a estos años ha sido esencial el rol de la Abadesa, que
constantemente ponía en confrontación los retos traídos por las jóvenes, con
los valores de la tradición de la cual las
ancianas eran portadoras.
El
criterio de discernimiento y de constante purificación de unas y otras era
extraído de la confrontación con la palabra que el espíritu iba diciendo a la
Iglesia, sobre todo tomada de los textos del magisterio y de los documentos de
la Orden.
1.2.
El Fundamento
Qué
cosa ha hecho posible esta experiencia?
La
única maestra de caridad es la Iglesia, la única mesa es la Eucaristía,
la única escuela es la comunidad concreta en la cual se vive el misterio
de la comunión eclesial.
En
la inicial eclesiología de comunión del Vaticano II, en particular en PC
5, y en los textos cistercienses que íbamos redescubriendo (fue
fundamental La vida común de B. de Ford), teníamos ya todo, se trataba
de tomar conciencia de estas riquezas y ponerlas a disposición.
Este
camino ahora se ha cumplido y la orden ha caminado con la Iglesia. Tenemos, en
la Cst y en los documentos del magisterio, (particularmente en Vida fraterna
en comunidad), el cuadro
eclesiológico para una teología de la comunidad monástica, que faltaba
casi totalmente en los últimos siglos, y que nos permite situar nuevamente la
comunidad como Escuela de Caridad. Esta es una gran garantía. Las
comunidades pueden ahora recurrir a los documentos para completar su camino.
1.3.
La urgencia de una tarea
)Por qué es necesario y urgente redescubrir la comunidad como
escuela de caridad? Para recuperar la gran síntesis que caracteriza Císter: el
equilibrio entre el elemento objetivo (tradición, patrimonio, estructura)
representado por la comunidad-iglesia, y el elemento subjetivo: la
persona que lo recibe con todas sus características de unicidad y libertad. En
la experiencia histórica del Císter de hecho éste equilibrio alcanza el efecto
de desarrollar al máximo las posibilidades de la persona, edificando y
solidificando contemporáneamente la unidad. El papel cultural que ha tenido el
Císter y los cistercienses en la historia lo testimonia.
Solo
una comunidad consciente de su vocación y de su misión eclesial, puede ser el
ámbito privilegiado para recobrar la tensión contemplativa
de nuestros Padres en el vivir e
interpretar la RB. Es en ella, de hecho, que aplicando la pedagogía de la
Regla, el monje puede crecer en el amor de Dios y del prójimo, haciéndose
conforme a Cristo del cual es la imagen.
Sabemos
que la tarea más urgente hoy es la recuperación del hombre.
)Cómo es posible esto? Creando
ámbitos, comunidades de comunión, que sean verdaderas escuelas de humanidad,
con una pedagogía coherente con los
principios.
Para
salvaguardar la libertad de la persona humana es indispensable de hecho que
ésta sea guiada a hacer experiencia de la verdad y del bien, a discernir lo
verdadero de la falso; para poder luego elaborar, en libertad dialógica,
una visión de la vida y, en la comunidad en la cual vive, una cultura
que siempre se renueva, sobre la base de cuánto ha recibido.
Ahora,
el dominio tecnológico de la masa sobre la sociedad tiende a anular este
paso de liberta y humanidad. La confianza en el aporte de la persona es sustituido
por la persuasión de que, en todos los campos, el actuar debe estar dictado por
las exigencias técnico-científicas, criterios de funcionalidad, que se
pretenden superiores a la inteligencia y a la conciencia personales (ver, el
ejemplo de la vida, socialmente programada desde el nacimiento a la muerte).
Para combatir esta mentalidad, se necesitan ámbitos de libertad, de cultura
y de visión; y la escuela de caridad puede ser lugar privilegiado para esto.
Solo
así se podrá hablar de contemplación no como evasión de lo real, sino
como una mirada más profunda sobre la vida, desde sus raíces originarias hasta
su destino último: la Trinidad Divina.
1.4.
Transmisión y renovación de la cultura.
)Cómo se ha presentado en los
últimos 50 años el problema de la transmisión? Para explicar y comunicar una
experiencia, es indispensable una síntesis verbal, que puede tornarse
luego, y no sin riesgo, un proyecto cultural; en épocas de
transformación, estas síntesis envejecen rápidamente.
