LA UNIDAD EN LA ESCUELA DE CARIDAD

Dom Amandus de Tegelen

 

La invitación del Padre General a deciros unas palabras me ha llenado de satisfacción, señal de falta de humildad. Sin embargo, me parece que esto estaba implícito cuando me lo pidió: sin falta de humildad nadie puede aceptar un límite de tiempo de 10 a 15 minutos para desarrollar un tema tan amplio como el de la unidad, incluso si lo reducimos al perdón y a la reconciliación, integración de diferencias y cura de heridas. Felizmente me queda todavía un poco de sentido común que me dice que tengo que concretar el tema.

Quiero hablaros, en esta primera parte, precisamente de la disposición de perdonar. Nunca subrayaremos bastante la importancia y el lugar de esta disposición dentro de la estructura espiritual.

Y, en segundo lugar: cómo y por qué sucede que ciertas diferencias puedan destruir el desarrollo de la unidad.

Solamente la disposición de perdonar puede abrir el camino de la cura y de la unidad.

El Evangelio, la predicación de Jesús, da un lugar preferente al perdón, pero no tanto al pedir perdón, a confesar sus faltas, a dar satisfacción de obra, cuanto a estar dispuestos a perdonar,

La disposición a perdonar es el tema del diálogo entre Pedro y el Señor. ¿Cuántas veces he de perdonar? La respuesta, a pesar del estilo oriental, es clara: sin limitaciones. En la oración "Padre Nuestro que estás en el cielo", el Señor habla, más bien, en nuestro estilo. Después de "Danos hoy nuestro pan de cada día" añade a continuación: "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Danos hoy, perdónanos hoy -siempre, cada día- como también nosotros perdonamos -siempre, cada día.

Sobre el tema del perdón, de la disposición a perdonar, Jesús ha propuesto diversas parábolas.

La parábola del dueño que perdona al siervo despiadado. La parábola del hijo pródigo, que es la del padre que perdona, del hijo que recibe el superabundante perdón y del hijo que no quiere participar en la fiesta del perdón.

La historia de la pecadora que lavó los pies al Señor, ha dado mucho y, por esto, se le ha perdonado mucho. Es una lección para el huésped. Y, para terminar, la historia de la mujer adúltera.

¿Existe otro tema tratado tantas veces?

Esto no debe sorprendernos. En el fondo, la Santa Biblia, la historia de la salvación, es una historia de perdón. Desde el principio, Dios está siempre dispuesto a perdonar. El perdón marca la diferencia entre la historia de los ángeles y la historia de los hombres. La redención por Cristo está basada en el perdón. Dios nos ha amado, dice San Pablo, cuando éramos pecadores. Amar es estar dispuesto a perdonar y deseoso de perdonar, de ser el primero en dar los primeros pasos hacia un perdón perfecto y completo por parte del otro. No nos asombremos de que Jesús haya prestado tanta atención al perdón, a la importancia que tiene el papel del perdón en la historia de la salvación.

Jesús no nos narra historias edificantes sino la realidad de su propia vida. Se puede incluso decir: que nos cuenta su propia defensa personal. Come con los pecadores y por esto se le critica.

Jesús conocía las resistencias internas contra la contrición, el testimonio, la conversión; pero conocía también la resistencia interna contra el perdón.

Antes de hablar de esta resistencia interna, quisiera decir algo sobre las diferencias.

Las diferencias en la naturaleza, en la creación de Dios, la diversidad, la variedad, son quizás el elemento más notable de la obra de Dios. Toda esta riqueza alaba al Creador.

Al nivel del hombre, existen diferencias de toda clase: sexo, temperamento, cultura, coeficiente intelectual, de habilidad... etc.

En el plano de la religión y de la espiritualidad, un hombre puede poner más el acento sobre la experiencia que sobre la revelación: estar más marcado por la verticalidad que por la horizontalidad, más apegado al dogma o más inclinado a la devoción: puede estar fuertemente marcado por el derecho canónico, la liturgia, la escatología, la historia, el contexto social, por el interés hacia las visiones, apariciones y profecías o por la fenomenología de los signos sacramentales. Estas diferencias pueden ser riquezas para la comunidad, que quiera ahondar en su unidad.

No quiero tratar aquí de estas diferencias desde el punto de vista de la personas en sí, ni desde el punto de vista en que se presentan sus preferencias, forma agresiva o angustiada, emocional o razonada, acogedora y comprometida o provocativa y reprobadora, ni desde el punto de vista de la fuerza, de la motivación, de la doblez, del celo intempestivo de estas personas. No quiero tampoco hablar en concreto sobre estas concepciones.

Lo que tengo muy claro, mi único objetivo, es el otro que defiende estas diferencias, que no quiere dejarse enriquecer, que no acepta las diferencias, los puntos de vista que no sean el suyo propio. En él encontramos nuestro tema: la importancia de la disposición a perdonar.

El Señor ha hablado de pecados imperdonables: los pecados contra el Espíritu Santo.

Existe, además, un pecado imperdonable: el pecado contrario a la justicia de los que se creen justos y -evidentemente- no lo son. Hablamos de la enfermedad de los "justos" que declaran imperdonable cada ofensa, cada ataque, cada amenaza contra su pretendida justicia.

¿Quién está libre del bacilo de esta enfermedad?

Existe en nosotros una fuente que nos da la certidumbre de nuestra justicia. Interiormente, tenemos la certeza de que Dios ve la cosas como nosotros las vemos; vemos la creación, la redención, la religión, la santidad, todas las cosas de Dios con los ojos de Dios. Defendemos denonadamente nuestro territorio teológico. El que amenaza, sacude violentamente esta convicción, como un pecado imperdonable contra nosotros y por eso, contra Dios.

En el catálogo de diferencias existen bastantes posibilidades de amenaza y conmoción de esta falsa convicción nuestra de equilibrio espiritual, estabilidad en la virtud, madurez y perfección de nuestro edificio teológico ¡por no hablar de nuestra ortodoxia!

La "enfermedad de los justos" es un gran peligro para la unidad. Este peligro, de orden subjetivo, es más grave que las diferencias objetivas cualesquiera que sean.

Esta enfermedad crea una situación que es nefasta para la comunidad, y más todavía para la persona que no quiere o no puede perdonar este pecado contra él. Por una parte -es preciso decirlo- cada uno tiene necesidad de certidumbre, de respeto de sí mismo, pero la enfermedad de los justos va empujando su certidumbre hacia una fuente oscura, difícil de descubrir y de desenmascarar y, por otra parte, se le cierran todas las vías y todas las posibilidades de cambio.

En esta situación, la única salida, el único remedio directo es el perdón; perdonar el pecado imperdonable. Al principio quizás a regañadientes, sin saber que es el camino de la humildad, el comienzo vacilante del largo camino de la humildad.

El perdón es la apertura, la llave, en psicología como en teología: verdaderamente el perdón del pecado imperdonable, es la llave de la salvación.

Aplacando su hambre cada día, siempre, con el pan disponible, en el momento preciso, hay que perdonar cada día, especialmente, al mismo tiempo, el pecado imperdonable contra sí. Es un beneficio para sí, para su curación, y para la salvación de la comunidad.

Perdonando así, nos ponemos a la altura de Dios.

 

 

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