LA COMUNIDAD COMO ESCUELA DE CARIDAD

                                         (En el contexto Africano/Malgache)

 

 

                                                                                                                 Charles Lwanga Kawesi

 

 

Introducción

 

Cuando el Capítulo General de Poyo de 1993 trató extensamente el tema de nuestra "Dimensión Contemplativa", todos esperábamos que saliese a la luz una conclusión clara. )Llegaron los Padres Capitula­res a alguna conclusión? Muchos monjes y monjas deseaban saber qué es exactamente nuestra dimensión contemplativa en este siglo de compromisos. Hubo una conclusión: el Abad General la expuso con entusiasmo en la homilía de la misa que cerraba el Capítulo, "...)No habrá llegado el momento de abocarnos a nuestra realidad cenobita como fundamento, verificación y manifestación de nuestra contemplación?". Se podría decir también "de nuestra identidad contemplativa". Estas palabras expresan la conclusión fundamental del Capítulo sobre nuestra dimensión contemplativa. La sola dimensión contemplativa es la realidad cenobítica, que es la Caridad. El viraje de la búsqueda de nuestra identidad contemplativa a la realidad de nuestro modo de vida cenobítico fue ciertamente un soplo de inspiración. En pocas palabras, la Caridad es la dimensión o la identidad de una comunidad monástica, más que la de cualquier otra comunidad cristiana.

 

Una comunidad monástica es la escuela de caridad, en donde se aprende la caridad y ella misma es la maestra de caridad. )Pero es la caridad lo primero en la mente de S. Benito a la hora de erigir un monasterio? Parece que él prefería llamarlo Escuela del Servicio Divino, "Dominici Schola Servitii", por lo cual la humildad y la obediencia son de gran importancia. Sin embargo, añade que esta escuela tiene que salvaguardar dos cosas mayores: "La corrección del mal y la preservación de la Caridad". Lo cual muestra cómo la Caridad es realmente fundamental en la Comunidad Benedictina como lo es en cualquier comunidad cristiana. Ésto es lo que hizo que el gran Apóstol meditase sobre el amor en la primera carta a los Corintios: "...Y si repartiese toda mi hacienda y entregaré mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha" (1Cor. 13,3 ss.).

Cuando se me pidió que escribiese un documento de trabajo sobre este tema del próximo Capítulo General, por la Región Africana/Malga­che, albergaba grandes esperanzas de orientar el tema únicamente en el contexto de nuestras culturas. Pero me he dado cuenta de lo difícil que es tratar tal tema de carácter universal en un contexto limitado. Con todo, siempre es útil basarse en la propia vivencia, algo que trataré de hacer en este documento. Intentaré expresar concretamente cómo la comunidad monástica es Escuela de Caridad para un Africano y para un Malgache.

Como queda bien establecido por las Comisiones Centrales, este documento se dividirá en tres partes: en la primera trataremos de la vocación monástica como vocación a la Caridad, basándonos principal­mente en la Regla de S. Benito. Luego deduciremos los elementos que ayudan a la unidad en una comunidad.

 

 

1. LA VOCACIÓN MONÁSTICA, UNA VOCACIÓN A LA CARIDAD

 


Un monasterio benedictino camina de la tierra al cielo convir­tiéndose en comunidad (Koinonía). Tan es así, que en el momento en el que se consigue la unidad comunitaria, la comunidad ya ha alcanzado su meta celestial. Esto inspiró la conclusión de la Regla de S. Benito, "el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna" (RB 72, 12). Me gustaría señalar que S. Benito, siquiera implíci­tamente, percibe la vida monástica como crecimiento en la Caridad. Admite que podemos sentir que el camino es demasiado estrecho, pero la verdad es más bien que nuestros corazones son demasiado estrechos. Cuando nos abrimos con amor nos damos cuenta de que todas las observancias son mucho más fáciles. Toda disciplina y ascetismo es para promover el amor. Aquellos no son fines en sí mismos. El propósito de toda ascesis cristiana y monástica es el simple amor del prójimo y de Dios. El amor es el fin y es también el camino hacia el fin.

