LA COMUNIDAD MONÁSTICA COMO ESCUELA DE CARIDAD

 

                                                                                                                                  Francis Kline

 

 

 

                                                    Introducción: Una metáfora

 

En un monasterio, la caridad fraterna es semejante al montañismo. Miramos a la cima fijando nuestra vista en el punto que queremos alcanzar. Tanto por el deseo como por la exhortación de los Evangelios a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, estamos cerca de la cima. Estamos cada vez más cerca del fin que queremos alcanzar tanto por diarias conversiones, compunción del corazón, dejando atrás por un tiempo nuestra debilidad. Experimen­tamos por Cristo un éxtasis de amor, en el que, como él, podemos amar a nuestros hermanos/as como Él los ama en su Misterio Pascual. Pero nuestro amor, siempre débil y fugaz, lo mismo que nuestros éxtasis por Él es también ocasional e inconstante. Una vez en la cima caemos por el otro lado de la montaña, pero hemos tenido el conocimiento y la experien­cia, y recordamos la permanente miseri­cordia del Señor. Puede fallar nuestra caridad, pero su amor dura por siempre, así como también su recuerdo, al que nos agarramos con todas nuestras fuerzas en la comunidad, sosteniéndo­nos y ayudándo­nos unos a otros a caminar hacia adelante hasta alcanzar la tierra prometida.

 

                                                       Cristo en la comunidad

 

En el monasterio, aspiramos alcanzar el amor perfecto que expulse nuestro temor (RB 7, 67). Este amor es el amor de Cristo, naturalmente. La totalidad de la estructura de la comunidad, tal y como se concibe en la Regla, está basada sobre el amor de Cristo. Su único propósito es fortalecer este amor. La Regla dice que no debemos preferir nada al amor de Cristo (RB 4,21; 72,11) pensando siempre que el abad es su representante en la comunidad. Por los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía, Cristo y su amor están presentes y actúan tanto sobre cada uno de sus miembros como en la comunidad, Iglesia local y verdadero Cuerpo de Cristo. También sabemos, que la Liturgia de las Horas, por el hecho de ser Liturgia (servicio) es también un lugar donde actúan la presencia y acción del Misterio Pascual, cuando se reúne la comunidad para celebrarlo. La presencia y acción de Cristo es el lugar donde el amor de Dios se hace palpable y efectivo. Y ese amor es dado y recibido a través del Cuerpo que es la comunidad de los monjes/as. Es naturalmente, este amor lo que nos esforzamos en acrecentar. Esto es propiamente el núcleo o centro de la Regla por lo que hemos hecho los votos. Lo importante es caer en la cuenta que el AMOR está presente y actuando en la comunidad monástica. El consejo de Jesús, que, aunque no se cite en la Regla, podemos resumirlo así: Os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo que yo he hecho (Jn 13,15) es una meta a alcanzar. Más que un ideal de proposi­ciones místicas y míticas, la caridad fraterna, a la que estamos invita­dos, nos llama a que lleguemos a ser lo que somos, vivir en Cristo, y no vivir más para nosotros sino para El y para todos por los que él murió y fue levantado en la cruz. En conclusión que nuestra propia salvación depende de la práctica del amor que nos ata necesariamente a nuestros hermanos de comunidad, es decir a Cristo. Habiendo sido llamados a su amor antes de la creación del mundo, estamos ahora llamados en el monasterio a abrazar ese amor como una posesión eterna. Por su propia naturaleza, su amor se convierte en un poder que lleva consigo una transformación personal. Y este hombre nuevo comunica y recibe el amor a través de la frágil mediación de la vida comunitaria. Sólo después que se han efectuado los cambios, comprendemos lo que estos cambios significan en la comunidad llena del amor de Cristo. Nuestra indivi­dualidad puede ser ahora glorifica­da en Cristo, en vez de deslizarse en el abismo de la rutina con los tibios. El camino monástico, es el camino del Evangelio posible en el Misterio Pascual de Cristo. Es una proclamación dirigida a los que entre la multitud oyen al Señor que los llama para sí ofreciéndoles el don de la vida verdadera y perpetua (veram et perpetuam vitam [RB Prol. 17]).