Concretamente,
la formulación silencio-soledad-observancia, que para nuestras ancianas
podía expresar la fidelidad vivida a una vocación recibida con profunda fe y en
modo no problemático, era absolutamente incomprensible para las nuevas
generaciones, y el contexto de vida que expresaba ya no era legible para ellas.
Los capítulos de las culpas no decían ya con suficiente claridad la
reconciliación y el perdón; el lenguaje de los signos no expresaba ya un ámbito
orante y contemplativo; la observancia no traducía ya la comunión de vida y de
intenciones, aunque para las ancianas estaba claro que todavía podía
comunicarla.
)Cuáles son los motivos de esta
incomodidad?
La
transformación del mundo ocurrida, a todos los niveles, entre el siglo XIX y XX
y la renovación del pensamiento teológico, centrado en el Vaticano II, que se ha hecho por consiguiente necesaria,
tienen no pocas explicaciones en todos los estratos de la vida eclesial,
espiritual y religiosa.
Por
cuanto se refiere a nosotros, la síntesis silencio-soledad-observancia de la generación precedente nacía de una
visión teológica en la cual toda la atención estaba concentrada sobre la relación vertical entre el alma
sola y el absoluto de Dios. Esta relación se insertaba en la Iglesia
concebida sobretodo como estructura, claro, objetivo y riguroso canal de la
voluntad de Dios. El camino espiritual era vivido sobretodo como una
purificación pasiva de la persona que se dejaba aferrar totalmente de la exigencia de la sumisión,
de la humillación, de la renuncia continua: hacer todo por amor del Señor. En
la medida en la cual esto se lograba, la persona se sumergía en la experiencia
del absoluto de Dios, y nacía el santo.
Las
alternativas podían ser: el perfeccionismo exterior de la observancia que se tornaba criterio de juicio e instrumento
de poder, o una cierta acomodación para sobrevivir al rigor de la estructura.
Ciertamente, a través de itinerarios más o menos directos, la simplicidad y la
profundidad de fe de nuestras ancianas han permitido de todas formas el
florecer de la santidad, y nos han testimoniado a través de la vida un amor
auténtico por el Señor.
Por
otra parte, ciertamente la actualidad de la Iglesia y de la Orden pedían una
evolución. En el contexto de una visión teológica trinitaria, ha sido
redescubierta una Iglesia concebida como comunión, intercambio dialógico de
amor entre las personas, unidad en la diversidad, conjunto orgánico de
ministerios y de servicios, animados en modo diversos del único Espíritu que
opera a través de la jerarquía y en los carismas de comunión. Esto requiere que
la comunidad monástica, al lado de los valores de la oración continua, lectio,
interioridad, unidos a la acesis tradicional del silencio, vigilia, ayunos,
etc. se abra al diálogo, a la condivisión, a la corresponsabilidad, subsidiaridad,
etc..
Ahora
bien, si el ideal del Vaticano II se vuelve a enlazar a la tradición de los
primeros cistercienses y está bien expresada en nuestra CST, este cambio
encuentra algunas resistencias al pasar a la vida concreta, o mejor aún en la
conciencia cultural de las personas.
Se
necesita llegar a ser más conscientes del hecho que, en los siglos que nos
precedieron, el debilitarse al sentido de la Iglesia como comunión había
sido acompañado de la asunción, al interior de la conciencia eclesial, de
elementos extraños a ella, derivados de la realidad secular. En particular,
allí donde nuestros Padres en la simbología espiritual del alma y de la Iglesia
veían una perfecta integración entre los niveles que modernamente definiríamos
como persona y comunidad en el único misterio de la comunión
espiritual, se habían ido sustituyendo
los conceptos de individuo y sociedad.
La
concepción individualística de la persona (extraída
del modelo del estado burgués y liberal del siglo XIX) y de su manera de
relacionarse, únicamente en base a un cálculo de utilidad común, iban así a
rellenar los vacíos dejados por el pensamiento teológico.
Esto
llevaba inevitablemente a un modo individualístico de concebir la estructura.
