LA UNIDAD DE LA COMUNIDAD : LA FAMILIA DE DIOS

Hna. Augustine de Butende

Cuando recibí la invitación para preparar esta conferencia me embargó la perplejidad. Se trataba ciertamente de un interesante reto, sobre todo teniendo en cuenta mis límites. Sin embargo, el trabajo de preparación me ha servido como estímulo para mi propia renovación y estoy segura de que el Espíritu Santo ha tenido que trabajar duro. La acción del Espíritu Santo en la Iglesia de hoy nos estimula y nos anima.

La expresión: «La Iglesia como familia de Dios» aparece quince veces en el mensaje final del reciente Sínodo Africano, más aún, constituye su verdadero tema. El Santo Padre declaró: «El Sínodo ha terminado, pero ahora el Sínodo debe comenzar en la Iglesia, en las familias y en las comunidades cristianas». Además, el Papa subrayó el hecho que la misma palabra Sínodo significa «caminar juntos». En nuestras comunidades distribuidas por todo el mundo, ¿cómo realizamos hoy, nosotros cistercienses, este «caminar juntos»?

Estoy segura que los participantes en el encuentro del RAFMA el año pasado en Latroun estarán de acuerdo conmigo que tuvimos la ocasión de experimentar un auténtico espíritu de familia y que no podemos olvidar la hospitalidad cisterciense.

Ciertamente, nosotros, africanos, poseemos un fuerte sentido de pertenencia. Me pregunto cómo este don de la pertenencia es vivido y puesto en práctica en nuestras comunidades. A este propósito podría ser útil recordar los signos constitutivos o síntomas de una auténtica familia:

- Cada persona se encuentra a gusto; no hay extraños en la familia.

- Todo rezuma amor y solidaridad.

- Todo se desarrolla con espíritu de cooperación (prescindiendo de los conflictos menores que no faltan nunca).

- Todo se organiza en torno a la co-participación y el diálogo - cada miembro se encuentra activamente comprometido en el trabajo de construir y desarrollar el bien común de la misma familia.

Me parece oportuno, antes de continuar, decir alguna cosa a propósito del «tribalismo», que el diccionario define de la siguiente manera: «1. La organización, cultura o creencias de una tribu. 2. El sentido de la propia identidad que da cohesión a una tribu». A menudo se habla de tribalismo como de un obstáculo a la unidad de una comunidad. ¿Pero es realmente así? Recuerdo que, desde mi entrada en el monasterio, todos los documentos de las visitas canónicas contienen este tipo de observaciones: «Vuestra comunidad debería dar gracias continuamente al Señor porque en ella no hay huellas de tribalismo», atribuyendo obviamente un sentido negativo a la palabra «tribalismo». ¡Si alguna vez el espectro del tribalismo, en sentido de espíritu de prejuicio, de animosidad o de rivalidad, se dejase ver en nuestras comunidades, lo daríamos como pasto de las cobras!

CONFIANZA RECÍPROCA

La confianza en sí mismo (junto con la confianza en Dios) es un elemento fundamental. Puede suceder, de hecho, que algunos miembros de nuestras comunidades se comporten como si fuesen incapaces de hacer algo. Tenemos personas que, a veces, son totalmente dependientes (y no estoy hablando aquí de ancianos o de enfermos). Esta forma de dependencia, fruto de la falta total de espíritu dinámico e de iniciativa, a menudo es causa de desánimo para la superiora. Al mismo tiempo, las superioras se arriesgan cada vez que han de nombrar a algunas hermanas para determinadas funciones. Yo creo que una hermana que se siente insegura o incapaz de aceptar una función, debería en todo caso tratar de llevarla a cabo, incluso corriendo el peligro de cometer errores, manteniéndose en su puesto con ánimo esforzado. Una función difícil no es necesariamente una función imposible.

Una hermana dotada de espíritu de fortaleza encontrará la fuerza necesaria para continuar siempre de frente, no obstante los obstáculos que puedan surgir, con el fin de salvar la situación concreta para bien de su comunidad. En concreto, ¿qué sucede muy a menudo? Sucede que la hermana encuentra la oportunidad de beber el mismo cáliz del Señor, el cáliz del sufrimiento. Siempre se encontrará quien diga: «Déjala sufrir, en el fondo se lo ha buscado», demostrando así que esta persona no se siente capaz de encararse con la realidad y reaccionar como está tratando de hacer la hermana criticada.

¿QUÉ PROMUEVE U OBSTACULIZA LA CONFIANZA RECÍPROCA?

