LA COMUNIDAD COMO ESCUELA DE CARIDAD

 

Dom Vianney de Oita

 

Cuando entré en el monasterio desconocía completamente la espiritualidad cisterciense y sus objetivos. Me hice la siguiente reflexión: Los monjes de esa comunidad viven según la Regla de San Benito y son personas inteligentes que transmiten las tradiciones de San Bernardo. Por esta razón, aunque yo no sé nada de la espiritualidad o de los objetivos de la Orden, y no estando totalmente convencido de mis propias motivaciones o porque me siento llamado a la vida cisterciense, los monjes me enseñarán estas cosas y podré llegar a aprenderlo de ellos. En verdad, este deseo mío se ha concretizado: los monjes me han instruido y aprendí de ellos. Puse en práctica lo que aprendí, la manera de poder llegar a ser un miembro activo de la Orden que vive según la Regla de San Benito.

Más concretamente, lo que me enseñaron, lo que aprendí de ellos es que la nota característica de la espiritualidad cisterciense consiste en la comunidad entendida como Escuela de Caridad, y que, en el interior de la misma comunidad corresponde a Cristo un papel determinate. Aprendí también que el objetivo de la vida cisterciense es el de vivir los votos monásticos mediante la observancia de la regla de San Benito. Para alcanzar este objetivo buscamos crear un estilo de vida cristiana que armonice las exigencias de la mente y del cuerpo mediante la plegaria y el trabajo manual.

Por otra parte, en una sociedad como la del Japón, que lleva a las espaldas la fuerte tradición budista, incluso nosotros, cristianos, no quedamos inmunes de la cultura y de las tradiciones que nos circundan. Cuando los monjes budistas asumen el sacerdocio, sus motivaciones y su objetivo son muy claros: dan este paso en la esperanza de superar los sufrimientos de la vida presente y evitar crear otros en el futuro. Con otras palabras, creen que actuando de esta manera, no solo podrán evitar el sufrimiento de este mundo mediante sus prácticas, controlando las pasiones mediante el dominio de la voluntad, sino también el sufrimiento del mundo futuro, a través de sus ascesis y renuncias, hasta poder llegar a alcanzar un estado de iluminación espiritual. Para llegar a este estado de iluminación, el novicio budista dedica mucho tiempo, muchos esfuerzos y energías, peregrinando a pie por todo el país buscando un maestro válido. En la mayor parte de los casos, la formación del novicio comienza y progresa en un modo personal y directo, mediante la relación personal entre el discípulo y su maestro. Corresponde al maestro juzgar cuándo el discípulo ha llegado, si ha llegado, a una grado suficiente de iluminación espiritual. Del mismo modo, si el discípulo no quedase satisfecho de su maestro, puede abandonarlo libremente y empezar de nuevo a buscar un maestro más experimentado y más profundamente iluminado en el campo espiritual. Al margen de la elección concreta del propio maestro, la formación espiritual requiere la obligación de que maestro y discípulo convivan juntos, al menos en determinados períodos. Por esta razón, el fenómeno de la vida comunitaria es común tanto a la tradición budista como a la cristiana. Sin embargo la vida comunitaria según la tradición budista difiere de la cisterciense en cuanto la primera esta basada en la formación espiritual, mientras que la cisterciense está centrada en la Escuela de Caridad.

Considerando el hecho que nos encontramos en un ambiente permeado de budismo, hemos de resistir la tentación de concebir nuestra vida religiosa en términos de formación espiritual o de esfuerzo para vernos libres de los sufrimientos de la vida de este mundo. Nosotros, miembros de este monasterio de fundación más bien reciente, hemos de tener presente este riesgo. No pocos aspirantes a la vida monástica se han presentado aquí movidos por el deseo de purificarse y de huir de la realidad del mundo presente. Reconocen que son pecadores y deciden entrar en el monasterio solamente porque quieren dedicar toda su vida a expiar sus pecados. Sin embargo, la vida monástica es una Escuela de Caridad, en la cual cada monje lleva su propia cruz en unión con todos los demás, motivado por el deseo de seguir las huellas de Jesucristo.