Por ejemplo, el monasterio podía ser considerado como una sociedad de
solitarios, que no tiene otro fin que poner en común el esfuerzo por la
soledad. Así éstas mismas estructuras (silencio, soledad, obediencia
rígidamente jerárquica, cerrada a la colaboración y al diálogo) podían
llegar a ser la protección de lo propio y de lo privado. También las formas
del individualismo han cambiado con el pasar de los tiempos: de un silencio
comprendido como mutismo, que rechaza la palabra como medio de integración y de
comunicación profunda, se ha pasado fácilmente a la apertura indiscriminada de
la comunicación superficial (televisión, relaciones fáciles con el exterior,
etc.).
Podemos
concluir que los instrumentos de la "schola caritatis" pueden
alcanzar su fin sólo si se utilizan según la lógica propia de dicho fin, y
constantemente purificados de elementos extraños. La lógica de la caridad es la
comunión, y requiere un silencio de apertura a la escucha y a la comunicación
con Dios y con los hermanos; requiere una colaboración paciente y dialógica,
una obediencia vivida como libre expropiación de los criterios y juicios
propios para tender hacia a la voluntad común, una pobreza abierta al compartir
tanto de lo poco como de lo mucho que se posea etc.
1.5.
Función del Abad y de la Abadesa en este proceso
El
carisma de la Abadesa, según la experiencia que hemos tenido, es aquel de
retomar continuamente de la comunidad y de su historia, (como de un texto que
se torna poco a poco ilegible con el pasar del tiempo), los puntos válidos,
poniendo en evidencia lo que es central (que a menudo no queda explícito) y
ordenando a su alrededor lo que es secundario sin descartar nada. Este orden,
lo sabemos bien sea por la doctrina de los Padres que por la experiencia, no
puede provenir sino de la caridad; que por sí sola es capaz de acoger todo lo
que es bueno, cualquiera sea su procedencia y la forma en que se expresa. El
todo debe ser traducido después en la lengua del magisterio actual, o de otras
voces, cuidadosamente escogidas entre aquellas contemporáneas de las cuales son
portadoras los más jóvenes.
Sin
esta obra de discernimiento y profecía no puede haber renovación espiritual
inculturada (aludimos aquí a la inculturización
inter-generacional). Y sin esta obra de unificación no puede haber una
comunidad que vive y camina como un único cuerpo.
El
término de animador es usado ocasionalmente por el Abad a fin de
relativizar un estilo de enseñanza ex cátedra y de gobierno centralizado. Esta
tendencia de nuestro tiempo puede ser preciosa, siempre que indique al Abad y a
la Abadesa un modo diverso, más eclesial, de desarrollar su servicio, sin
"abdicar su propia responsabilidad". Animar significa promover la
expresión y la colaboración de todos. Para esto, no será suficiente organizar,
sino se requerirá constantemente actuar la reconciliación y el perdón,
favorecer la cooperación y la acogida mutua, promover la paz. Todo esto
significa una real disponibilidad a dar la vida en un servicio de maternidad
incansable. Si por el contrario, se entendiera por Abad-animador solo un
técnico que favorezca la expresión democrática de los pareceres más diversos,
dejándolos todos sobre el mismo nivel, no se daría ya la experiencia
eclesial. Igualmente, si por animador se entendiera solo o sobre todo un
buen organizador.
2 EL MÉTODO
2.1.
Pedagogía de la humildad-obediencia en relación a la doctrina Cisterciense.
La
gran pedagogía de la escuela de caridad consiste esencialmente en la vía de la
humildad-obediencia. (Humildad y obediencia en la
Regla se remiten mutuamente, son inseparables, y todos los otros instrumentos
encuentran su lugar en relación con ellas).
Para
re-apropiarnos concretamente de esta pedagogía y reformularla para nuestro
tiempo, se necesita ponerla en relación con los principios fundamentales de
la doctrina Cisterciense, que sintetizaremos en tres puntos:
A
- Libertad del hombre a imagen y
semejanza del Hijo
Enfermedad
de la libertad, que sigue al pecado
B
- Salvación mediante la encarnación: la
vía de la humildad-obediencia.
C
- Sanación que se opera en esta vía:
.
aspecto sacramental: Cristo, la Iglesia, los sacramentos
.
aspecto antropológico: los grados del amor.
2.2.
