PEDAGOGÍA EN LA ESCUELA DE CARIDAD :

LA COMUNICACIÓN EN NUESTRAS COMUNIDADES

 

Dom Isidoro de Huerta

 

El tema sobre el que me han invitado a hablaros, a saber, la comunicación en el momento actual de nuestras comunidades, se encuadra no sin razón en la pedagogía que se realiza en la escuela de caridad que constituyen nuestras comunidades. Pero como todo pedagogo puede ser bueno o malo. Por eso dependerá mucho de cómo entendamos y vivamos la comunicación a la hora de valorar su buena o mala pedagogía conducente a la caridad.

¿NOS COMUNICAMOS?

Parece algo obvio esta pregunta, pero la verdad es que no todos opinamos lo mismo. Al ser esencial en nuestra vocación tanto la vida de silencio y oración como la vida comunitaria, no nos debe extrañar que siempre encontremos una cierta tensión a la hora de afrontar el tema de la comunicación. Palabra y silencio, relación con Dios y con los hermanos, son los dos carriles por los que avanzamos en nuestra vida monástica en pos de Cristo.

¡Claro que nos comunicamos!, basta con echar un vistazo a los informes de las casas de Poyo 93 y ver cómo en la gran mayoría de ellos se expresaba un mea culpa por la demasiada comunicación verbal. Pero bien sabemos que el problema no está en hablar o guardar silencio, sino en saber comunicarnos, tanto con la palabra como con el silencio. El Abad General recordaba a la RE el año pasado que hay comunidades muy bulliciosas en las que no hay comunicación, y hay comunidades muy silenciosas con una verdadera comunión. El equilibrio se presenta como el punto de mira tras el que nos debemos encaminar.

Se ve la necesidad, por consiguiente, de reflexionar sobre lo que es para nosotros la comunicación, cómo lo hacemos, qué comunicamos, si nos comunicamos o simplemente comunicamos, qué dificultades encontramos y qué es lo que nos ayuda.

QUÉ ENTENDEMOS POR COMUNICACIÓN

Cuando hablamos de comunicación quizá no siempre coincidamos en sus contenidos. En seguida nos viene a la mente el diálogo; un diálogo que desde el Concilio tanto ha cambiado la fisonomía de nuestras comunidades en sintonía con los tiempos que nos toca vivir. Pero bien sabemos que la comunicación es mucho más que la expresión verbal. Son los gestos, las actitudes, las posturas, los comportamientos que pueden ser percibidos por el otro y contienen un mensaje. Es, por lo tanto, una relación interpersonal.

Nuestro estilo de comunicación tampoco se ve libre de la influencia de los medios de comunicación social, que nos informan rápidamente sobre todo lo que sucede, sin dar tiempo a reflexionar, y fomentando un tipo de sociedad superinformada pero superficial, donde hay hombres que se sienten islas, necesitados de que se les escuche y acoja personalmente.

Esto hace que no pocos jóvenes cuando entran en nuestras casas lo hagan experimentando un deseo sincero de compartir su mundo interior. Sin embargo, debemos tener en cuenta que en una cultura eminentemente sensorial, este aumento en el deseo de comunicarse tiene una peculiaridad: se realiza sobre todo desde el sentimiento, la afectividad o la emotividad. Es una necesidad de expresar lo que se siente, al mismo tiempo que encontrar en el apoyo del otro un sostén que antes podía hallarse más fácilmente en el propio interior, en los valores aceptados y asumidos, y que en la actualidad están en crisis. Es quizá por esto que hoy se constata más la necesidad de dialogar o simplemente de hablar, viéndose el silencio por los más jóvenes como una imposición no siempre entendida. Necesitan tiempo para descubrir la comunicación como expresión de comunión.

D. Ambrosio Southey decía hace unos años, hablando de la juventud actual en nuestros monasterios, que se aprecia en ella un interés grande por la oración, pero necesitado también de un proceso purificador. Con frecuencia se constata que muchos jóvenes lo que de verdad buscan, consciente o inconscientemente, son experiencias o manifestaciones sensibles de Dios o de lo sobrenatural. En otras palabras, se buscan a sí mismos y no a Dios. Algo parecido podríamos decir con relación a la necesidad de comunicación. También ésta necesita purificarse para que no quede en un simple deseo de evasión o compensación afectiva en un mundo hostil, "sintiendo" la acogida de los otros, su compañía y apoyo, en lugar de un darse a sí mismo y acoger al otro por sí mismo.