)Pero viven las comunidades Africanas/Malgaches hoy día en este amor o, aún más, es algo central en su misma teología? Creo que no, aunque esto pueda sorprender a muchos que hayan percibido una cálida sonrisa en sus visitas. Pocas de nuestras comunidades Africanas o Malgaches perciben la realidad de ser convocadas juntas por el amor, de ser comunidades de amor. Es cierto que el Africano/Malgache es muy social, pero esta sociabilidad es lenta en su existencia integrada en la realidad de nuestra fe, es decir, en el hecho de que somos llamados junto por el amor. El aparente calor es mucho menos profundo de lo que parece; puede que nos parezcamos a una masa de gente que se agolpa en las horas punta para coger el metro. La necesidad o la desgracia pueden ser lo único que tenemos en común. Se necesita tiempo para crecer en la fe, para llegar a ser una comunidad de fe.

 

 

 LA UNIDAD DE LA COMUNIDAD

 

Cristo es el fundamento de la unidad en la comunidad, ya sea Europea o Africana/Malgache. Es mediante Cristo como llegamos a ser la familia de Dios. En el encuentro regional africano de Israel los superiores y delegados subrayaron la importancia que la familia tiene en nuestra cultura. Tanto para un Africano como para un Malgache, la familia no es solo un grupo en el que los miembros están juntos accidentalmente. La familia es el lugar en el que la persona siente o experimenta la aceptación y afirmación por parte de los otros miembros. En otras palabras, la familia es el lugar de formación en el que aprendemos a relacionarnos. Y de la misma manera que para cada cristiano, orientado hacia el amor de Dios y del prójimo, la familia es un modelo significante, así lo es también para cada monje o monja. Por eso, el modo de vida cenobítica está tan de acuerdo con nuestro modo de ver y de vivir la vida de familia. Se podría incluso decir que Africa/Madagascar es una cultura de familia. Es desde esta realidad desde la que nuestra Región prefirió llamar a la comunidad monástica una familia. Una familia, como cualquier comunidad religio­sa, es un grupo de personas reunidas por el amor, nacidas del amor y que viven sólo para el amor. Lo cual exige mucho de cada persona: auténtica y mutua confianza, relaciones auténticas, perdón y reconciliación, aceptación de las diferencias, corrección mutua y, finalmente, diálogo y comunicación. Me gustaría exponer algunos de estos puntos, necesarios para que una comunidad sea verdadera Escuela de Caridad.

 

 

i) La mutua y auténtica confianza

 

Hay muchas maneras de abordar la confianza mutua. Una puede ser la psicológica y otra la sociológica. Puesto que este documento quiere ser concreto, evitaré cualquier tratamiento escolástico e intentaré presentarlo en términos concretos.

Par los Africanos/Malgaches la confianza es inmediata y casi automática. Generalmente tenemos confianza en nuestros hermanos y hermanas. Confiamos en su vocación y en sus iniciativas. Tendemos a confiar en los demás sin preocuparnos en verificar la autenticidad de la persona en cuestión.

Pero esta confianza, en Africa/Madagascar, es muy frágil a pesar de ser inmediata. Dura poco tiempo, al menos en muchos casos. Los hermanos Africanos/Malgaches tienen gran debilidad en la confianza mutua; es "fingimiento". Un hermano o una hermana aparentará tener confianza en uno, mientras que él/ella está sintiendo exactamente lo contrario. Hay falta de apertura en esta área de nuestra vida. Este modo de actuar sucede cuando una cultura concede gran importancia al grupo más bien que a la persona, como es el caso de nuestras culturas. Un hermano/hermana fingirá ser amigo tuyo para que uno no se sienta excluido del grupo, sólo por simpatía. El Africano/Malgache teme culpar o (condenar) a nadie, incluso en el caso de que la falta le sea bien conocida. De esta manera tiene debilidad de falta de apertura hacia sus compañeros hermanos y hermanas. No hace falta decir que esto dificulta el crecimiento en la comunidad como Escuela de Caridad.

 


ii) El perdón en la comunidad

 

Este elemento podría ser menos preocupante para el Africano/Mal­gache, toda vez que nosotros no distinguimos entre lo que es pecaminoso y lo que no lo es. La vida es en cualquier caso un proceso dinámico con elementos positivos y negativos. Sin embargo, refirién­donos a lo que dice S: Pablo, el único pecado es el que se comete contra la Caridad.