Libertad del hombre
La
dignidad del hombre que lo hace semejante a Dios, es su libertad. Esta libertad
es concebida como capacidad de cooperar
con Aquel que es sumamente libre, Dios (con la acción de su gracia).
Así definida la libertad, resulta evidente que su ejercicio es el supremo deber
del hombre. Y también la razón que es
el presupuesto de la libertad, debe ser puesta a su servicio.
Ahora
bien, todo esto es completamente
invertido en la concepción moderna, para la cual la dignidad del
hombre no es el amor del Hijo, sino la total autonomía. Desde el siglo XVII en
adelante, el racionalismo ha sostenido
que no existe el pecado. La verdadera tragedia del hombre está en su límite,
en su finitud individual, que no le permite actuar sus grandes aspiraciones y
sublimes "premisas". En un primer momento la solución ha sido buscada
en las ideologías. Hoy, caídas las ideologías, el individuo rehusa inmolarse a
un proyecto totalizante y reinvindica su propio derecho a realizarse como
individuo. Surge entonces de allí el Poder, organizado ya sobre bases
mundiales, que le promete realización y felicidad poniendo a su servicio
la ciencia. Como, lo sabemos: teniendo todo.
Vemos
aquí que el problema de la elección moral entre bien y mal, entre
verdadero y falso, ha sido eliminado. El deber de la elección es
sustituido por la competencia, por la eficiencia, en vista de la eficacia del
medio para el fin.
A
este punto es evidente la genialidad, diría casi la necesidad histórica de un
camino pedagógico como el benedictino, que mediante la obediencia recobra
integralmente el concepto de libertad, y por ende del hombre a imagen del Hijo,
en todo su espesor teológico y concreto.
Coherentemente
con nuestra tradición, el primer paso de nuestra pedagogía consistirá
entonces en hacer nuevamente accesible al hombre la comprensión y la actuación
de una elección verdaderamente libre: no como posibilidad que mejor le
agrade entre tantas, sino como adhesión voluntaria al bien, a lo verdadero,
a lo bello.
2.3.
Enfermedad de la libertad y conocimiento de sí mismo
El
nudo del problema se presenta aquí: el hombre se define por su libertad, pero
esta libertad es, si bien no cancelada, sustancialmente herida por el pecado.
Bernardo dice que el libre consejo (capacidad de discernir y escoger el
bien), que constituye la semejanza con Dios, está perdido. Esto significa
que nuestras elecciones son siempre más o menos viciadas por el
egoísmo.
El
largo y fatigoso camino de la humildad está precisamente en el llegar
a ser conscientes de este hecho, en el reconocer concretamente que nuestras
elecciones no son rectas, no son puras. Es lo que llamamos el camino de la
verdad o conocimiento de sí, y que corresponde al primer grado de humildad
de la Regla.
Si
la formación monástica en el pasado quizás podía arriesgarse a dar por
descontado este camino de la verdad, apuntando prevalentemente a la
verificación del comportamiento exterior, hoy puede existir el riesgo
contrario: reducir el conocimiento de sí a una introspección psicológica. En
cambio, se trata de operar un discernimiento de la propia vivencia a la luz de
la Verdad.
Bernardo, como toda la tradición monástica, es en este
punto muy claro y completo, en el enunciar los pasos necesarios: conciencia
de la culpa delante de Dios - contrición, arrepentimiento, lágrimas - confesión
oral, privada o pública, que involucra también el cuerpo en la petición de
perdón.
Después
de todo esto, añade siempre también el esfuerzo concreto del cambio, que
no se detiene en el mea culpa, sino que se vuelve esfuerzo para hacer el bien (después del beso del pie, el
beso de la mano). Hablamos de esfuerzo de la libertad, pero está claro que esto
se hace posible, y luego se hace eficaz únicamente por la gracia.
La
tradición reconoce unánimemente como la paternidad espiritual es
indispensable para guiar al monje en la vía de regreso al corazón. Regreso al
corazón, conocimiento de sí, conocimiento de Dios son los pasos: Dios de hecho
habita en el corazón del hombre y allí puede ser alcanzado por la vía que del
conocimiento de la propia verdad conduce al conocimiento de Dios Verdad. Este
camino es arduo, y la práctica de la apertura del corazón a un padre o a una
madre espiritual es indispensable para no extraviarse.