                                                   Cristo como éxtasis de Dios

 

La acción del amor de Cristo en nosotros necesita profundiza­ción. Ya que este amor procede de su propio amor al Padre podemos aproximarnos a la Revelación con esta pregunta: )Cual es la naturaleza del amor entre el Padre y el Hijo? En este punto, renunciamos a teología trinitaria, porque un tratamiento más amplio del tema nos conduciría a la circumincesión de las tres divinas personas. Dicho más claramente. Dios sale de sí para darse a nosotros. Viene a nuestro encuentro, puede llevarnos a donde está. La economía divina actúa dentro de la Trinidad cuando el Padre envía al Hijo a redimir el mundo por el poder del Espíritu. En la teología de Juan, se explica de esta forma: Salí de junto al Padre y vine a estar en el mundo, ahora dejo el mundo y me vuelvo al Padre (Jn 16,28). Lejos de aminorar su divinidad, Dios se revela a sí mismo, como Dios, porque sale de sí (en griego= éxtasis; en latín= excessus; en español= éxtasis) en un éxtasis de amor, amor obediente del Hijo al Padre en comunión con el Espíritu. ­El misterio está en la naturaleza misma del amor que es comparti­do cuando sale de sí mismo. Puesto que Cristo es Dios, podemos decir que Dios sale de sí mismo cuando Cristo sale del Padre por un amor obediente. Al mismo tiempo, éste es el amor de Dios por nosotros. Cristo, pues, es un éxtasis de amor. Y por razón de su humanidad, el éxtasis, que es Cristo, se convierte en nuestro "puente" con Dios. En él, se hace posible nuestra unión con Dios.

 

                                                  El éxtasis de Dios y nosotros

 

 Con este Cristo injertado en nuestros corazones, o más bien, injertados nosotros en el corazón de Cristo por el Bautismo, y por la vida monástica, que es el desarrollo de nuestro Bautismo, cualquier amor que ejerzamos es de la misma naturaleza. El amor que ha sido injertado en nuestros corazones no nos cambia automática­mente sin nuestro consentimiento y sin nuestra acción. Pero construye un puente a través del inmenso abismo que separa nuestra pequeñez de la majestad de Dios. Cristo en su éxtasis de Dios, es el puente desde Dios a nosotros y nuestro camino de retorno a Dios. El éxtasis de Cristo es también nuestro éxtasis. No podemos ir hacia Dios, siendo aceptables y aceptados por Él tal como somos. Vamos hacia Dios por la única vía que es aceptable para El como Dios, a través de Cristo que también es Dios. Nuestra finitud se convierte en infinitud. Nuestra débil razón, tan enraizada en si misma, se yergue hacia la locura de la cruz. Lo que es propio de nuestra cultura, se transforma en la divina construc­ción del puente que es Cristo. No solamente debemos olvidar nuestros pecados, sino también que nuestra naturaleza se transforma antes que podamos aproximarnos a Dios, incluso antes que podamos satisfa­cer el insaciable impulso que Dios ha injertado en la profundidad de nuestro ser.

 

                                                     El éxtasis y las escrituras

 


El evangelista entendió la salida fuera de nosotros mismos en un éxtasis de amor en el episodio de la mujer pecadora (Lc 7,38-50) y en la parábola del hijo pródigo (Lc 11:15:11-24). Nos dice en la primera que una mujer, conocida como pecadora en la ciudad, al enterarse que comía en casa del fariseo, llegó con un frasco de perfume; se colocó detrás de él junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo. El detalle más notable de este hecho es que la conversión tiene lugar antes que ella decida entrar en casa del fariseo. )Qué pasó por su mente? )Qué conmovió su corazón? )Dudamos de lo que le sucedió? Los fariseos veían solamente a una pecadora degradada que hacía impuro al Maestro realizando en público algo impensable no permitido. Lo que ellos no podían ver era su conversión, que tenía dos efectos: abrir sus ojos a su terrible pecado de prostitución (si es que se trataba de prostitución) mostrándole su propia degradación. Y, a la vez, convencida de la llamada de Cristo. )Qué la degradaba? )Degradada por qué? En el momento de la conversión, por un milagro de la misericordia de Dios, se transformó por la gloria, cuando esta misericordia actuó en ella. Dios hizo brotar en ella un manantial de bondad, que su razón no podía ver ni imaginar entonces, pero que sus ojos, siendo los del Creador, podían ver. Se irguió entonces llena de contrición, con el corazón quebrantado por el amor, y se dirigió a la casa del fariseo realizan­do uno de las actos de arrepentimiento más conmovedores de la historia de la salvación. Tan grande era su amor, y lo que es más, su confianza, que ella rompió con las costumbres, con la tradición religiosa, con las leyes, tocó el cuerpo de Nuestro Señor, mostró y celebró su emoción y arrepentimiento, y nunca dudó de su misericordia y su perdón. Pasó de prostituta a santa en un instante, en un éxtasis de amor, que de haberlo pensado hubiese dado marcha atrás llena de temor.