El perdón auténtico es difícil de practicar. La mayor parte de nosotros, inconscientemente, se imagina a la comunidad como a un grupo perfecto de personas sin problemas comunitarios para hacer posible el perdón. En verdad, la comunidad es ese lugar de encuentro en el que los miembros, además de vivir juntos, manifiestan también sus propias debilidades y dificultades en el amarse mutuamente día a día; lo cual crea una constante necesidad de recibir y dar perdón cada día. Resulta muy interesante hacer observar que un grupo de personas que no tienen nada que perdonarse tienen muy poco de cristianos.

Muchas de nuestras comunidades Africanas están afrontando toda una crisis en este período de transición, de ser comunidades protegidas bajo la sombra de los fundadores a pasar a ser comunidades autónomas bajo el gobierno de hermanos/hermanas indígenas. Durante este tiempo de formación, los hermanos/hermanas Africanos no han tenido dificultad en aceptarse a sí mismos y también a los demás. Pero permanecimos como niños, pensando que la comunidad debe ser perfecta, en lugar de ser una comunidad llamada a la perfección aunque sin alcanzarla. El resultado ha sido frustraciones y resenti­mientos. Para una comunidad Africana es difícil aceptar que sus miembros tienen limitaciones, faltas y pecados. La comunión no es sólo participación en la vocación y los ideales sino también la convicción de que todos necesitamos el perdón de los demás. Así una comunidad de hermanos y hermanas comparte la misma misericordia del Padre. Ninguna comunidad puede construirse ella sola y permanecer viva sin sentir la necesidad del perdón. Todos los miembros deben desarrollar esta mentalidad y experimentarla. El perdón es el corazón de la vida comunitaria, ya sea Africana o Europea. La parábola de la comunidad reconciliada es la del hijo pródigo. En cada comunidad hay quienes cometen faltas y quienes perdonan, quienes ven difícil el perdón y quienes no saben perdonar o quienes se irritan cuando ven que otros son misericordiosos. De vez en cuando, todos tenemos en nosotros un poco del hijo pródigo, del hermano mayor y del padre que perdona.

)Pero, entonces, quién es el que rompe la comunidad? A menudo no son los que cometen errores y faltas sino los que se muestran inflexibles en sus juicios y condenas. Olvidan que también ellos cometen errores y han sido perdonados.

Con todo, el problema de las comunidades Africanas, no es el de no ver los errores sino el de no saber corregirlos y perdonarlos.

 

 

iii) La corrección fraterna

 

Es el mandamiento evangélico que menos se practica. Realmente nos sentimos indignados y escandalizados, reprendiendo y esparciendo a los cuatro vientos las faltas de nuestro prójimo, mientras que vemos difícil corregir y recibir corrección de nuestros hermanos y hermanas. La corrección fraterna significa aprender a convivir con el mal Cel nuestro y el de los otrosC. Mientras nos ayudamos a integrar el mal, la corrección fraterna transforma nuestra vida, dando a cada uno de nosotros una oportunidad para la salvación del otro. El individualis­mo, que dificulta la corrección fraterna, es el origen del pecado. Tememos corregir los pecados de nuestros hermanos, remitiendo al superior como única persona que puede hacerlo, por miedo de ser odiados. La decadencia en la comunidad comienza en el momento en el que desconoce­mos las responsabilidades de los otros, donde cada uno es "para sí mismo/a y Dios para todos". La paz podría existir en tal comunidad porque cada uno realiza su propio trabajo, y en donde poco a poco, todo se convierte en propiedad privada, incluso Dios. Se puede asegurar que la paz no durará mucho.

 

La corrección fraterna es el modo de crecer juntos, de unir mi vida a la de mi herma­no/hermana, de ver la fraternidad/sororidad como un acontecimiento salvífico, el medio teológico que nos hace darnos cuenta de que somos tanto sujetos como objetos de redención.


La corrección fraterna produce un dinamismo nuevo de relaciones interpersonales. Mi hermano o mi hermana no es ya sólo un compañero de viaje o un colega que vive en la habitación contigua, ni siquiera un amigo íntimo o la persona interesante o aburrida a la que es fácil o difícil amar...Él/ella es alguien con quien comparto el plan divino, que ninguno de nosotros puede realizar solo, sin ayuda del otro.