 

El amor, la confianza, la disponibilidad para escuchar son elementos que contribuyen a la confianza recíproca. La confianza es siempre un riesgo, en cuanto abrirse a los demás significa efectivamente declarar: «Heme aquí, confiada e indefensa ante ti». San Benito nos invita a revelar a nuestro padre/madre espiritual incluso las tentaciones secretas que experimentamos. No es fácil. Una auténtica comunicación no puede tener lugar si no en un clima de confianza recíproca. A veces se dice que los africanos son de índole particularmente cerrada. ¿Será verdad ésto? ¿No será más bien que los africanos tratan de crear este espíritu de confianza y por esto, a veces, han de preocuparse del problema de la discreción? En nuestra infancia y adolescencia, muchas de nosotras hemos aprendido (o nos han condicionado) a evitar relaciones de confianza y de intimidad. Manifestar nuestros propios sentimientos era algo negativo, que convenía evitar. Hablar abiertamente de nuestro estado de ánimo era considerado como poco conveniente. Se debía mantener la debida distancia respecto a los ancianos y las personas que ejercían la autoridad.

La confianza recíproca encuentra obstáculos en cambio en los prejuicios, en el temor y en la maledicencia, mientras que el amor y la disponibilidad ayudan a construirla. Es del todo normal que una hermana tenga dificultad en confiarse; existe el temor que lo que se dice de manera reservada pueda ser proclamado desde los tejados de la casa. («Quien revela los secretos, pierde el crédito» (Sir 27,16); «La lengua es fuego, es un mundo de iniquidad... ningún hombre ha podido domar la lengua» (Sant 3, 6.8). Hablar mal de los demás, difundir noticias es causa frecuente de amarguras; se puede arruinar la reputación de una persona, el trabajo mismo se resiente. San Benito nos recuerda que cuando se habla con abundancia no se puede evitar el pecado.

 

LA VERDAD EN LAS RELACIONES -

LA TOLERANCIA QUE PUEDE SER VIVIFICANTE O DESTRUCTIVA

«Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño? (Sal 4,3). Cada día repetimos este salmo, al final de la jornada monástica.

La verdad en las relaciones reclama la renuncia al egoísmo, la constancia, la comprensión, el perdón, la sinceridad y el valor de comenzar de nuevo cada día. Sobre todo, la verdad exige que me acepte tal como soy. La verdad en las relaciones es algo muy positivo: da alegría, invita a cantar, y a veces causa tristeza. Es una invitación constante a reflexionar sobre el por qué ciertas cosas suceden. Por esta razón, la verdad debe ser vivificante.

¿Qué es lo que puede poner obstáculos a la verdad en las relaciones, transformándolas en realidades destructoras? La falta de humildad, el echar siempre la culpa a los demás, la falta de sensibilidad y la inseguridad. Quizá lo más destructor el es miedo, el miedo a abrirse, el miedo a ser uno mismo, el miedo a tomar en serio a los demás, el miedo de aceptar que podría aprender algo de los demás. ¿Y qué decir del miedo de que, si acepto el reto del diálogo abierto y sincero, quizá me veré llevado a modificar mis puntos de vista y mi comportamiento? El miedo fomenta la maledicencia, la mala educación, los chismes, los prejuicios y las sospechas. ¿Estoy dispuesta a exponerme en la desnudez de mis límites personales, de mis debilidades y de mi pobreza, a dejarme ver de los otros tal como soy y no simplemente como quisiera que me vieran?

La tendencia a inculpar a los demás es uno de los grandes enemigos de la verdad en las relaciones. Mientras proyectamos la culpa sobre otras personas o circunstancias, no podremos asumir la necesidad de criticarnos y la exigencia de la conversión personal cada vez se hace más débil y remota. Si dedicásemos el tiempo que normalmente empleamos para hablar de los demás, a hablar personalmente con los demás, sin duda la vida comunitaria funcionaría mejor y con gran beneficio para todos.

TOLERANCIA Y APATÍA

¿Quién podría sobrevivir en un monasterio sin una buena dosis de tolerancia? Hay momentos en que esta paciencia está sometida a dura prueba, a causa de la falta de sensibilidad. El hecho es que la vida comunitaria nos mantiene en estrecho contacto con los demás. Nos encontramos en el refectorio, en la iglesia, en el «scriptorium» y en el trabajo. El carácter propio de cada uno, la índole y el temperamento, la historia y las preferencias personales, son factores que han de ser tenidos en cuenta cuando se trata de la vida comunitaria. Si los otros son capaces de soportarme, ¿no debería yo tratar de soportar a los demás? Además existe también una forma negativa de tolerancia, fruto de un silencio hecho de miedo e incomodidad. Este problema se da de modo particular en relación con las personas que ejercen alguna forma de autoridad en el monasterio. Esta falsa tolerancia puede nacer también de sentimientos de hostilidad, de aprensión o de mero respeto humano.