 

Este episodio evangélico lo utiliza San Bernardo como estructura de su propia imagen: el Amante comienza el ascenso al amor en el acto de arrepentimiento a los pies de Nuestro Señor. Y habiendo recibido este primer amor, se yergue con presteza, apresurándose a besar sus manos; deseando, en un éxtasis de amor besar su boca. Dejando a un lado cualquier consideración de prudencia, costumbre y decoro, confiando ciegamente, ampliamente en su infinita misericordia, se atreve a buscar, llamar y desear a lo que no tiene derecho, a lo que sabe que él quiere darle. En este acto de unión reside el misterio de la persona humana, que se hunde sus raíces en el misterio de la propia vida de Dios.

 

También en la parábola del hijo pródigo encontramos el mismo tipo de conversión. El movimiento espontáneo del amor convierte la culpa y arrepentimiento de un hijo rebelde en la acogida gozosa de un retorno al hogar. El auto-conocimiento es la clave del doble movimiento que tiene lugar en el corazón del hijo pródigo. Como lo explica San Gregorio, el hijo volvió en sí después de sentirse indigno, cuando su degradación llegó al punto más bajo al sentir hambre hasta de lo que comían los cerdos. Se dio cuenta de su terrible situación, pero, en lugar de revolcarse en su culpa y su vergüenza, razonó con un corazón que todavía confiaba en su padre más allá de toda justicia y derecho. Volvió directamente a casa con el porte de un heredero legal, buscando el rostro de su padre. No se acobardó porque confiaba superar todos los obstáculos. Del mismo modo, salió de sí mismo cuando su padre vino a su encuentro y le besó y organizó un banquete. Se convirtió en algo más que un hijo olvidado, en objeto de alegría desbordante.

 

                                              Éxtasis de amor y caridad fraterna

 

El éxtasis del amor de Dios, basado en la conversión y guiado por el inicial deseo hacia Cristo, es la base para la experien­cia de Dios en el monasterio. Conduce al monje hacia la conversión personal y al consuelo del amor de Dios; a la conversión gradual de todo su ser y, lo que es más importante, al amor al prójimo, que es el lugar lógico para que su amor de Dios se manifieste más allá de sí mismo. Vemos que este éxtasis, comenzado en Cristo es el origen del amor evangélico y de la caridad a la que somos llamados en Cristo Jesús. Este amor de Cristo procede del Padre que vino al mundo, tomó el mundo para sí y volvió al Padre con todos nosotros, todos los que creemos en él. Cristo, sin embargo, ha vuelto a definir a Dios, por decirlo de alguna manera, incluyendo en el amor a Dios a todos aquellos por los que él murió y atrae hacia sí. Nuestro éxtasis, también, debe alcanzar, no solamente a Dios en nuestro corazón sino también al prójimo, como sugiere la parábola del buen samaritano.

 

                                        La comunidad como lugar para el éxtasis

 

La comunidad monástica es la Escuela de Caridad precisamente porque proporciona la estructura donde continúa nuestra conversión a Dios desde su comienzo para hacerse cada vez más firme, enraizán­dola y saliendo del interior hacia el exterior, es decir, se trata de una relación personal con Dios, empezando por nuestro esfuerzo personal hacia los hermanos con los que vivimos en comunidad. Hemos visto que la caridad es algo más que hacer el bien a nuestros hermanos. Es el don de Cristo de unos para con otros. Si en nuestra soledad, podemos "salir" de Dios en un éxtasis de amor, solamente en un éxtasis de caridad fraterna podemos llegar a alcanzar a Dios en la comunidad donde está presente, salvando a los hermanos.