2.4.
La escala de la humildad: primero y quinto grado.
En
otros términos: el centro de la pedagogía benedictina (recogido por Bernardo en Los grados de la humildad)
está en el primer grado de humildad: regreso al corazón, inicio del
conocimiento de sí, capacidad de la conciencia humana de habitar en la
presencia de Dios y allí buscar la propia verdad.
(Considerando
la obediencia como la otra cara de la humildad, podemos interpretar el segundo
grado, no amar la propia voluntad, como el reverso del primero: no huirás de la
presencia de Dios sino huyes de la obediencia. Así el tercer grado, sumisión al
superior, y el cuarto, obediencia paciente, subrayan la ventaja de permanecer
en la obediencia a toda costa. Es la lógica de la fe, que el superior nos
representa a Cristo, la lógica de la Encarnación que anima toda la Regla).
El
quinto grado, la confesión oral, es como habíamos visto en la progresión de
Bernardo, un punto esencial.
El
sexto y el séptimo grado, representan el vértice místico de la humildad: el
conocimiento de sí en el Cristo humillado. Son vértices de experiencia, don más
que fruto del esfuerzo, que sobrentienden sin embargo la vigilancia continua de
los grados siguientes, del octavo al duodécimo.
El
duodécimo grado, con su incesante "mea culpa", demuestra bien como el
primero no ha sido nunca dejado atrás, sino que constituye el eje de todo. Desde
el punto de vista pedagógico podemos entonces concentrar nuestra atención sobre
el primero y sobre el quinto, poniéndolos en relación entre ellos.
2.5.
Sacramento y conocimiento de Dios
Conociéndose
a sí mismo el monje se descubre en su naturaleza creada dependiente del
Creador, y en su incoherencia y pecado necesitado de Salvador. Esto lo abre a
la contrición y al perdón, reconciliándolo con Dios e
introduciéndolo en un aumento de conocimiento sin fin: la profundización del
conocimiento de sí devuelve siempre de nuevo a la profundización del
conocimiento de Dios, en un diálogo de miseria y de misericordia, de gracia
y de acción de gracias, de don y de alabanza.
Aquí
se inserta la vida sacramental: el sacramento de la reconciliación, la
Eucaristía y toda la liturgia, que pone radicalmente al hombre, en Cristo, en
su identidad de hijo delante del Padre.
Nos
parece importante subrayarlo: a menudo ocurre que la vida sacramental y
litúrgica no dan los frutos esperados, verificables en un cambio, porque es
vivida, aunque sea con esfuerzo, en la superficie: es decir, no es
concomitante con aquel camino de conocimiento de sí en el cual se verifica
la maduración de la conciencia personal. Por ello, ella no se torna
experiencia, ni crecimiento en el conocimiento de Dios. En otros términos: el
factor objetivo sacramental y aquel de su recepción e interiorización subjetiva
no son correspondientes.
Esto
se verifica porque la vida litúrgica y sacramental ha sido desvinculada de la
vida común, que es su ámbito natural.
2.6.
Iglesia: Sacramento
Hemos
ya visto que el camino del conocimiento de sí (humildad-verdad), exige la guía
de un testigo de la verdad: el padre espiritual. Sin embargo, antiguamente, en
la escuela de caridad cisterciense, esta paternidad estaba asociada a la
confesión sacramental, y se ejercía por parte del Abad, o del maestro de
novicios. Los principios de la confesión correspondiente (al superior), no
compartida (entre más confesores), verdadera, educaban la conciencia
moral a alcanzar su plena estatura en la verdad.
Hoy,
otros criterios de prudencia y respeto de la libertad intervienen para
modificar esta práctica, por lo cual no se trata de regresar hacia atrás en
este camino histórico. Debemos sin embargo preguntarnos: )cómo alcanzar hoy este mismo fin?
Particularmente para las monjas, el problema es grave. Conocemos todos la
insidia que representa verificar la propia vida monástica siempre y solamente
con un confesor que, por fuerza de las cosas, es externo a la comunidad: el
riesgo de huir de la verdad, confesando, en cualquier modo, los pecados de las
hermanas y buscando apoyo en una imagen gratificante de sí mismo.
