EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN :

HUMILDAD, CONOCIMIENTO DE SI MISMO Y BUEN CELO

 

M. Benedict THISSEN de Berkel

 

Al hablar del camino de la conversión, San Benito evoca el símbolo de la escala que apareció en sueños a Jacob, por la que vio bajar y subir a los ángeles. Aquella escala erigida es nuestra vida en este mundo. Los largueros de esta escala decimos que son nuestro cuerpo y nuestra alma (RB 7, 5.6.8.9)

Leyendo el capítulo segundo de la Regla, me causa impresión el hecho que San Benito subraya que la tarea principal del Abad es la dirección de almas y el servicio de temperamentos muy diversos; y según el temperamento e inteligencia de cada uno, se conforme y amolde a todos de tal modo que, no sólo no tenga que lamentar ninguna pérdida en la grey que tiene confiada, sino que pueda alegrarse del aumento del buen rebaño. Y tenga por cierto que en el día del juicio deberá dar cuenta al Señor de tantas almas cuanto es el número de hermanos que sabe que tiene bajo su cuidado, añadiendo sin duda la de la suya propia. En los versículos 31-39 el concepto de «dirigir almas» aparece seis veces.

San Benito dirige toda nuestra atención hacia la totalidad de la persona.

Cuando uno entra en el monasterio lleva consigo toda su historia: su evolución personal hasta ese día, su carácter. Entra con sus emociones y sus sentimientos, que están en gran parte condicionados por sus padres, por su familia y por su ambiente social. Entra con sus aspiraciones, sus ideales y sus heridas que le han alienado de sí mismo. Entra con él todo su subconsciente, el bien y el mal, con lo que recuerda y lo que ha olvidado, con sus traumas y su impotencia cuando era incapaz de reaccionar de un modo adecuado.

Todo este bagaje entra con él en el monasterio, no deja nada a la puerta. Este bagaje determina su conducta en la comunidad, sus relaciones en la comunidad, sus reacciones en comunidad. Todo esto constituye la vida terrena de este hombre, la escala descrita por San Benito que recibe su forma del cuerpo y del espíritu. Éste es el material y el sujeto del camino de la conversión.

Cuando uno entra en el monasterio busca inconscientemente el paraíso perdido, la familia ideal y el lugar que le corresponde en esta familia ideal. Se proyecta la imagen del padre y de la madre sobre los miembros de la comunidad. Se reflejan sus traumas en las relaciones con los hermanos o con las hermanas.

En nuestras comunidades tenemos muchas personas que sufren a causa de una imagen negativa de sí mismos, que suprimen o rechazan sus sentimientos, que se niegan a desarrollar sus talentos y dones naturales para refugiarse en una espiritualidad de índole puramente intelectual, sin relación con sus sentimientos y su realidad interior; que se ciñen a observancias, que no les llevan a la apertura de su mundo interior, sino que bloquean esta apertura. ¡Cuanta angustia existe en nuestras comunidades, que se esconde en lo posible, o que se proyecta contra los demás, porque los demás evocan esa angustia!

Todo esto es el sujeto y el material para la conversión.

El camino de la conversión no se sitúa en el nivel moral, donde se corrige la conducta externa, sin entrar en relación con nuestras emociones y sentimientos reales, sin vínculo con nuestra alma.

Este camino no se sitúa en el nivel puramente psicológico, en el que se trata de resolver de manera intelectual problemas de conducta.

Este camino no se sitúa a nivel social, que exige una adaptación al ambiente externo, que favorece el individualismo, porque lo que importa es el buen funcionamiento del grupo, sin tener en cuenta la vida interior.

¿En qué consiste, pues, el camino de la conversión? La conversión presupone un cambio de dirección, un dirigirse al propio interior, a todo lo que pasa y se conserva en nosotros, para escuchar con paciencia y atención. Convertirse es escuchar la vida con perseverancia, la vida real de nuestra experiencia; es llegar a ser conscientes de nuestros deseos y sentimientos reales, es bajar a aquel espacio tan extenso, a aquel palacio de mis recuerdos, que me conduce a Aquél que me creó, como dice San Agustín en las Confesiones (8,12).

Es el camino hacia el hombre real, el hombre único que soy yo y que yo puedo llegar a ser, para responder a mi vocación. Es recuperar del olvido los momentos y períodos de mi vida en los cuales yo comenzaba a reaccionar como un yo irreal, a suprimir mis sentimientos y mis ideas, a alienarme de mí mismo para sobrevivir, cuando perdía el contacto con mi alma, con la imagen de Dios en mí; todo esto es un camino de humildad profunda.

Sólo se puede recorrer este camino con la luz de la fe, con la frágil certeza de que estoy haciendo lo que Dios me pide y que no existe otro camino. La luz de la intuición me dice que este camino me conducirá, por encima de la inoperancia y de la incertidumbre, hasta la imagen de Dios que está presente en mí, hasta el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones.