 

 


                              La comunidad como estructura viviente del Espíritu

 

La comunidad se organiza y gobierna por el Evangelio y por su interpretación en la tradición monástica. El rango de los hermanos en la comunidad no se basa ni en la riqueza ni en el estatus o educación, sino en el tiempo en que se ha entrado en el monasterio. El trabajo es el eje de la vida diaria, y base del sustento de los monjes equilibrándose con el Opus Dei y la Lectio Divina. Dentro de esta estructura de "costumbres" (conversatio) de oración diaria, personal y sacramen­tal, hemos de venerar a los ancianos y querer a los jóvenes (RB 4,70). En cualquier momento del día, hemos de intentar vivir el Evangelio como exigencia de la Regla. Cansados, con mal humor, incomprendidos o resenti­dos, tenemos que vivir los preceptos evangélicos. En una especie de neutralidad positiva tenemos que estar dispuestos ante las necesidades de cualquier hermano. Una neutralidad negativa puede permitir que nos escudemos detrás de la regla del silencio cuando sabemos que alguien necesita consuelo. Incluso a veces podemos quedar confundidos ante la petición de cosas necesarias. En este caso actuar puede ser más caritativo. Hablar durante el Gran Silencio puede molestar. Guardar rencor es un error, pero hablar de paz antes de que yo esté dispuesto a ello es una situación violenta incluso para mí. Detrás de la estructura de la Regla se extiende un amplio campo para el discerni­miento. En muchos casos apenas se percibe el límite entre la caridad, que exige cierta libertad en las directri­ces, y el compromiso desequilibrado y excesivo en lo que se refiere a obras de caridad. Hay también muchos campos estériles e inactivos entre las personas de la comunidad porque nadie ha sembrado en ellos después de los estragos producidos por una disputa violenta o incluso por el momento decisivo de la separación. La comunidad se centra a veces en torno a este espacio vacío donde una pequeña discordia entre miembros de la comunidad no ha solucionado ni encuentra medios de reconciliación. El discernimiento aplicado caso por caso diariamente invita a los monjes a vivir una vida caritati­va y profunda logrando alcanzar de forma creativa en muchos casos perjuicios personales y reconci­liarse con un hermano o con toda la comunidad.

 

                              La estructura de las practicas de oración y el éxtasis

 

Aunque sepamos hacer las cosas bien, a veces estamos poco preparados para actuar. A veces incluso se interponen en nuestro camino montañas de resistencia personal hacia un amor creativo y real. Confusiones psicológicas, zarzas a lo largo de todo lo que hicimos, borran los peldaños la de buena voluntad. Enfrentados a esta pesada realidad. tenemos recursos que se basan en la tradición y que llevan el sello de la caridad fraterna.

 

La oración frecuente, resultado de una plegaria profunda, la práctica de la meditación y la lectio por la mañana o en el tiempo prescrito, son la base para vivir el precepto evangélico de la caridad cristiana. Aquí se hace más imprevista y más dinámica la estructura de la vida monástica. En cada esquina del claustro pueden estar acechando al monje, que para nosotros puede ser la víctima de los ladrones que están apostados en el camino. ) Cuándo nos encaminamos a algún deber los pasaremos por alto, o lo que es más probable, cuando nos dirigimos hacia alguna actividad imaginaria? )Estamos dispuestos, en cualquier momento, a contestar la pregunta del Evangelio? Si somos sinceros con nosotros mismos debemos admitir que a menudo no lo hacemos. Hemos de hallar esta fuerza en Cristo que a veces se encuentra en el corazón complacien­te cuando llama a nuestra puerta. Sin embargo, la oración frecuente es el único modo de prepararnos para estos posibles encuentros con Cristo en nuestros hermanos. Y no seremos nosotros, ni nuestro poder los que respondan al hermano, sino nosotros, elevándonos sobre nosotros mismos por el poder del Espíritu, los que ayudemos en las necesida­des del prójimo; esto lo podríamos describir como el éxtasis. A veces, incluso no seremos conscientes de la experien­cia de Cristo que otro ha tenido por nuestra mediación. Lo mejor es evitar el pensamiento de orgullo. Permanezcamos en la oración del corazón, que hunde sus raíces en una plegaria sólida de nuestro horario diario.