Parece
que el problema pueda hallar su solución mediante un equilibrio más
integrado entre el rol del Abad, que fundamentalmente se mantiene
como el sacramento de Cristo en el monasterio, (aún cuando es ayudado
por otros padres y confesores) y aquel de la comunidad, que se ha de
redescubrir como sacramento de la Iglesia.
Solo
el Abad, o quien por él ejerce la paternidad espiritual puede conocer lo íntimo
de las conciencias. Pero solo quien es compañero y testigo directo de la
vida cotidiana puede ayudar al hermano a alcanzar, mediante una toma de
conciencia de sus comportamientos concretos, un conocimiento de sí que no es
ilusorio. La comunidad reunida en torno al Abad es este testigo.
2.7.
La corrección fraterna
Siempre
se ha escuchado la necesidad de que la corrección fraterna integre aquellas
correcciones y direcciones que provienen de los superiores.
Hoy
muchos dicen: no tenemos ya capítulos de culpas, por ello no tenemos ya
corrección fraterna.
Esto
es verdad allí donde la palabra no es usada según sus reales posibilidades. En
efecto, la palabra, en el coloquio personal, entre dos, o tres o en
grupo, es el instrumento de la corrección evangélica (Cf. Mt. 18,15).
Mediante
la palabra se puede ayudar al hermano, pedirle perdón pero también pedirle
caritativamente cuentas de su comportamiento, valorar juntos lo que Dios nos
pide cambiar.
Creemos
que, al interior de la vida común, que nos lleva a trabajar y colaborar de
muchas maneras, la vía para una corrección real y respetuosa de la persona pase
hoy por el coloquio, entre dos o tres, la revisión de vida, el
diálogo. El Abad podrá estar presente o no, pero en todo caso una
corrección entre hermanos tendrá como referencia última su palabra. Aún cuando
no ejercita la paternidad espiritual hacia cada persona, el Abad dirige la
comunidad en su conjunto y es su padre.
Mientras
la persona crece en un proceso de madurez, es normal que la confrontación con
un padre espiritual disminuya. Pero para que esto no se vea acompañado de una
involución individualista, es necesario llegar a ser poco a poco más abiertos y
vulnerables a la gracia que nos llega a través de los canales normales de la
vida común, en la cual se despliega plenamente la pedagogía de la escuela de
caridad. En ella, de hecho, todo está ordenado para obrar en el pasaje continuo
de lo propio a lo común, del egoísmo al amor fraterno, del individualismo a la
comunión, que plasma en la comunidad un solo corazón y una sola alma, en la
unión de las voluntades con la voluntad de Dios. Aquí está el vértice de la
vida eclesial, que se abre al vértice del conocimiento de Dios.
2.9. Aspecto antropológico y maduración afectiva.
La
sanación-corrección que se obra en la escuela de caridad es en su mayor parte,
sanación de la facultad de amar. Educar el hombre
significa sobre todo reeducar la facultad de amar. En esto consiste
esencialmente el voto de castidad. Nunca, quizá, el hombre se ha alejado tanto
de esto como ahora, en la era así llamada post-cristiana. Y paradójicamente,
nunca como ahora hemos estados tan cercanos a la verdad acerca de este punto.
Nunca quizá como hoy, después que la teología del cuerpo (Juan Pablo II)
ha fundamentado la antropología, podemos recomprender los grados del amor de
Bernardo. Nunca como hoy, gracias a la doctrina de la Mulieris dignitatem,
podemos recomprender el alma esencialmente mariana, eclesial y esponsal del
Císter, es decir, nuestra misma vocación, humana y contemplativa.
Toda
nuestra tradición subraya (y nosotros lo infravaloramos fácilmente) que el
problema de convertir los afectos es fundamental.
Al
interior del proceso de la conversión (Cf S.
Bernardo, De conv. ad clericos) se trata de esto: la razón es la primera
en convencerse de la bondad del bien, pero hasta que el afecto no se vuelva al
bien antes que al mal, la voluntad no cambia. La necesidad fundamental para
toda la tradición monástica de la contrición y del llanto, es testigo
inescuchado: hay que implicar los propios sentimientos con las propias razones.
El odio se nos ha dado para oponernos al mal, el afecto y el sentimiento del
amor para comprometernos con el bien.