¿Qué se puede decir además de la apatía y de la falta de interés y de empeño personal? Estos sentimientos no son ni deseables ni constructivos. ¿Y si los que tienen el derecho y el deber de salvaguardar la armonía, el buen orden y el bienestar general de la comunidad prefieren buscar la propia comodidad, callando en lugar de expresar sus deseos y sus opiniones, y renuncian a corregir los errores cuando es necesario? ¿No se trata quizá de una negligencia, sea cual sea su motivación profunda, que se convierte en invitación a perpetuar situaciones negativas? No se trata aquí de un amor por la paz y por la serenidad que nace de la tolerancia en sentido positivo. Thomas Merton tuvo ocasión de comentar: «Señor, sálvame de dos tipos de amigos: de los que te reprenden siempre y de los que nunca te reprenden». Los sistemas cerrados se revelan normalmente dañosos.

PERDÓN Y RECONCILIACIÓN

 

¡Nos hallamos en la escuela de la divina misericordia! Donde predominan las emociones, puede faltar el espíritu de comunicación. El que no ha experimentado la muerte y la resurrección no puede comprender la vida comunitaria.

Se ha dicho que es difícil perdonar, pero, al mismo tiempo, que pedir perdón es más difícil todavía. Resulta más fácil acercarse al sacramento de la reconciliación que pedirnos perdón recíprocamente en comunidad. «Perdonad y seréis perdonados», dice Jesús. Si no se posee el espíritu del perdón, se cae muy fácilmente en la trampa de la hipocondría y de la esquizofrenia, como en otros muchos disturbios físico-psíquicos.

En su forma más elevada, el perdón busca establecer una relación recíproca, un vínculo de unión. Quien practica el perdón está preparado para repetir setenta veces siete, sin temer que se le tome por tonto ni considerarse un héroe. No obstante la cantidad y la naturaleza de las culpas y de las ofensas recibidas, quien perdona queda convencido que el hermano es mucho más bueno de lo que parece.

El perdón es un gesto de gran humildad. Es discreto y dulce, si se lleva a cabo sin hacerlo pesar sobre la persona perdonada. Hablando de mi experiencia directa, el hecho de que he sido aceptada para permanecer en el monasterio hasta la muerte es la prueba segura que vivo gracias al corazón lleno de perdón de mis hermanas. Por esto estoy convencida que la tutela de la unidad entre las hermanas depende del esfuerzo sincero y recíproco de todas para dar y recibir la reconciliación.

Con el fin de eliminar las espinas del escándalo en la comunidad, las hermanas no han de dar lugar a la ira; en caso de contraste o desacuerdo, han de esforzarse para restablecer la paz lo antes posible (Const. 15). Para decirlo con la máxima sinceridad: si no existe el espíritu de perdón, es muy fácil caer víctima de tres pecados capitales de la vida monástica, que el Abad General ha comentado durante la última reunión del 1993: activismo, individualismo e inconstancia. Quien cae víctima de estas tres tendencias, fácilmente nutren resentimiento hacia las otras hermanas, y caen en la depresión y en el malhumor.

«Confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros, para que os curéis» (Sant 5,16). Si me encuentro en la angustia por el hecho de tener que confesar repetidamente los mismos pecados, debería preguntarme si pienso que el sacramento de la reconciliación me ofrece la garantía de no volver a pecar nunca más. No es por casualidad que San Benito impone al Superior la recitación del Padre nuestro, mañana y tarde, a Laudes y Vísperas, dos veces al día.

 

LA ARMONIZACIÓN DE LAS DIFERENCIAS Y LA CURA DE LAS HERIDAS

 

Tal como nos dijo el Abad General en 1993: «Cada uno de nosotros es un peregrino hacia el absoluto, compañero de las alegrías y de las tristezas de los demás, testigo de la iglesia monástica y del Reino que viene». Nos enriquecemos mutuamente, pero a veces sucede también que somos causa de tristeza para los otros, especialmente cuando se trata de divergencias de opinión, dado que somos humanos y no olvidamos fácilmente lo que se nos dice o se nos hace. Nuestra unión y nuestra unidad podrán continuar solamente si practicamos aquel amor que cubre una multitud de defectos.

La falta de abertura, las diferencias de opiniones, la insensibilidad, son algunas de las posibles causas de agitación en la comunidad. ¿No os ha sucedido nunca haber participado en una reunión en la cual algunos participantes se han limitado a escuchar pasivamente, para lamentarse después que no se les invitó a contribuir en algo en las decisiones que se tomaron?