 


A lo mismo nos tiene que llevar la verdad en los encuentros con los hermanos que están en nuestra mente. Es fundamental la disciplina del pensamiento y que luchemos contra los ocho pecados capitales. Cristo llama en el interior de las mentes que a veces son campo de batalla  y puerto donde recala el mal. Aunque el hermano no sepa lo que le está sucediendo sin embargo, podemos ayudarle por el poder de Cristo, porque, cuando estamos solos, enton­ces preparamos nuestro corazón rehuyendo escuchar los pensa­mientos de odio que nos turban. La transformación gradual realizada por el amor de Cristo es el que lucha contra las actitudes internas y los pensamien­tos del nuestro corazón. Las actitudes del corazón no cambian ni por razonamientos ni por el conocimiento de motivos y causas. Solamente retardan el día en el que todo aparezca claro y entonces se manifiesten nuestros verdaderos sentimien­tos por actos externos. Solamente puede brotar el éxtasis del amor para con un hermano, cuando nos sobreponemos a nuestro comportamiento abusivo o de desprecio. Solamente entonces puede alcanzarse el perdón y la buena actitud para pasar a través del puente que es Cristo. Debemos atravesar ese puente. Y no podremos pasarlo si no es por un movimiento de amor impulsados por el Espíritu de Cristo y siguiendo los dictados de las palabras de Cristo en el Evangelio.

 

                                                         El amor es episódico

 

El amor fraterno es más que una actitud. El amor nos llama diariamente, momento a momento, son llamadas concretas sobre el corazón y la mente del hombre. Las llamadas del amor son episódi­cas. Crecen y menguan. Como el ritmo del corazón se hacen presentes en nuestro rostro, se van difuminando y desaparecen. Pueden leerse como se lee un gráfico. Porque el amor es una pasión buena, una respuesta, una necesidad, Cuando hablamos de caridad fraterna, hablamos del amor como si estuviese escrito como un electro cardiograma, una realidad que puede ser vista y descrita, pero que está compuesta por miles de pequeños puntos y cada uno de ellos con vida propia. Tomados en conjunto, esos puntos significan amor. Uno a uno apenas podremos percibirlos. Cada acto de amor auténtico ha tenido probablemente miles de antecedentes que no llegaron a ser amor; meros intentos de vivir el Evangelio. Pero considerados en su totalidad, constituyen una vida injertada ya en el corazón.

 

El amor considerado a través de las etapas de la vida y las comunidades

 