La comunicación es dar algo de sí y recibir algo del otro para compartirlo. Pero no podemos transmitir nada si antes no hemos entrado dentro de nosotros, y en nuestro santuario nos hemos comunicado con nosotros mismos y con el espíritu del Señor que en él habita. Si en nuestras comunidades no se vive en el amor y desde el amor, no podrá haber verdadera comunicación. Con frecuencia gastamos energías en buscar formas aptas de comunicación sin ir a lo esencial, sin tener antes claro qué comunicar. Si esto falta, nuestros métodos y reflexiones no serán más que un precioso traje puesto a un ser abominable: espanta al que se acerca. Y quizá en nuestra ceguera nos sigamos preguntando cómo es posible, si el envoltorio era tan bello.

Cuando nuestra comunicación brota desde el amor, entonces la comunidad se vive no sólo como medio para la santificación personal, escuela donde nos ejercitamos en la propia caridad, sino como verdadera presencia del amor de Dios que nos hace uno en él. Es entonces cuando se realiza la comunicación "a tres", siendo el tercero no ajeno a nosotros, sino en nosotros. Cuando sólo buscamos nuestro perfeccionamiento, y más aún si no lo buscamos, desaparece la auténtica comunicación con el hermano (salida de sí y acogida del otro), quedando desfigurada nuestra relación con Dios. Lo más que se da es "sufrir pacientemente al otro", tratar de enmendarlo, intentar hacer prevalecer nuestra opinión, etc., pero nunca habrá diálogo y comunicación auténtica desde un espíritu de fe.

Nuestra unión con Dios es previa a la comunión con los hermanos, aunque en esta comunión se realiza y crece dicha unión. Esto mismo nos permite comunicarnos con los demás con la solidez y libertad de nuestra comunión con Dios, esto es, sin depender de la reacción positiva o negativa del otro, sino transcendiéndola, pudiendo hacer así posible lo que en ocasiones puede resultar imposible. Es fruto de lo que tanto hablan nuestros Padres, amar a Cristo en el hermano a pesar de las manifestaciones poco atractivas, es vivir la sacramentalidad de la comunidad como el cuerpo del Señor, el Cristo total. No es posible entrar en comunión-comunicación verdadera con Dios si no nos abrimos a la comunión con los hermanos, sacramento de su presencia y de nuestra unión con él. Por eso el vivir en comunidad nos da la gran ventaja de poder contrastar la veracidad de nuestra comunión con Dios.

Así, nuestra comunicación con los hermanos es expresión de nuestra "comunicación" de amor y amistad con Aquél que nos ha convocado a vivir juntos su misterio de amor. En esta relación hay algo que nos supera, que hace de nosotros pedagogos aún sin pretenderlo, el espíritu del Señor que nos hace descubrir su amor incluso en las actitudes negativas de los hermanos, impulsándonos a poner amor donde no lo hay, en lugar de sucumbir ante la manifestación negativa del otro, fruto de su mal momento interior. Visto así la comunicación ya no es cosa de dos, sino de tres, como ya he dicho. El que transmite, el que recibe y el espíritu del Señor que ilumina al uno y al otro. Es entonces cuando somos capaces de comunicar de verdad más allá de la coherencia o exactitud de lo que expresamos.

En la medida en que una comunidad se abre generosamente a esa dinámica de fe, y habla de ello abiertamente, sin falsos rubores, en esa medida crece en una verdadera comunicación, más allá de las formas acertadas o desacertadas que tenemos. Todos tenemos derecho a errar, a fin de cuentas es nuestra condición, pero no tenemos derecho a sucumbir negándonos a ver las cosas con espíritu de fe, negándonos a albergar al Señor en el seno de la comunidad.

De hecho la comunicación va más allá de la formas de comunicación. Puesto que es vida, conviene que la distanciemos de su envoltorio, si bien sabiendo que no puede prescindir de él. ¿Qué quiero decir? Cuando descubrimos y aceptamos que nosotros no somos nuestras manías y sentimientos que surgen en nosotros y que no podemos fácilmente dominar, entonces conseguimos objetivar mejor nuestra vivencia interior, lo que nos ayudará a descubrir que en el hermano sucede lo mismo, con lo cual estaremos más preparados a captar lo que de verdad él es, la vida que tiene y nos comunica, sin confundirla con esas expresiones desafortunadas que todos tenemos, y si bien manifiestan algo de lo que somos, encubren al mismo tiempo la parte más profunda de nosotros mismos.

¿QUE ES LO QUE COMUNICAMOS?

Hoy se experimenta una gran necesidad de comunicación. Pero es precisamente esa "necesidad" la que determina la calidad de la comunicación. Es muy distinto el deseo de comunicar-compartir una experiencia tenida e integrada, que el comunicarse como fruto de la necesidad de ser escuchado, de ser tenido en cuenta, por el miedo a la propia experiencia en la soledad del corazón. En el primer caso somos capaces de ofrecer algo de nosotros mismos desde la gratuidad. En el segundo lo que de verdad nos interesa es la respuesta positiva del otro.