Cuando
el hombre implica conjuntamente el afecto con lo que no es bueno para él,
éste no puede ya desarrollarse armónicamente, se atrofia. Y es así que
el hombre de hoy se encuentra como anestesiado, incapaz de probar
afectos y sentimientos verdaderos y duraderos, privado entonces a nivel del
alma, del uso pleno y espiritual de su razón y de su voluntad. Y está así
condenado a ser dividido entre una racionalidad mediatizada, incapaz de
discernimiento espiritual, y una carnalidad árida y privada de
sentimiento.
Se
podría quizás objetar: este discurso no disminuye el papel de la fe desnuda? Es
precisamente lo contrario: para vivir basándonos en la fe no debemos eliminar,
sino educar los afectos. Para salir del credo del relativismo moderno: "es
bueno lo que siento", el hombre debe nuevamente aprender a sentir, a
desear, a amar, y por ende escoger con toda su propia fuerza afectiva lo que
su propia razón había ya juzgado bueno según la fe, y por ello libremente
había escogido.
Cuando
en cambio los afectos son reprimidos para dar espacio a la fe, luego, de manera
escondida, toman su venganza.
Para
convertir los afectos, lo cual es fundamental para los Padres monásticos, y en
particular para los cistercienses, ha sido el papel de la oración
imaginativa y afectiva, la "devotio" a la humanidad de
Cristo.
Permanece
firme que una relación personal con el Señor vivida intensamente y fielmente en
la oración sigue siendo la única posibilidad de una vida monástica sólida e
íntegra, esto debe ser preparado y acompañado con otros instrumentos.
Un
buen aporte a nivel pedagógico en este sentido, nos es dado por la Instrucción
"Directivas sobre la Formación" (1990), en las secciones que conciernen la pedagogía
de los votos (13, 14, 15), y la Iglesia-Comunión-Comunidad (del 21
al 26). Hablando de los jóvenes candidatos, al N.88, el mismo documento subraya
la fragilidad de identidad y la falta de puntos de referencia de vida, por las
experiencias familiares y sociales carentes.
Ahora
bien, si la comunidad religiosa no tiene que sustituir en sentido banal a la
familia y compensar las carencias de las personas, también es verdad que la
relación de los jóvenes con su comunidad debería ser tal como para
proporcionarles la experiencia de la familia de los hijos de Dios, donde
todo el hombre es acogido y puede
crecer en su dignidad de persona, como hijo y hermano.
Esto
nos exige la doctrina de San Bernardo que (SC 23) coloca en el monasterio la cámara
de la naturaleza, donde se recobra el gusto de los bienes creados
naturalmente buenos por Dios, y antes que todo de aquel sumo bien que es
la caridad fraterna: "Oh cómo es dulce y gozoso que los hermanos
habiten juntos!". No será posible acceder a la contemplación saltando este
pasaje. Igualmente, según los grados de la humildad, la caridad y la
misericordia para el prójimo constituyen el grado intermedio que lleva del
conocimiento de sí a la contemplación.
Será
propiamente al interior de una verdadera experiencia de comunidad, ante todo de paternidad
o maternidad espiritual, que quien entra al monasterio podrá asumir las
propias experiencias pasadas y entregarse a la paternidad de Dios; será al
interior de una experiencia verdadera de amor fraterno, reconciliación,
colaboración, que se profundizará el valor de la propia persona así como es
querida y amada por Dios, y la gracia de la relación personal con Cristo (Cf.
DF 13, pedagogía de la castidad).
Creemos
que la recuperación y el crecimiento de la persona puede ocurrir más que sobre
el diván del psicoanalista, en la experiencia de la comunidad cristiana, en
particular de la vida común del monasterio; a condición de que ésta sea vivida
en la acogida de cada uno, en la animación de los jóvenes, en el sostén a los
débiles, en el respeto dado a todos; en suma, en la verdadera caridad o el buen
celo de los cuales la Regla nos habla.
Todo
esto en fin encuentra su contexto en la escuela de la caridad, descrita
y prescrita, por las CST, particularmente 3 y 4, y desde el 13
al 16; y encuentra su apoyo en lo que dice la Ratio a propósito de
la comunidad formadora.
Madre
Monica DELLA VOLPE
Abadesa
de Nuestra Señora de Valserena