El empeño por la caridad fraterna, si lo consideramos más que como un buen sentimiento amorfo, artificial y universalista, como un camino que nos conduce a la madurez de las relaciones entre los miembros de la comunidad; a su vez, punto por punto, va tejiendo la red que sirve de unión a la comunidad. Más aún, de la madurez de estas relaciones, hay un intercambio el don de éxtasis de Cristo a éxtasis de la comunidad y el "techo" de la comunidad humana es elevado hasta la exaltación de lo divino en lo humano y de lo humano en lo divino. Quiero decir que la comunidad monástica está vigente ya, por lo menos en parte, en el Reino de Dios. Lo mismo sucede con la Orden tomada en su totalidad. A pesar de los escándalos de auto-búsqueda y decepciones personales, deslealtades producidas por el temor, el orgullo, la ambición, la auto-preferencia, incluso más allá de las malas interpretaciones que a menudo sentimos como una persecución activa, y muchas veces lo son en realidad, a pesar de los aparentes naciona­lis­mos en la Orden, la falta de tolerancia entre diversas culturas, todo ello parece pedir una respuesta, que está contenida ya en el cuarto grado de humildad (RB 7: 35-43). Podemos mirar el futuro con más esperan­za. En Cristo y en el crecimiento de las comunidades, no sólo en número por las nuevas fundaciones, sino también en el crepúsculo de tiempos ya pasados, y en las nuevas posibilidades hasta ahora impensa­bles. En todo eso vemos una maravillosa complejidad de amor dado y amor recibido, a todos los niveles y recovecos, que se dan no en una preferencia personal -aunque la personalidad individual esté siempre involucrada- sino más bien en el don de Cristo de unos a otros. La relaciones personales incluso opuestas de la misma comunidad: de maestro y discípulo, padre e hijo, hermano grueso y hermano delgado, poeta y carpintero, músico y labrador, todos colaboran en la realización de todos los miembros. Incluso el emparejamiento de partes opuestas sobre las cuales descansan las divisiones fundamentales de la sociedad, pueden ser utilizadas para la consideración a una vida mejor y más digna: los literalistas y los alegoristas, el amante de hechos y el amante de amplias verdades, el bibliotecario y el filósofo, el idealismo de Platón y el realismo transcendental de Aristóteles. La caridad fraterna asume el reto de una relación duradera, por encima de determi­na­das circunstancias y amparada por la autoridad, se libra de la desagradable mirada de los celos, de las comparaciones. )Podemos llamar a esto lealtad? )Cómo podemos interpretar la palabra amor? )Es posible que el agua profunda del pozo se vaya secando y nos encontramos frente a las posturas egoístas de un antiguo amigo? )Acaso nos ha recordado esto profundas deslealtades y escándalos, fracasos y experiencias familiares, abusos y escándalos morales,  en los estudios, en el trabajo? Si la vida monástica no fuese más que una escapada de todos esos desengaños humanos, deberíamos buscar la esencial y ontológica expresión de la caridad fraterna, y esto no como mero término académico. Esto lo encontraremos en el amor de Cristo por nosotros. Es a este amor a donde nos dirigimos cuando el corazón de un amigo nos rechaza. Cuando las estructuras y la praxis de la Orden enfrentan a dos hermanos sea en un Capítulo, sea en una Reunión Regional, saltan las cuerdas rígidas de la compren­sión que unían por la caridad a estas dos personas. Es aquí donde se enraíza el amor de Cristo para sostener estos corazones heridos. Este amor enraizado en el corazón por la Lectio Divina y la oración lleva consigo un poder que une de nuevo nuestros corazones de tal forma que podemos volver a entrar y salvar esas relaciones rotas que son como los restos de un naufragio que flotan en el mar de la vida comunitaria. Entonces podremos empezar de nuevo a pensar con delicadeza en detalles mínimos de confianza y de lealtad aunque para ello tengamos en cuenta la debilidad de nuestro hermano. Debemos perdonar, porque también nos han perdonado a nosotros. Este amor nunca es el mismo. Cae y se levanta. Como una soldadura que es más fuerte que el metal original; la relación puede irradiar destellos a ese mundo oculto de los santos, a la realidades últimas, y ayudar desde aquí a contemplar la esencia del cielo.

                           

                                                            Una metáfora final

 

En lugar de escalar montañas a partir de un éxtasis de amor y/o perdonar al prójimo, podemos empezar a ver el amor de Dios tanto a nivel personal como a nivel de los límites comunita­rios. El éxtasis debe llevarnos fuera de nosotros, cada vez más lejos. Encontra­remos que es placentero salir, olvidarnos de nuestros propios asuntos, donde se respira mejor, Llenemos nuestros pulmones, empecemos a confiar en la experiencia. Y saboreamos tímidamente una forma de vida ilimitada que está detrás de la muerte. La experiencia nos lleva a una vida más intensa, a un amor más profundo por el prójimo, esto nos lleva a la riqueza de Dios. El tiempo y el espacio retroceden ante la fuerza del éxtasis. Nos convertimos en fuego, en llamaradas que suben vertiginosamente hasta la cumbre. Allí está el Pueblo de Dios y allí encontramos los fértiles campos, extensos como el mar que penetra en las zonas más bajas cuando remonta la marea. La estatura que hemos recibido de Cristo no nos coloca a mayor altura que a los demás hermanos, sino que nos hace más transparentes y necesarios, más sabios ante sus asuntos, más grandes incluso en nuestras limitaciones. En el ámbito de la vida monástica, del ser monjes que vagan libres, gracias a Cristo y a su éxtasis, inauguramos en nosotros y en nuestras comunida­des el Reino de Dios al cual somos todos llamados.

 

 

                                                                                                                        Dom Francis KLINE

                                                                                                                             Abad de Mepkin