Si no tenemos muy clara en la mente la idea de que la comunidad ha de ser entendida como Escuela de Caridad, se corre el peligro de considerar la vida monástica como una ocasión para la formación personal. Cuanto más conscientes somos de ser pecadores, más se presenta la tentación de querer superar nuestras debilidades y romper las cadenas de nuestros pecados por medio de nuestra ascesis personal y nuestra formación espiritual, sin contar con la ayuda y el apoyo de los demás. Según esta interpretación equivocada de la vida religiosa, el tema de la formación individual prevalece por encima de cualquier otro, y, en consecuencia, se corre seriamente el riesgo de perder el equilibrio entre oración y trabajo manual. La formación religiosa, basada en semejante presupuesto egocéntrico, lleva a creer que no tenemos necesidad de los otros miembros de la comunidad. Por esto se corre el peligro de irnos marginando de los demás monjes, a causa de la falsa convicción de que los demás no pueden ni comprendernos ni aceptarnos. Un planteamiento tal lleva fatalmente a encerrarnos dentro de nosotros mismos, y restringe y limita de modo notable los horizontes mentales del monje.

Para evitar una concepción tan estrecha de la vida monástica, conviene tener presentes algunos puntos fundamentales. El primero y el más importante consiste en darse cuenta que la vida monástica depende verdaderamente de la comunidad, entendida como Escuela de Caridad. Es en el interior de la comunidad-Escuela de Caridad donde cada uno de los monjes aprende a conocerse perfectamente. Conocerse, significa también aceptarse y hacerse aceptar por los demás. Hemos de conocernos tal como somos y aceptarnos tal como somos. El religioso, para alcanzar la humildad, es necesario que se enfrente con la realidad de nuestra manera de ser de cada uno. Se descubre nuestro modo de ser auténtico no evitando los sufrimientos sino al asumirlos y combatirlos. Es precisamente en este campo donde Dios se revela con su gracias, que se manifiestan a través de esta conciencia. Para aquellos que reconocen lo que son en realidad, nuestra Regla enseña que la vida monástica, entendida como Escuela de Caridad no tiene límites ni término: «Con el progreso en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón, con la inefable dulzura del amor, se corre por el camino de los mandamientos de Dios. De este modo, sin desviarnos jamás de su magisterio y perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participaremos en los sufrimientos de Cristo con la paciencia, para que merezcamos compartir también su reino» (Prol. 49-50).

Para un joven monje que se encuentra en los comienzos de su vida monástica, las varias observancias y la corrección fraterna pueden ayudarlo naturalmente a comprender que la vida monástica consiste en la comunidad entendida como Escuela de Caridad. En particular, observar el silencio y practicar el ayuno y la abstinencia, para no citar sino dos prácticas consideradas típicas de la vida cisterciense, constituye una óptima ocasión para seguir el ejemplo de Cristo, que se retiró al desierto para luchar contra las tentaciones del diablo, durante cuarenta días y cuarenta noches, antes de iniciar su vida pública. El religioso que se retira al desierto siguiendo el ejemplo de Cristo, testimonia de hecho su pertenencia a la Iglesia. El religioso trata de imitar el ejemplo de Cristo en su propia vida para participar en su misión. Una de las características de la misión de Cristo consiste en su obediencia total al Padre. Ésto queda reflejado en la obediencia total que debemos al Abad: todo lo que el monje hace, lo hace por su obediencia al Abad.

Ver la realidad exactamente en su dimensión propia constituye una de las tareas más arduas y difíciles para todo ser humano. Para poder ver de un modo claro la realidad, es necesario poseer un espíritu bien preparado y atento. Se podrían reformular las palabras del Señor: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,19), diciendo: «Mira a tu prójimo como te miras a ti mismo». Ver de esta manera una persona, una situación o una cosa, no quiere decir dar rienda suelta a la fantasía, sino conocer estas realidades como son realmente. Sólo de esta manera podremos responder de manera adecuada a las exigencias de nuestros hermanos. Después de haber entrado en el monasterio he aprendido, ante todo, a aceptarme a mí mismo, en el interior de la Escuela de la Caridad. Ahora me encuentro en la etapa de aprender a ver y a aceptar a los demás en su verdadera realidad, de modo semejante como trato de verme y aceptarme como soy.

 

 

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