Cada una debería expresar la verdad como la percibe, escuchar con atención a las demás - incluso cuando son pesadas y poco instruidas -, porque también ellas tienen sus derechos y sus convicciones. Si adoptamos la postura de estar habitualmente en desacuerdo con las demás, se cae fácilmente en la trampa de la vanidad y de la amargura. Siempre existirán personas que serán más o menos importantes que nosotros mismos. «Sé tu mismo» es un consejo sabio y práctico.

Una real sensibilidad es la base del diálogo y de la perfecta caridad. «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten», como nos ha enseñado Jesús. La herida causada por la insensibilidad por su misma naturaleza pide mucho tiempo para cicatrizar, precisamente porque de tanto en tanto se abre de nuevo.

¿Y las diferencias de opinión? Un ejemplo frecuente es el del cambio. La vida no es una realidad estática, aunque a veces una comunidad puede serlo. Sucede que algunos miembros oponen resistencia ante cualquier tentativa de cambio en el estilo de vida, porque no quieren encararse con las dificultades y tensiones que comporta cualquier variación. A menudo se dice: «¿Qué efectos tendrán estos cambios en nuestra vida? ¿Es en verdad justo concluir diciendo, como hacen muchas religiosas, que la tensión es, de por sí, algo perjudicial? El cambio exige humildad, valor y fortaleza - y si estos valores no están presentes o no son suficientemente fuertes, fácilmente pueden aparecer posturas negativas, como la estrechez mental y lo que yo llamo reumatismo espiritual, que efectivamente paralizan a aquellos que las han contraído. Si no se mueve con toda la comunidad (es decir, seguir el flujo general), la religiosa muy fácilmente se demuestra de mal humor, irritable, se pone a la defensiva y la sospecha la domina. En tal situación cualquier tipo de cambio viene considerado como una provocación o una amenaza. ¿Cuántas veces empezamos a discutir para terminar descubriendo que, en realidad, no había motivo para discutir?

¿Estamos decididas y dispuestas para enfrentarnos con las otras? El tema del conflicto es extremadamente complejo para la mayor parte de las personas que viven en comunidad. Muchas monjas no aprenden nunca como encararse con el conflicto, y así lo conciben siempre y exclusivamente en clave negativa. Por el contrario, cuando una comunidad comienza a resolver eficazmente los conflictos, se emprende decididamente el camino hacia el valor de la cohesión, y el sentido de la comunidad llega a ser cada vez más profundo. Cuando un grupo socio-religioso alcanza la cohesión, se descubre el sentido de la confianza recíproca y de la alegría fraterna, y al mismo tiempo se es más capaz de tomar decisiones.

 

LA ALEGRÍA DE LA VIDA EN COMÚN

 

Verdaderamente, la capacidad de alegrarse con las propias hermanas, de manera espontánea y profunda, cada vez que obtienen algún éxito, y de participar en su dolor cuando fracasan u obtienen algún fracaso, todo eso significa que he llegado a ser hermana en el sentido más profundo de la palabra. El amor une. Si se tratase de ser simplemente «compañeras», las victorias y las derrotas de las otras me dejarían relativamente indiferente. Al límite podría llegar a tener celos de sus éxitos y alegrarme de sus fracasos.

Baste pensar, por ejemplo, en los parientes o amigos entrañables. A veces pueden hacer algo que nos molesta o que no aprobamos, pero a pesar de todo permanecemos unidos estrechamente con ellos. Allí donde el amor es auténtico, automáticamente sabemos distinguir entre la persona amada y las acciones que realiza. De este modo, nos parece normal continuar amándola, aunque no aprobemos de hecho el modo como se comporta.

Para algunos, el ideal supremo es llevar una vida sin "stress" y sin tensiones. Es verdad que el "stress" a niveles altos y la tensión constante pueden causar daños a la salud físico-mental del hombre. Pero, al mismo tiempo, pienso que una vida sin preocupaciones sería muy aburrida, y, a fin de cuentas, sin significado.

San Bernardo describe nuestras dificultades cotidianas como:

cargadas de pecado

agravadas por nuestro cuerpo mortal

sumergidas en preocupaciones mundanas

embriagadas de deseos carnales

ciegas, deformadas, enfermas

enredadas en un complejo de errores

indefensas ante mil peligros

espantadas por mil temores

perplejas ante mil dificultades

sujetas a mil incertidumbres

y aplastadas por mil exigencias.

En medio de estas pruebas, San Bernardo nos ve sin fuerzas suficientes de parte nuestra; queda sin palabras ante el triste destino humano, si no viniese ayudado por la misericordia divina. Pero precisamente todo esto nos estimula a orar, o al menos debería suscitar en nosotros el deseo de orar ; en el fondo, es ésta la respuesta que Dios espera de nosotros: «Sin mí no podéis hacer nada».

 

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