Para comunicarse es necesario dar algo de sí y amar al otro. La expresión airada o hiriente comunica... tan sólo mi tormentoso estado interior, pero no ayuda a crecer en el amor, salvo que sea elaborado por el que escucha desde la mansedumbre, haciendo surgir la paz en el que antes no la tenía.

He visto hermanos que se comunican amargamente. Más que comunicar habría que decir que manifiestan su estado anímico, pues no cuentan lo que de verdad llevan por dentro, ni los demás les escuchan debidamente. He visto hermanos que son impetuosos e incluso duros de carácter, pero de un gran corazón y vida interior. Es curioso cómo la comunidad sabe recibir el mensaje de unos y de otros. Y es que la comunicación es mucho más que la palabra o las formas. Cuando nos comunicamos, comunicamos vida.

No nos cuesta comunicar lo que se ve, lo que aparece a los ojos de los demás o es obvio. Esto no nos compromete (trabajo, noticias, etc.). Es el tipo de comunicación que más empleamos. Sin embargo, lo que entra en el ámbito de nuestros sentimientos o experiencias íntimas, ya no lo manifestamos tan fácilmente. Necesita un clima de confianza y cierta amistad, donde uno se sabe acogido por el otro sin más. En todo caso resulta más fácil manifestar sentimientos pasados que lo que nos está sucediendo en la actualidad o los sentimientos relacionados con el hermano que tengo enfrente todo el día. Algunos, muy especialmente entre los jóvenes, desean que ese tipo de comunicación sea más asidua, pero la realidad es que solamente se puede dar si antes se ha creado un clima de unidad y amistad. Entonces ese tipo de comunicación sí aumenta aún más la comunión; en caso contrario se corre el riesgo de acrecentar la incomprensión.

Todos sabemos muy bien que la calidad de comunicación en nuestras comunidades no depende tanto de las muchas reuniones o posibilidad de diálogos cuanto de una vivencia intensa de amor y fidelidad dentro de la comunidad. Cuando esto se da, la comunidad comunica y se comunica sencillamente porque tiene algo que comunicar, tiene vida.

¿COMO NOS COMUNICAMOS? DIVERSAS FORMAS DE COMUNICACIÓN EN NUESTRAS COMUNIDADES

Los tipos de comunicación en nuestras comunidades son diversos. Hay una forma de comunicación que se vive y no siempre se alcanza a expresar. Es la comunicación fruto de la comunión auténtica. Me doy al otro y le acojo más allá de cualquier gesto o palabra. Me siento unido a la comunidad y esto transmite vida. Cuando uno traba contacto con una comunidad por primera vez "palpa" algo positivo o negativo que se transmite al exterior y que es fruto del grado de comunión, distinto de la simple camaradería.

Hay otro tipo de comunicación que se realiza por multitud de gestos sin palabras. Este género también se da irremediablemente en nuestras comunidades, sea positiva o negativamente, pues no somos solitarios, sino cenobitas. De ahí que incluso el que se aparte de la comunidad o viva un silencio tenso ya está dando un mensaje muy claro de excomunión. Con esos gestos y actitudes comunicamos nuestro mundo interior que no siempre llegamos a conocer ni nosotros mismos.

Existe otro tipo que es el directo, entre dos hermanos, o el de la comunidad en su conjunto. El primero tiene grandes posibilidades, pues se puede cultivar una verdadera amistad. Tanto uno como otro nos descubre nuestra personal calidad humana y espiritual y la experiencia que tenemos del amor de Dios que nos empuja a crecer en la schola caritatis. Si esto es así, yo me pregunto ¿por qué en nuestras comunidades cuando hablamos de economía, proyectos, liturgia, trabajos,... o del vecino, nos explayamos con tanta facilidad, y cuando tocamos temas de más calado espiritual nos retraemos respetuosamente? Es cierto que hablar de nuestros sentimientos da más pudor, pero a veces es también signo de que nuestra vivencia interior no es tan firme. Quizá, como apuntaba antes, se necesite el suficiente clima de confianza que no siempre existe.

También estamos necesitados de un aprendizaje en la comunicación, teniendo muy en cuenta cómo funcionamos a nivel psicológico (propia imagen, sentimientos que el otro me produce, expectativas), pero lo dejo porque se dijo no nos fijáramos en este aspecto.

En general creo que podemos decir que la comunicación de nuestras comunidades es tan diversa como diferentes somos sus componentes. Se da a un nivel superficial, pero también profundo. Mucho depende de la propia experiencia interior y del clima de comunión que exista en la comunidad. Sin duda alguna, el entrar en profundidad espiritual comunitariamente no es muy frecuente, y sin embargo lo debiéramos tener como un reto posible. Es algo en lo que todos debemos trabajar para el propio enriquecimiento de la comunidad.

 

 

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