Decidir vivir juntos hasta el punto de sentirnos responsables en el conocimiento del otro, y por lo tanto de alegrarnos en sus éxitos y dolernos con sus fracasos, eso es lo que transciende el miedo, la indiferencia, la envidia, el rechazo, los celos y el apego, cosas ellas muy humanas.

)Dónde encontrar la valentía para intervenir? )Dónde las palabras justas en el momento justo? Ésta es la pregunta de muchos. Todos estos medios de corrección fraterna se han de obtener de mi "experiencia personal como pecador que ha sido juzgado y reconcilia­do". La corrección fraterna presupone la convicción de que el pecado de mi hermano/hermana es también el mío. Deberíamos recordar el dicho de los Proverbios (3,12): "Al que el Padre ama le corrige".

 

 

iv) La comunicación

 

Se supone que toda comunidad es una comunidad de relaciones, y por esto la comunica­ción es de gran importancia. La comunicación aquí no es compartir ideas, acontecimientos y hechos de la vida, sino la relación interpersonal y real en la que la comunicación es ese hecho de compartirme "yo" mismo con los otros. La comunicación es el alma y el corazón en la comunidad. Es el auténtico darse de uno mismo al otro. Todos los otros dones no son más que prendas y sacramentos de este solo don de sí mismo.

Aunque sea peligroso generalizar, el monje/monja africano tiene gran dificultad en la auténtica comunicación. Teme decir lo que es por miedo a ser malentendido por aquellos con quienes se comunica. Hay una gran superficialidad de comunicación en las comunidades Africanas. Es posible que los diálogos comunitarios sean de gran ayuda en este punto.

 

 

2. LA PEDAGOGÍA EN LA ESCUELA DE CARIDAD

 

En este punto me gustaría desarrollar la noción del superior en la comunidad Africana. Normalmente el superior no es siempre el que sabe mucho, sino algún mayor al que el grupo reconoce que tiene suficiente sabiduría y experiencia para orientar a dicho grupo hacia su objetivo.

La relación entre el superior y sus súbditos es la del padre-hijo/hija, un amigo. En la vida religiosa esto ha creado algunos problemas con relación a la autoridad del superior. Desarrollan­do un modo familiar de relaciones es difícil, a veces, actuar de modo eficiente como superior. El superior es el auténtico animador de la caridad, a veces con menoscabo de su autoridad.

 

 

3. LA EUCARISTÍA

 

La celebración de la Eucaristía es el culmen de la expresión de la comunidad como Escuela de Caridad. Es en la Eucaristía donde los miembros de la comunidad se comunican con la fuente del amor y su plenitud. Por eso el Africano se queda extático en la celebración litúrgica. En la Eucaristía la entera comunidad se comunica con el Santo, Dios, con todos los Santos, tanto vivos como difuntos, y con lo Sagrado.

 

Se debería subrayar que las celebraciones Eucarísticas en la mayor parte de los monasterios Africanos son apagadas y sin alma. Hay en ellas poca vida. Están copiadas de los modos tradicionales y doloristas de celebrar en los monasterios.

 

 


Conclusión

 

Para concluir, habría que añadir que siendo como es tan amplia la materia, sólo se puede tratar con limitaciones en un documento que está destinado a inspirar a nuestras comunidades al redactar los informes de las casas.

En la comunidad como Escuela de Caridad, Africa tiene la especificidad de la alegría en sus claustros, siempre con gente sonriente. Raramente se encontrará a personas con caras tristes. Hay acogida con corazón cálido. Se siente la necesidad del otro. El Africano existe por la comunidad. En una palabra, es la comunidad la que precede a los individuos y no los individuos quienes preceden a la comunidad.

Lo que impide que nuestras comunidades sean auténticas Escuelas de Caridad es la falta de autenticidad y apertura. Los Africanos todavía tenemos una cierta inferioridad en la madurez espiritual. Necesitamos la afirmación de nuestros padres fundadores provenientes de los continentes desarrollados. Finalmente, siendo todavía comunidades jóvenes, hay falta de personal para las actividades necesarias, que origina la ausencia continua de ciertos hermanos, lo cual reduce la fuerza de la comunidad.

Esperemos y roguemos para que Dios continúe mandándonos su Espíritu de amor y así tener un cabal discernimiento de nuestra vocación y de nuestra vida cristiana.

 

 

                                                                                                  Padre Charles LWANGA KAWESI

                                                                                                            Our Lady of Victoria Abbey