Este camino de humildad es practicable sólo si existe una fuerte relación afectiva con el guía espiritual. Una relación afectiva que es un don y que no se puede crear artificialmente. Porque es necesario superar tantas vergüenzas, dudas, miedos y desconfianzas en relación con nosotros mismos antes que estemos preparados para atrevernos a admitir y a comunicar todos aquellos recuerdos dolorosos, toda aquella carga de negatividad, todos las obsesiones locas, todas las fantasías; pero también todas las experiencias de luz y todas las llamadas de parte del alma y de Dios. Se aceptan todas estas realidades ante los ojos del alma sólo cuando se han podido confiar a otra persona.

El lenguaje del cuerpo es aquí muy importante. Muchos desequilibrios y enfermedades físicas son expresiones del alma, que quiere que se la escuche. Estas son señales de nuestro mundo interior, que expresan lo que está escondido ¿Podemos hoy comprender el lenguaje del cuerpo?

Jesús comprendía el lenguaje del cuerpo. Él curaba el alma, y el cuerpo podía renacer. O bien dejaba que perdurara la enfermedad como espina en la carne de San Pablo, para revelar en él la gracia de Dios. Los síntomas somáticos tan frecuentes en nuestras comunidades, ¿no deberían invitarnos a un mayor conocimiento de nosotros mismos, en lugar de sentirnos condenados a soportarlos o a consultar mucho a médicos y a seguir terapias clínicas?

¿No podría ser que la invitación de San Benito de soportar con la mayor paciencia las debilidades, tanto físicas como morales, haya de entenderse como una exhortación a dejar crecer el trigo junto con la zizaña en el campo del alma?

Crecer en la humildad significa habitar cada vez más consigo mismo, con todo lo que vive en uno mismo, y reconciliarse con ello. Es un proceso de transformación a todos los niveles de la personalidad, también el del subconsciente. Entonces puede acontecer lo que decía Jesús a Nicodemo: que el hombre debe renacer.

El conocimiento de sí mismo va aún más allá. Reconoce los dones, los talentos, las invitaciones a una vida humana completa, para glorificar así a Dios. Asume la responsabilidad de ser en efecto este hombre.

El buen celo se esfuerza por restaurar los vínculos con todo aquello que el yo interior desea manifestar. Utiliza la lectio como una lectura de su propia vida. Por la lectio nos hacemos disponibles a dejarnos tocar, ya sea en el cuerpo o en el alma, abiertos a la intervención de Dios en lo más íntimo de nosotros mismos, y a todo lo que nos revele de nosotros y de Sí mismo. Se esfuerza por escuchar todas las relaciones en el seno de la comunidad y todo lo que a ésta llega, como mensajes de Dios, como invitaciones al conocimiento de sí mismo. Este celo crea espacios para los demás en la comunidad, establece límites y habla de ellos, apelando a una auténtica experiencia interior.

El celo malo en cambio abusa de la vida comunitaria, de las relaciones, de las observancias, haciéndose ciego a todo lo que en ella se revela y suprimiéndolo. Se queda en la superficialidad, para no tener que enfrentarse con la vida interior y el caos que le alterarían. Abusa de la vida monástica resistiendo a la vida interior, conservando la alienación, impidiendo la conversión que se daría a través del Soplo de Dios que se cierne sobre el caos para provocar una vida nueva.

El camino de la conversión insiste en la integración de todo lo que vive en nuestro interior. Una integración también de la lectio, de la oración, del trabajo, del silencio y de la palabra, para ayudarnos a escuchar al alma con el oído del corazón.

¿No es necesario dar más importancia a los sentidos y al cuerpo en la liturgia, en los símbolos y en el arte, para comprender los signos (cf. S. Juan)? ¿No es preciso dar más espacio en nuestra vida a la creatividad en las cosas terrestres, al color, la materia, la naturaleza, para escapar de nuestras elucubraciones cerebrales sobre la vida monástica y de nuestras construcciones especulativas, que nos alienan de nosotros mismos y nos impiden comprender la voluntad de Dios? Nuestros primeros Padres cistercienses pueden enseñarnos muchas cosas en este sentido, y hemos de descubrirlas en sus escritos. Acabaré con una cita sacada de Guillermo de S. Thierry: «En la escuela de caridad las soluciones no se encuentran a través de razonamientos, sino gracias al conocimiento intuitivo, mediante la verdad misma y la experiencia» (Hæc est specialis caritatis schola;... (hic) solutiones non ratiocinationibus tantum, quantum ratione et ipsa rerum veritate et experiencia terminantur. De natura et dignitatis amoris, n. 31).

 

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